Decía el historiador Jorge Basadre que la toma de conciencia acerca del indio ha sido el aporte más significativo de la intelectualidad peruana en este siglo. El aserto es irrefutable. El indio ha inspirado a novelistas y poetas, motivado vibrantes ensayos, alegatos políticos y prolongadas investigaciones sobre el pasado. Pero este descubrimiento de lo obvio la importancia de quienes han conformado el sector mayoritario en nuestra historia— inicialmente tuvo un contenido subversivo, en un país dominado por el racismo y que pretendía condenara sus campesinos al silencio.
Frente a una idea contestataria como ésta, quienes no la compartían tenían dos opciones: combatirla o tratar de asimilarla. El primer camino fue seguido por los más acendrados hispanistas: intelectuales de procedencia oligárquica, ultramontanos, vinculados a la escuela histórica sevillana y tributarios, por lo tanto, durante los años 40 y 50, del autoritarismo franquista. El segundo camino interesó a una intelectualidad posterior y cosmopolita, influida por la antropología norteamericana, preocupada por encontrar alternativas al desafío que implicaba la propalación del marxismo.
El indio, que para algunos indigenistas amenazaba con sitiar Lima, fue convertido en “el hombre andino”. Personaje al margen de la historia, inalterable, vivienda en un eterno retorno sobre sí mismo, al que era preciso mantener distante de cualquier modernidad. Inmóvil y pasivo. Singular y abstracto. Un derivado lógico de estos planteamientos fue proponer la creación de un gran museo donde la cultura andina terminara convertida en objetos aislados e inmunizados tras las vitrinas.
Pero no todos los que han utilizado el término “andino” asumen estas concepciones. No se trata de arrojarlo a un basurero. Tiene más de una utilidad, porque permite, por ejemplo, desprenderse de la connotación racista que implicaba la palabra. indio, evoca la idea de una civilización, no se limita a los campesinos, sino que incluye a pobladores urbanos y mestizos, toma como escenario la costa y la sierra, trasciende los actuales límites nacionales y ayuda a encontrar los vínculos entre la historia peruana y las de Bolivia o Ecuador.
¿Qué es lo andino? Antes que nada, una antigua cultura que debería ser pensada en términos similares a los que se utilizan con los griegos, los egipcios o los chinos, pero para ello hace falta que este concepto por crear se desprenda de toda mitificación.
La historia ofrece un camino: buscar las vinculaciones entre las ideas, los mitos, los sueños, los objetos y los hombres que los producen y los consumen, viven y se exaltan con ellos. Abandonar el territorio apacible de las ideas desencamadas, para encontrarse con las luchas y los conflictos, con los hombres en plural, con los grupos y clases sociales, con los problemas del poder y la violencia en una sociedad. Los hombres andinos no han pasado su historia encerrados en un museo imposible.
Los personajes de este libro no son sólo indios o campesinos. Ocurre que la utopía andina convocó también el entusiasmo de criollos y mestizos, como Gabriel Aguilar o José María Arguedas. Entre ellos, además fue vivido de manera más intensa el problema de la identidad: han sido estos sectores intermedios —ni indios ni españoles—, quienes repetidas veces han querido reconocerse en un supuesto rostro nacional.
Desde situaciones tan diversas terminaron elaborando varias versiones de la utopía andina, como la que tuvo en su momento Garcilaso, que sería interpretada a su manera por Túpac Amaru II, cuya propuesta resultó bastante diferente de la que años antes había enarbolado Juan Santos Atahualpa. Entonces hay que hablar de las utopías andinas… en plural, de la misma manera como debemos hablar de los hombres andinos. El plural permite abandonar las abstracciones y aproximarnos efectivamente a la realidad histórica. Pero esta realidad, a su vez, interesa verla no sólo desde fuera sino sobre todo desde las vivencias y la subjetividad.
Es por esto por lo que en la organización del libro terminan ocupando un lugar central los sueños de uno de los personajes, despejemos un malentendido: Aguilar o Arguedas no nos interesan como supuestos intérpretes del indio sino por lo que ellos mismos eran, evitando el falso problema de su representatividad. La historia de una idea colectiva como es la utopía andina, tal y como la entendemos, no prescinde de los individuos y las biografías.
Editorial: Editorial Horizonte | Año: 1994 | Páginas: 365 | Descargar PDF