Cada año, en fechas cercanas a la reunión de la American Anthropologist Asociation, el New York Times solicita que un antropólogo de renombre colabore con una nota sobre el estado del campo. Estas notas tienden a proporcionar una visión confusa.
Hace pocos años, por ejemplo, Marvin Harris sugería que la antropología había sido tomada por místicos, fanáticos religiosos y cultistas californianos; que las reuniones [de la AAA] estaban dominadas por paneles sobre chamanismo, brujería y «fenómenos anormales»; y que las «ponencias científicas basadas en estudios empíricos» habían sido premeditadamente excluidas del programa (Harris, 1978).
Más recientemente, en tono más sobrio, Wolf sugirió que el campo de la antropología está separándose. Los subcampos (y los sub-subcampos) están buscando continuamente sus especializados intereses, perdiendo contacto unos con otros y con el conjunto.
No hay un discurso compartido extensamente, no hay un conjunto compartido de términos en que los practicantes se dirijan unos a otros, una lengua común que todos, cualquiera que sea nuestra idiosincrasia, hablemos (Wolf, 1980)
El estado de las cosas se parece mucho a lo que Wolf describe. El campo parece estar hecho de retazos y parches, de individuos y pequeñas pandillas dedicadas a investigaciones desarticuladas y hablando principalmente para sí mismos. Ni siquiera se escuchan ya argumentaciones emotivas.
Si bien la antropología nunca ha estado unificada en el sentido de adoptar y compartir un paradigma único, por lo menos hubo un periodo en que existían unas cuantas grandes categorías de afiliación teórica, un grupo de campos o escuelas identificadas y unos pocos epítetos que uno podía lanzar a sus oponentes.
Ahora, ahí parece haber un espíritu generalizado de apatía en este aspecto. No nos hemos puesto unos a otros enfadosos motes. No estamos suficientemente seguros de cómo se definirán los bandos, ni de dónde nos colocaríamos nosotros mismos en caso de que pudiéramos identificarlos.
Sin embargo, como antropólogos podemos reconocer en todo esto el clásico síntoma de liminalidad -confusión de categorías, expresiones de caos y antiestructura-. Y sabemos que tal desorden puede ser el sitio de gestación de un nuevo orden quizá mejor.
En realidad, si uno escrutina el presente con más cuidado, puede quizá descubrir la forma del nuevo orden que se aproxima. Esto es lo que me propongo hacer en este artículo. Argumentaré que un nuevo símbolo clave de orientación teórica está apareciendo, y que puede ser llamado «práctica» (o «acción» o «praxis»).
Ni siquiera es una teoría o un método en sí, sino más bien, como he dicho, un símbolo, el nombre bajo el· cual una variedad de teorías y métodos están siendo desarrollados. Para entender el significado de esta tendencia debemos volver atrás, por lo menos veinte años y ver cómo comenzamos, y cómo hemos llegado a ser lo que ahora somos.
Antes de iniciar la empresa es importante hacer explícita su naturaleza. Este ensayo se referirá a las relaciones entre varias escuelas o aproximaciones teóricas, dentro de’ periodos de y a través del tiempo. Ninguna aproximación será exhaustiva y precisamente delineada o discutida aquí; sino más bien algunos de sus temas serán resaltados, en tanto que las relacionan con las grandes tendencias de pensamiento que aquí nos atañen.
Probablemente cada antropólogo hallará su escuela favorita sobre simplificada, si no es que rotundamente distorsionada; esto es así en tanto que he decidido enfatizar hechos que pueden no corresponder a Jos que normalmente son tomados por sus seguidores como Jos más importantes logros teóricos.
De suerte que los lectores que quieran encontrar una discusión más exhaustiva de las aproximaciones particulares o a partir de un punto de vista más interiorizado de cada una, tendrán que buscar en otro lado. Lo que me interesa aquí, repito, es dilucidar relaciones. (Pág. 7-9)
La teoría antropológica desde los años sesenta es un texto fundamental para comprender cómo la antropología se transformó en una disciplina diversa y compleja.
Ortner muestra que la antropología a no puede reducirse a una sola teoría, sino que debe dialogar entre múltiples perspectivas. Su análisis reflexionar sobre la necesidad de integrar enfoques materiales, simbólicos y prácticos para comprender la vida social.
La autora parte de la idea de que la antropología nunca ha sido una disciplina unificada, aunque en los sesenta y setenta se produjo una fragmentación aún mayor. Su obra busca dar coherencia a ese mosaico de corrientes, mostrando cómo cada una intentó responder a preguntas fundamentales sobre cultura, sociedad y poder.
Ortner organiza su revisión en torno a varias escuelas y enfoques teóricos que dominaron la disciplina:
Por ejemplo, la ecología y materialismo culturales, inspirados en Julian Steward y Marvin Harris, estos enfoques resaltaron la relación entre la cultura y el medio ambiente, así como la importancia de los factores materiales en la organización social.
Sobre el estructuralismo con Claude Lévi-Strauss como figura central, se enfocó en descubrir las estructuras universales del pensamiento humano a través de los mitos, los rituales y los sistemas de parentesco.
Por otro lado, sobre el simbolismo y la antropología interpretativa, sus autores representativos como Clifford Geertz y Víctor Turner plantearon que la cultura debía entenderse como un sistema de símbolos y significados.
Ortner destaca cómo esta corriente abrió la puerta a interpretaciones más ricas de la vida social.
Finalmente, sobre la teoría de la práctica, la autora afirma que busca superar la dicotomía entre estructura y agencia. Influida por Pierre Bourdieu y Anthony Giddens, la teoría de la práctica analiza cómo los individuos reproducen y transforman las estructuras sociales a través de sus acciones cotidianas.
Editorial: Editorial Universidad de Guadalajara | Año: 1993 | Páginas: 84 | Descargar PDF