«EL HOMBRE es un animal racional». Eso es, al menos, lo que le gusta creer de sí mismo. Este libro señala y subraya algunas de las puntualizaciones y reservas que esta autoapreciación requiere. Tales puntualizaciones y reservas son tan numerosas que casi podrían confirmar la tesis opuesta de que el hombre es el más irracional de todos los animales.
Los animales inferiores son generalmente no racionales, pero muy pocos son tan definitivamente irracionales como puede serlo el hombre. Para ser irracional hace falta un grado considerable de sofisticación. Ningún animal podría desarrollar las fantasías sistemáticas del loco, ni tampoco son los animales «inferiores» presa fácil de anunciantes o de propagandistas políticos. Pero no llevemos demasiado lejos esta contra-tesis.
El hombre tiene una capacidad para razonar y para ser influido por la razón, capacidad que un tigre hambriento, por ejemplo, no tiene. Es un hecho interesante y significativo el que tanto los propagandistas políticos y religiosos como los anunciantes lleguen a tales extremos de imaginación para idear argumentos espaciosos dirigidos a la razón. Estos argumentos son un testimonio inconsciente de la racionalidad del hombre.
La creencia de que el hombre no es sólo un animal racional, sino también un animal razonable, alcanzó su máxima popularidad a finales del siglo XVII y principios del XIX. Su más encantadora, aunque algo patética expresión se encuentra en la Justicia Política que escribiera en 1793 William Godwin.
Godwin afirmaba que el hombre es un ser cuya conducta está regida por sus opiniones. El mal es el error, y los errores se pueden corregir mediante la instrucción. «Demostradme», escribía, «de la forma más clara y menos ambigua que un determinado modo de proceder es más razonable o más favorable a mis intenciones e infaliblemente seguiré ese modo mientras continúen estando presentes en mi mente los criterios que me sugeristeis».
Como hombre racional que era, llevó esas inferencias a sus conclusiones lógicas: «Haced asequibles los simples dictados de la justicia a cualquier inteligencia… y toda la especie se hará razonable y virtuosa. Bastará entonces con que los tribunales recomienden una forma determinada de resolver los pleitos… Será suficiente. con que inviten a: los infractores a abandonar sus errores… Allí donde el imperio de la razón estuviera reconocido universalmente, el infractor cedería de buen grado ante las reconvenciones de la autoridad o, si se resistiera, aunque no sufriera molestias personales, se sentiría tan a disgusto ante la inequívoca desaprobación y el ojo observante del juicio público, que voluntariamente se trasladaría a otra sociedad que congeniara mejor con sus errores».
Las corrientes posteriores del pensamiento sobre la racionalidad del hombre se han caracterizado por su progresiva desilusión, hasta el punto de que el mayor peligro está en subestimar la capacidad de persuasión racional y la capacidad de la voluntad para ser razonable.
El error de Godwin no fue el sobreestimar la importancia de la educación para promover la racionalidad, sino el infravalorar las dificultades que existen para proteger al hombre de las fuerzas de la sinrazón. El hombre puede hacerse razonable a través de la educación.
De hecho, algunos lo han conseguido. Hay dos cosas que las escuelas y las universidades pueden hacer y están haciendo, pero que podrían hacer mejor que basta abora.
En primer lugar, podrían tomarse amplias medidas para la discusión y argumentación civilizada y racional, para el debate de todos, o casi todos, los temas discutibles (excluyendo tan sólo aquellos cuya discusión podría inquietar más a los padres intranquilos que a sus hijos). En segundo lugar, las escuelas y universidades podrían impartir una instrucción más sistemática sobre las formas en que actúan las fuerzas de la sinrazón, utilizando como texto libros que abrazasen esos campos como las Técnicas de persuasión del Dr. Brown.
Estar sobre aviso es estar protegido. Libros semejantes son esenciales para el arsenal de todos, especialmente para el de los jóvenes que quieran defender su derecho a pensar libremente y seguir la argumentación, conduzca donde conduzca, siempre y cuando se vea apoyada por la evidencia racional.
