Un marco para el análisis de la representación política en los sistemas democráticos

Existe en ciencia política un lugar común —dicho sea, sin las connotaciones peyorativas que pueda tener el término— que viene a afirmar, más o menos, la imprescindibilidad de una teoría previa que respalde toda investigación empírica o analítica. Según sus dictados, antes de pasar a la tarea de recopilación e interpretación de los datos, es necesario tener suficientemente claro cuáles son los fundamentos teóricos —y sus implicaciones— que hacen posible desarrollar la investigación por el derrotero por el que se hace.

Una de las posibles versiones de la necesidad de dotar de fundamento teórico a la investigación aplicada consiste en la construcción, tan grata a la doctrina anglosajona, de aproximaciones (approaches) o marcos (frame-works) apropiados para el estudio del objeto que se propone. La utilidad de tales artilugios metodológicos consistiría en dotarnos del diseño conceptual de lo que se quiere investigar; algo parecido ocurre con la tradición continental de servirse de modelos o tipos ideales, si bien éstos tienen diferentes intenciones hermenéuticas o aun predictivas.

En cualquier caso, esta previa labor teórica es aún más necesaria cuando se aborda el estudio de fenómenos sobre cuya delimitación conceptual no existe un sólido acuerdo doctrinal. En estas circunstancias, la primera tarea consiste en diseñar unas líneas para «enmarcar» la investigación.

Por supuesto que aquí, como en tantos otros aspectos, las ciencias sociales se valen de una herramienta de análisis con una clara vocación instrumental. El marco diseñado se concibe sólo como una guía o ayuda para la realización de la investigación sustantiva; ésta será la encargada de ir rellenando con datos los huecos que previamente se han definido. Debido precisamente a ello, será la coherencia final de los resultados obtenidos la que otorgue a nuestro marco alguna fiabilidad o la que, por el contrario, obligue a revisarlo en todo o en algunos de sus aspectos.

El objetivo de este trabajo es delimitar cuáles podrían ser las notas esenciales de un marco adecuado para estudiar la realidad política que se encuentra bajo un término muy frecuentemente utilizado en los regímenes democráticos, pero dotado a su vez de grandes dosis de ambigüedad: el de representación. Y partiremos para ello de una primera idea: a un término ambiguo suele corresponderé, por lo general, un concepto equívoco.

Hay pues una idea común a todas las acepciones de la idea «representar», que habrá que tener en cuenta cuando abordemos los aspectos de la representación «política». En todas ellas se insiste en que es una realidad A, diferente de otra realidad B, la que, sin embargo, a pesar de esta diferencia, y en virtud de alguna característica o propiedad que A posee. (Págs. 137-138)

El punto de partida para el análisis del concepto de representación política se ubica en una situación de crisis, en cuya raíz se encuentra el hecho de que hoy la representación cumple unas funciones para las cuales no había sido en principio ideada. Efectivamente, la representación nace, en los comienzos de la edad moderna, para limitar el poder absoluto del soberano.

Pero limitar el poder absoluto del rey y ejercer la soberanía popular son dos cosas distintas; ciertamente que hay entre ellas algunas similitudes, pero existen entre ambas no pocas —e importantes— diferencias. (Pág. 140)

Los orígenes de nuestra deficiente conceptuación actual de la representación política se encuentran, a no dudarlo, en las deficientes formulaciones teóricas que de la relación representativa se han ido llevando a cabo. Sin embargo, estas deficiencias no deben preocuparnos excesivamente hoy día.

Actualmente, la realidad de la que debe dar cuenta una teoría de la representación política es, lo acabamos de ver, bien distinta de la que se configuró en sus comienzos. Nuestro problema no es que las teorías clásicas de la representación no fueran capaces de resolver las cuestiones políticas que entonces les fueron planteadas. Más bien viene planteado por el hecho de que esas teorías tampoco sirven para dar cuenta de las cuestiones que hoy debe resolver una adecuada concepción de la representación política (véase Eulau, 1967: 34 y sigs). Este es el sentido de hablar hoy de una crisis del concepto de representación. (Pág. 141)

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