Luis Alberto Sánchez y el conversatorio universitario de San Marcos

La lejana Lima de las dos primeras décadas de este siglo fue el escenario de un acontecimiento realmente singular. La Universidad de San Marcos, una de las casas de estudio con mayor abolengo, tradición e historia de toda América, había dejado su papel rector y dirigencial de la cultura peruana.

El objetivo trazado, si seguimos a Sánchez, dejaba ver la inconformidad de estos universitarios con lo que eran hasta ese entonces las líneas directrices de la historiografía peruana. «...la idea era estudiar, al margen de todo criterio tradicional, los orígenes y desarrollo del movimiento emancipador del y en el Perú. Queríamos producir una nueva historia de ese período”. [9]

Así, llegada la fecha se realizaron sendas conferencias, algunas de las mociones presentadas fueron incluso publicadas, como en los casos de Jorge Guillermo Leguía («Lima en el siglo XVIII»), Raúl Porras Barrenechea («Don José Joaquín de Larriva») y Sánchez («Los poetas de la revolución») [10]. Las demás exposiciones no llegaron a editarse, eso sucedió con Ricardo Vegas García que habló sobre Lord Cochrane, y con Manuel Abastos, que disertó sobre Bartolomé Herrera.

«Posteriormente, el mismo día de la celebración, apareció una fotografía de los conferencistas, acompañados de Ricardo Vegas García, Guillermo Luna Cartiand, Carlos Moreyra y Paz-Soldan y Jorge Basadre, con un comentario de José Gálvez, en que los bautizaba como generación del centenario. Después se ha hecho usual denominar a Leguía, Porras, Sánchez y Basadre como miembros de la generación de 1919 o de la reforma universitaria«. [11]

La audacia que mostraron no se redujo sólo a dar un conjunto determinado de charlas, pues como su mirada era mucho más amplia que la de los universitarios comunes que habían estudiado y estudiaban todavía en la Universidad de San Marcos, siguieron realizando diversas actividades de diversa índole. Para comenzar y en actitud paralela -y por qué no decirlo desafiante- frente a sus maestros, comenzaron a reunirse semanalmente para leer, discutir y debatir sobre los diversos temas que salían después de la lectura colectiva de un libro.

«El Conversatorio Universitario dio lugar a otras conversaciones, que se realizaron en la casa de Raúl Porras…Nos reuníamos los lunes y no sé si expresa o implícitamente, queríamos competir con los martes de Víctor Andrés Belaúnde que en la calle Juan Pablo reunía La protervia con los chocolates de El Mercurio Peruano que empezó a aparecer en 1918. Pero nuestras reuniones fueron los lunes y eran reuniones en las cuales más que conversar, leíamos; se escogía un libro, se leían páginas y se comentaban después de un chocolate, que desde luego no siempre se tomaba allí, sino que íbamos al Palais Concert en donde nos esperaban hasta las 12 de la noche”. [12]

Juan de Dios Guevara nos recuerda que en estas reuniones de estos jóvenes estudiantes universitarios de historia la política no fue una materia ajena a sus preocupaciones. «En el Conversatorio se discutía no sólo de los problemas de la universidad, sino también de los que se referían a la situación del país y a sus antecedentes históricos. La prueba es que en la relación de sus integrantes figuraban no sólo quienes habrían de destacar en el proceso universitario y en las luchas políticas, sino también en el esclarecimiento del pasado histórico de nuestro país”. [13]

Como era de esperarse tampoco se quedaron sólo en el estudio y en las reuniones. Se dedicaron a realizar otras tareas vinculadas con su profesión. Sánchez, por ejemplo, recuerda que todos ellos se avocaron a trabajar con ahínco en la Biblioteca Nacional. «…organizar el catálogo de la valiosísima y caótica colección de Papeles Varios (unos tres mil volúmenes) en que don Ricardo Palma había coleccionado, con diligencia y amor, pero sin orden, cuanto folleto y hoja impresa cayó en sus manos, durante los veintitantos años de Director de la Biblioteca Nacional”. [14]

Según mención de Ismael Pinto, Sánchez con sus compañeros, también realizaron una importante labor en el Salón América. «No debemos olvidar que, igualmente, Luis Alberto Sánchez dedicó algunos años de su vida a la Biblioteca Nacional, de la que llegó a ser director. Allí, trabajó hombro a hombro con sus pares del Conversatorio Universitario, en la clasificación de los riquísimos fondos que constituían el denominado Salón América, que fuera devorado luego por el incendio del año 43«[15]

Pero junto a las inquietudes propiamente intelectuales se encontraban simultáneamente las ideológicas y políticas y con ellas también las primeras acciones concretas de rebeldía. Recordemos, que ya habían participado en el Comité de Letras que había impulsado la Reforma Universitaria, cuando en la misma fecha del mencionado centenario, Sánchez junto con Manuel Abastos y Víctor Raúl Haya de la Torre fueron los artífices de un acto de solidaridad con el gobierno mexicano, que por esos años se había constituido en un símbolo para los jóvenes progresistas del Perú y de toda la América Latina.