Libros que traten de la manera recta y retorcida de pensar, así como de los métodos rectos y retorcidos de persuasión: Junto con un ejemplar de la Sagrada Biblia, un buen diccionario, una buena enciclopedia y un libro de socorrismo podrían muy bien estar no sólo en los estantes de toda biblioteca escolar, sino también en las estanterías de cada hogar. C. A. Mace (Págs. 4- 5)
Técnicas de Persuasión: De la Propaganda al Lavado de Cerebro de J. A. C. Brown es una obra fundamental que analiza cómo los mecanismos de persuasión —desde la propaganda política hasta la manipulación psicológica extrema— influyen en la opinión pública, la guerra, y las campañas electorales.
Su aporte central es mostrar que la persuasión no es un fenómeno aislado, sino una herramienta estratégica que complementa estrategias en las esferas comerciales, económicas y políticas, que puede moldear sociedades enteras.
Este libro es clave para comprender cómo la persuasión se convierte en un instrumento de poder en la guerra, la política y las elecciones. Su vigencia es notable, pues anticipa fenómenos actuales como la manipulación mediática, el marketing político y la influencia de las redes sociales en la opinión pública.
Publicado en 1978, el texto surge en un momento marcado por la Guerra Fría, el auge de los medios de comunicación de masas y el temor al control ideológico.
Brown, psiquiatra y sociólogo, estudia cómo las técnicas psicológicas y comunicacionales pueden modificar actitudes y conductas colectivas, desde la publicidad comercial hasta el adoctrinamiento político. Explica que la propaganda, inicialmente ligada a la Iglesia y a fines religiosos, se transformó en el siglo XX en un instrumento político y militar con connotaciones negativas, asociadas a manipulación y engaño.
El libro detalla cómo los mensajes repetitivos, el control de la información y el uso de símbolos emocionales logran modificar percepciones colectivas.
El autor, estudia el papel de la propaganda en conflictos bélicos, donde la manipulación de la moral del enemigo y el control de la opinión interna se convierten en armas estratégicas.
Reseña un ejemplo tomado de la Segunda Guerra: «Durante el período inicial de la Segunda Guerra Mundial, se les decía por los altavoces alemanes a los soldados franceses del sur de Francia que defendían la línea Maginot que las tropas británicas habían desembarcado en el Norte y que estaban seduciendo a las francesas y haciendo el amor con ellas. Los soldados franceses recibieron la información con risas porque sus mujeres y novias estaban, por supuesto, a salvo en el Sur: los alemanes habían infravalorado los prejuicios regionales de los franceses, esa forma de patriotismo estrictamente local que no ve nada más allá de sus reducidas fronteras». (Brown, 1978, pág. 72)
Brown señala que las técnicas de persuasión aplicadas en la política moderna se asemejan a las de la publicidad comercial, con el objetivo de crear imágenes atractivas de candidatos y partidos más que debatir ideas y programas de gobierno, lo que conlleva a elegir como si fueran jabones con la expectativa de obtener un beneficio presente, sin considerar que la política y el ejercicio del gobierno, en especial en una democracia, implica que los ciudadanos tengan algún nivel de información que les permita tomar decisiones sobre sus gobernantes basada sobre información cierta.
El autor analiza los métodos extremos de coerción psicológica, utilizados en regímenes totalitarios, mostrando cómo la manipulación sistemática puede quebrar la resistencia individual, por ejemplo, durante las guerras explica que la propaganda se convierte en un arma tan poderosa como las armas físicas, capaz de desmoralizar ejércitos y controlar poblaciones.
También sostienen que, en las sociedades democráticas, una minoría con acceso a los medios puede condicionar la libertad de elección de los ciudadanos con menos información o simplemente desinteresados de los asuntos públicos.
Observa que en las campañas electorales la política se transforma en un espectáculo, donde la persuasión sustituye al debate racional. La opinión pública se convierte en un campo de batalla donde se disputan emociones más que argumentos.
El libro subraya que la manipulación de masas puede alterar el curso democrático de un proceso electoral, mostrando cómo la persuasión puede ser usada tanto para informar como para coartar la libertad de decisión.
Brown concluye que, pese a la eficacia de estas técnicas, la personalidad humana conserva cierta resistencia frente al adoctrinamiento, lo que abre un espacio para la crítica y la reflexión autónoma.
Editorial: Alianza Editorial | Año: 1991 | Páginas: 301 | Descargar PDF