Historia de las doctrinas económicas

El interés por la evolución de la ciencia económica data apenas de menos de ciento cincuenta años. Hay unas cuantas obras sin importancia escritas en el siglo XVIII y un capítulo de La riqueza de las naciones que examina sistemas anteriores de economía política. Pero cuando Adam Smith escribió, las teorías consideradas erróneas no habían desaparecido por completo; por eso su estudio tenía, sobre todo, un carácter polémico. El interés por el pensamiento económico primitivo renace sólo cuando empieza a disputársela la supremacía a la economía clásica. En efecto, los partidarios de las escuelas histórica y socialista, nacidas en Alemania después de mediados del siglo XIX, hicieron los primeros ensayos de sistematización de la historia de la doctrina económica. Quienes, como Roscher, deseaban impulsar el método histórico para contraponerlo al deductivo, se preocuparon, naturalmente, por la historia de las ideas. Por otra parte, los socialistas esperaban hallar inspiración para su ataque a la teoría liberal-capitalista, entonces dominante, en el estudio crítico de los orígenes de dicha teoría. Este objetivo es particularmente obvio en Marx; pero está presente en las obras de muchos pensadores del siglo XIX.

La historia de la doctrina llega a ser un tema popular de estudio con la generalización de la enseñanza de la economía que tiene lugar a fines del siglo XIX y principios del XX. Algunas veces, como en Ashley, es aún auxiliar de la historia económica y consecuencia de una preferencia metodológica. Pero la mayor parte de las historias escritas en este periodo moderno son, en realidad, meros esbozos de hechos, a menudo porque (como en Francia, donde Gide y Rist escribieron su muy leída historia) la enseñanza de la historia de la economía política constituyó durante mucho tiempo la única forma de instrucción académica en materia de economía. También ha surgido hace poco un interés más directamente “técnico”. Al aumentar en número y en complejidad las “herramientas” conceptuales de la economía, los practicantes se preocupan por la evolución de los conceptos individuales y por los métodos de aplicación de su instrumental técnico, y por eso son hoy más frecuentes los estudios especiales de aspectos olvidados del pensamiento anterior.

No es el propósito de este libro hacer un examen completo dentro de semejantes lineamientos puramente profesionales. Es dudoso que exista ya material suficiente para ello. Además, no es muy seguro que esa historia especializada, aun si pudiera escribirse, fuera la que por ahora se necesitara con mayor urgencia. Tampoco pretende este volumen ocupar el lugar de esos compendios enciclopédicos a los que necesariamente tienen que recurrir profesores y alumnos de vez en cuando.

He escrito esta obra, por lo que toca a los alumnos, porque advierto que las exigencias del estudio de la economía moderna presentan dos graves peligros. En primer lugar, las intrincadas sutilezas de la teoría moderna pueden hacer que el alumno olvide la naturaleza esencialmente práctica de su disciplina. Conforme se incremente la atención prestada a la teoría de las políticas económicas el profesional experimentado quedará menos expuesto a este peligro, pero el estudiante puede asumir una postura excesivamente orientada hacia el “conceptualismo” antes de que se le presente la oportunidad de ver la relación entre “la ciencia del análisis” y las políticas. El estudiante contemporáneo de economía puede, también, perder de vista la aportación que su materia ha ofrecido, y sigue ofreciendo, a la corriente general del pensamiento humano.

La enseñanza de la economía en Inglaterra y en los Estados Unidos ha escapado a la desmedida subordinación a la historia característica, hasta hace poco, en Francia; pero parece que tampoco evita el extremo opuesto, es decir, el olvido completo de la historia de la doctrina. Una exposición general de la evolución del pensamiento económico escrita como producción a la teoría moderna puede constituir el correctivo del que parecen necesitar muchos estudiantes.

Lectores de otra suerte, si están interesados en el desarrollo del pensamiento, pueden acoger con agrado el relato de lo más relevante de las especulaciones de la mente; las teorías económicas, en cambio, siempre se vinculan, aunque de manera a menudo tortuosa, con la práctica económica. El estudio de las relaciones entre las condiciones de la vida y el teorizar del hombre, puede ser una guía muy útil para abordar los conflictos entre las ideas. Muchas ideas del pasado tenían sus raíces en estructuras institucionales, en las relaciones entre grupos económicos diferentes, en sus intereses en conflicto. Ahora bien, las ideas a las que dieron vida no han muerto en la medida en que todavía existen estructuras y relaciones iguales o similares. Aún viven entre nosotros las opiniones de Aristóteles sobre las diferentes clases de trabajo humano, las censuras de los escolásticos de la Edad Media a la usura, las teorías mercantilistas sobre el comercio exterior, las nociones fisiocráticas sobre la agricultura, la teoría de la renta de Ricardo y las conclusiones prácticas de ella derivadas y, en fin, la rebeldía de los románticos alemanes contra el liberalismo económico. Todo esto ha venido a formar parte del fondo de ideas de dónde han sacado su alimento intelectual sucesivas generaciones.