«Pero eran los días de la Revolución Mexicana, de la que nuestra generación, y en especial Haya de la Torre, estábamos orgullosos. Vasconcelos acababa de ocupar la Rectoría de la Universidad Nacional de México después de su exilio en el Perú de 1916 a 1917. Uno de los más altos exponentes de la intelligentzia revolucionaria, ex-miembro del famoso Ateneo de la Juventud y compañero de Vasconcelos, el filósofo Antonio Caso, llegó como Embajador Extraordinario de México a las fiestas del centenario. A pesar del receso, resolvimos recibirlo en San Marcos. Capitaneados por Haya de la Torre rompimos las puertas del Salón General de la vieja Casa, y ofrecimos nuestro libre homenaje al Maestro, autor de La Existencia como Economía y como Caridad y Drama Per Música.Haya presidió la actuación teniendo a su derecha al maestro Caso. Hubo cuatro discursos: el de Haya, el de Manuel Abastos, el mío y el de don Antonio, quien respondió con un mensaje lúcido y optimista. Al finalizar, improvisamos una manifestación callejera a favor de México. La policía no se atrevió a detener al juvenil cortejo que rodeaba a un hombre bajo, moreno, de mentón audaz como una proa, cabello abundante e hirsuto, y que saludaba majestuosamente a las gentes que lo aplaudían. Al llegar a la casa de la Embajada Especial, en el Pasaje Velarde, Caso pronunció otro discurso. Luego nos obsequió libros suyos, de Vasconcelos, de López Velarde, de Jesús T. Acevedo, de García Icazbalceta, de lo más representativo de su patria. Fue una tarde memorable: la única nota vivida en medio del ambiente cortesano de la amaestrada conmemoración”. [16]

Pero sin lugar a dudas sólo cuando la mayoría de ellos accedió a la cátedra universitaria en la misma Universidad de San Marcos sus cualidades y dotes historiográficas, reconocidas ya por algunos sectores de la intelectualidad, alcanzaron un reconocimiento mayor. Este acceso redundó positivamente en sus investigaciones, pues no sólo perfilaron más nítidamente sus preferencias temáticas, sino que también las nuevas responsabilidades asumidas los estimularon u obligaron a desarrollar, mejorar y pulir su metodología de trabajo e investigación, a consolidar sus respectivos marcos teóricos, a emprender ambiciosos estudios, etc. Aunque no habían dejado de ser todavía en el fondo los impetuosos e impulsivos estudiantes que decidieron allá en 1917 hacer un corte en la investigación histórica del Perú.

Augusto Tamayo Vargas, quien fuera uno de sus alumnos, reconoce la enorme trascendencia que tuvo para su promoción la presencia de estos nuevos profesores universitarios. «Quiero repetir aquí algo que dije hace algún tiempo. En los años emotivos de la década del 30, las promociones de estudiantes que embargados de una nueva emoción fundaban Seminarios de Cultura y Centros de Estudios Peruanos y que concebían su acción rebelde como fruto precisamente de su calidad de universitarios recibieron lecciones de profesores jóvenes que habían irrumpido en el ámbito de San Marcos con un nuevo sentido de interpretación de la realidad, de ahondamiento de nuestros problemas, pero a la vez con afirmación de que ellos debían ser abordados sin perder la visión del mundo y del hombre universal; y con una conciencia de que había que hacerlo con criterio científico, con una técnica -si así puede llamarse- más allá de todo simple impresionismo o de una asimilación absurda de conocimiento sin dirección. La presencia de profesores como Luis E. Valcárcel, como Jorge Basadre, como Jorge Guillermo Leguía, como Manuel Abastos, como Luis Alberto Sánchez, como Raúl Porras Barrenechea, formaban al lado de las más antiguas figuras de Alberto Ureta, de José Gálvez, de Julio C. Tello, de Mariano Ibérico Rodríguez, un grupo seleccionado, pero no aislado del resto de la sociedad, si no encargado de una función en el seno de la misma: de conducción del conocimiento, pero sintiéndose sus integrantes copartícipes de las preocupaciones de una vida totalizadora«.[17]

Pero la presencia de estos jóvenes catedráticos se explica fundamentalmente por la existencia de una coyuntura política concreta y que a la postre fue propicia para su ascenso a tales cargos: en 1931 se realizaron elecciones para la rectoría en la vieja Alma Mater, se presentaron dos candidatos: Víctor Andrés Belaúnde y José Antonio Encinas. La victoria de Encinas posibilitó que Jorge Guillermo Leguía ocupara la Secretaria General de la Universidad, que Jorge Basadre fuera nombrado Bibliotecario, que Raúl Porras Barrenechea ejerciera la dirección del Colegio Universitario y que finalmente Sánchez tuviera a su cargo la Dirección del Departamento de Extensión Cultural.

A pesar de haber partido todos ellos de una matriz generativa común, como es el de haber estudiado letras en la Universidad de San Marcos, de haber tenido como maestros a los escritores arielistas o novecentistas, el de haberse formado como historiadores bajo la dirección intelectual y moral de José Toribio Medina, de haber participado en las luchas por la reforma universitaria, de simpatizar con la revolución mexicana, de trabajar en la Biblioteca Nacional, de ocupar cargos administrativos y la cátedra en la misma Universidad y de ejercer la crítica literaria; con el pasar de los años cada uno de ellos tomó su propia dirección, aunque siempre enmarcados dentro de la historia como disciplina madre o matriz.