Sobre el papel de la sociedad civil y de la opinión pública

Habermas está empeñado en salvar el proyecto de la modernidad y le interesa contar con un referente normativo que le permita criticar a la sociedad actual.  Su apuesta constituye una síntesis creativa entre el modelo liberal (basado en la suma de individuos aislados) y el republicano (con la supremacía del Estado o la “polis” sobre los individuos).

Para cumplir con tal fin, Habermas se propone reconstruir “normativamente” el Estado de Derecho en términos de la teoría del discurso, es decir utilizando el modelo de la acción comunicativa.

Este último es un modelo de acción práctica que se caracteriza por el uso de las condiciones ideales del habla que se produce en cualquier discurso para establecer la racionalidad de la acción.  Este el tema central de su obra “La acción comunicativa”, con la cual se da el giro lingüístico en Habermas.

En la primera parte del libro que comentamos, Habermas desde las herramientas de la filosofía política y de la filosofía del derecho sostiene que el derecho moderno (de las sociedades modernas) constituye un proceso de institucionalización de la acción comunicativa (del proceso que permite hablar de discursos racionales).

Identifica dos espacios en donde los estados democráticos modernos construyen la voluntad política que lleva a la construcción del derecho.  Por un lado, el proceso que se produce en los parlamentos, y por otro el espacio público.

Ahora, este proceso de construcción normativa debe enfrentarse a los problemas de la facticidad social, y a las teorías sociológicas sobre los estados democráticos que intentan sustentar la democracia sin acudir a fundamentos normativos.

El capítulo 8 es un enfrentamiento de Habermas contra estos intentos y la búsqueda en la sociedad civil y la opinión pública y de los fundamentos normativos del estado democrático.

Teorías sociológicas de la Democracia

Habermas inicia su exposición analizando la teoría pluralista.  La presenta como la reproducción del modelo liberal, cambiando “individuos” por asociaciones o intereses organizados.

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Schumpeter ha cuestionado este modelo, pues considera que en la práctica no todos los actores participan, convirtiéndose en un modelo de elites.  Pero ¿cómo asegurar que las elites consideren los intereses colectivos?  La única solución que aparece es apelar a la autonomía de la administración del Estado.

Lamentablemente el Estado ha demostrado históricamente poca capacidad de autonomía, tanto por el lado del input, ante la contingencia de la masa electoral, como de los outputs, al enfrentar la oposición de los subsistemas y de las grandes organizaciones.

En este punto las teorías sociológicas se bifurcan.  Una de las ramas, la teoría económica construye el proceso de legitimación sobre la base del individualismo metodológico (la elección racional), dándole un carácter instrumental a las decisiones democráticas.

Esto constituye una extensión del problema planteado por Hobbes en el Leviatán ¿cómo individuos que actúan estratégicamente (instrumentalmente) pueden alcanzar un sistema político estable?

Tal como ha señalado Elster, los presupuestos de la elección racional son poco “reales”.  No debe tampoco confundirse los simples deseos individuales con la compleja formación autónoma de la voluntad, ni pensar que toda acción es estratégica.

Elster menciona la acción orientada a normas, donde éstas se han producido a su vez mediante la discusión pública. Para Habermas, el análisis histórico que utiliza Elster para sostener su posición es una contribución a la comprobación histórica de la teoría del discurso, es decir a su institucionalización en los sistemas políticos democráticos modernos.

Un modelo de circulación del poder político

La otra vertiente de las teorías sociológicas la constituye la teoría de sistemas.  La idea central es que el subsistema político es autopoiético (es decir, tiene la capacidad de autoreproducción).  Sin embargo, esta posición no sirve si queremos analizar a una sociedad éticamente responsable o éticamente defendible.

Willke intenta una respuesta a estas observaciones.  Para él, es real la incomunicación entre los subsistemas, haciendo que cada uno de ellos se haga insensible frente a los demás.  Tampoco se aprecian códigos comunes, existen lenguajes especiales (frente al lenguaje ordinario) y subsistemas (frente al mundo de la vida).

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Pero, si no se pueden comunicar, cómo evitar la desintegración del sistema ante la fuerza centrífuga de los subsistemas.  La respuesta de Willke es el Estado Supervisor.

Uno que ayudaría a la coordinación o al desarrollo de los subsistemas, actuando sobre el contexto (no directamente), que buscaría internalizar costos y obligaría a considerar a los demás subsistemas, y que adaptaría el sistema jurídico para contribuir a lo anterior, haciendo que aquellos cambien siguiendo sus propias reglas internas.

Entonces, la democracia opera entre los subsistemas y no desde la opinión y la voluntad de los ciudadanos.  El “diálogo” no es sobre las normas, los valores y los intereses, sino se convierte en una sesión de terapia dirigida por el Estado.

Para Habermas, Willke no logra superar los problemas.  Los subsistemas no comparten un mundo común (como si pasaba con los individuos con el modelo de la elección racional, o en el esquema original de Hobbes).

Cada uno de ellos tiene una distinta “gramática de la visión del mundo”, un problema que ni Husserl ni Sartre pudieron resolver.  Para Habermas, Willke, cual mago, saca de su manga el recurso de la “evolución social”, la cual llevará a su vez a “un nuevo sistema de reglas”.  Así, el sistema global emergente, que parte de los subsistemas, terminará creando un código análogo al lenguaje ordinario.

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