En la obra de Keynes, el más grande de los economistas contemporáneos, vuelven a vivir Sismondi y Proudhon. No hace tantos años, Gray pudo olvidar del todo en su popular historia de la economía los Principios de Malthus; las controversias entre los protagonistas de la acumulación del capital y los “infraconsumistas”, tan comunes antes de la segunda Guerra Mundial, han aparecido de nuevo centradas sobre una de las más grandes controversias económicas del pasado, aquella que sostuvieron Ricardo y Malthus.

Muchos pensadores han insistido en la longevidad de las ideas económicas; pero, en general, miran con desdén a quienes todavía creen en sofismas que los expertos han descartado desde tiempo atrás. Algunos en su entusiasmo por los adelantos modernos, han considerado las teorías pasadas como imperfecciones continuamente separadas. En cambio, otros hacen la apología de las ideas anteriores reiterando su “verdad” relativa al tiempo y lugar en que nacieron. El tratamiento de la materia que yo adopto no se basa en ninguno de estos dos extremos. No basta tan sólo señalar analogías, sino que precisa comparar y examinar las circunstancias contemporáneas antes de que pueda entenderse su plena significación. No puedo sino esperar haber logrado ofrecer una primera guía para abordar las ideas económicas; pero como tal, puede servir al estudiante y al lector en general.

Una historia de las ideas es, por naturaleza, obra de selección y de interpretación; el autor se permite expresar sus propios intereses, predilecciones y prejuicios por lo que omite y por la manera de presentar lo que incluye. Con demasiada frecuencia, sin embargo, el principio subyacente en el tratamiento del autor queda implícito. Los supuestos implícitos son particularmente desorientadores cuando las ideas expuestas se relacionan con instituciones y políticas sociales y repercuten en el bienestar humano. Sólo una declaración expresa de los supuestos del escritor puede permitir al lector formarse opiniones propias.

El principio que sustenta el punto de vista de este libro se basa en la opinión de que el proceso por el cual se forman las ideas es susceptible de análisis sistemático. En lo esencial, la aparición de una corriente de pensamiento importante no es fortuita, sino que depende de causas que pueden ser descubiertas. Frecuentemente, no conocemos con suficiente amplitud las circunstancias de la vida y la época de ciertos pensadores para poder hacer una demostración exhaustiva de las causas que han producido ciertas ideas; pero solemos saber lo suficiente para formarnos una opinión general de la forma en que nacieron las teorías económicas.

Este libro se apoya también en la convicción de que la estructura económica de una época dada y los cambios que sufre son los factores que ejercen influencia más poderosa sobre el pensamiento económico. Gran parte de los escritores que se ocupan de esta materia coinciden con este criterio, aun cuando raras veces esto se haga explícito. Pocas personas dudarán que el pensamiento que surge en una comunidad en que predomina el trabajo del esclavo difiere del que produce una sociedad feudal o una basada en el trabajo asalariado. La renuencia a aceptar esta proposición radica, en parte, en que a menudo se expone en una forma que hace aparecer como único determinante al sistema económico; en parte en que es difícil presentar de un modo convincente cualquier relación causal entre la práctica y la teoría económicas en estudios más detallados de la historia de ellas; en parte también, sin duda, porque este intento se asocia generalmente a escuelas de pensamiento que tratan de orientar el análisis resultante a propósitos que no puede, y no debe servir, a saber: a cambios de política económica, para no mencionar de estructura social, por deseables que éstos sean.

Debemos insistir, por lo tanto, en que el factor económico es un factor preponderante sólo en un sentido muy general que no siempre es posible demostrar con precisión. La cadena causal es larga y tortuosa: en la historia de las ideas económicas, una multitud de otros factores causales ha estado operando para producir una teoría o una actitud determinada en una época dada y muchos de ellos de una influencia más directa que el económico, con el cual pueden estar vinculados, en última instancia.

Editorial: Fondo de Cultura Económica – FCE | Año: 2014 | Páginas: 868 | Descarga de PDF no disponible

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