Lo que Lippmann hizo fue destruir un fantoche. Pero lo hizo a fondo. Citando unos pocos hechos claros y concretos, refutó las creencias más extravagantes acerca de la función del hombre común en el gobierno. Cabe dudar que aquellas creencias hubieran existido nunca, como no fuera en la autointoxicación de la oratoria política dirigida al hombre común. Pero Lippmann destruyó cualquier posible ilusión acerca de que pudiera considerarse al «público» como una colectividad omnicompetente y omnisciente preparada para decidir las cuestiones de estado. La persona corriente, aclaró Lippmann, disponía de poco tiempo para ocuparse de los asuntos públicos. Agotaba sus energías ganándose la vida y, en su casa al terminar el trabajo, se sacaba los zapatos para descansar y leía la página cómica de los diarios en vez de informarse acerca de los pros y los contras de los complejos asuntos que en aquel instante preocupaban al gobierno. Pero aun en el caso de que el hombre común estuviera dispuesto a dedicar su tiempo libre al estudio de los asuntos de estado, la información de que disponía era inadecuada y poco ilustrativa. Los diarios de aquella época, como la prensa de nuestros días, no se tomaban el trabajo de esclarecer los problemas públicos. (p. 17)
Referencia: Key Jr, V.O. (1964). Opinión pública y democracia – Tomo I. Bibliográfica Omeba.