La independencia política

La aparición de la independencia política en el discurso público propició el surgimiento de una nueva forma de hacer política, en la que los políticos se revisten de un nuevo ropaje conceptual.

Un caso evidente fue Mario Vargas Llosa, aunque ideológicamente definido, su discurso político se centraba en la «Independencia política», él llegó a afirmar que la política le daba nauseas, que tiene un componente negativo y repugnante y sin embargo omitió deliberadamente decir que estaba haciendo política y que buscaba ser elegido.

La lógica del argumento es: ustedes (los demás) no hagan política porque es sucia, yo me ensuciaré por ustedes. Y de esta forma se excluía a mucha gente que creyó en ese argumento, dejando la política ya no en manos de los políticos, sino de los políticos disfrazados de independientes. Para citar el caso de Vargas Llosa: “ha expresado en numerosas ocasiones que siente repugnancia por la política y que se sumergía en ella por una responsabilidad moral. Entré a la política, dijo a un diario extranjero, creyendo que en ella se trataba sobre todo de grandes principios y opciones esenciales; pero descubro que no se trata, sino de maniobras sórdidas, mezquinas, que la mediocridad y la estupidez se instalan”.[2]

Entonces, y como siempre sucede, la búsqueda de un espacio dentro de la lucha política obliga a los actores políticos a replantear sus argumentos para generar impacto y ganar titulares, aún a costa de la objetividad hacia los electores y peor aún, a costa de autoengañarse que es lo peor.

En tal virtud, la manipulación del lenguaje que reinterpretaba la realidad al recrearla según esta visión consistía en las siguientes cuestiones:

  • La política es un hecho despreciable y carente de todo referente moral;
  • Los políticos son incapaces de resolver los problemas nacionales y más bien, son especialistas en empeorar la situación;
  • Los partidos políticos son organizaciones retrógradas y tradicionales pues se han estancado en el tiempo y no son democráticos;
  • Los independientes no son políticos, pero intervienen en política para corregir la situación y reemplazar a partidos y políticos de los asuntos públicos;
  • Los independientes son capaces de solucionar aquello que los políticos no han solucionado, pues son «técnicos».
  • Los independientes se sacrifican al entrar en la política, pues deben superar su asco y repugnancia hacia ella, para alcanzar el cambio que se aspira en las sociedades. Y gracias a estos criterios, se consolidó un nuevo personaje en la política peruana, los independientes que no son sino, los políticos disfrazados.

Basta observar la sustentación programática de Renovación, movimiento liderado por el Ex-congresista Rafael Rey, quien en una ayuda memoria para la prensa dice: «En Renovación nunca primará la organización partidaria, ni la sujeción a determinados estatutos, comités de base o consignas partidarias.» Y más adelante se puede leer: «Renovación, más bien, es una agrupación de independientes que comparten un sentimiento de responsabilidad alrededor de un nuevo estilo de actuación política».[3]

Evidentemente, lo que se estaba recusando era la forma de hacer política hasta entonces, pero en ese intento se arraso con todos los contenidos políticos, pues se estaba en un momento que debía hacerse una distinción muy marcada entre la política de antes con la política nueva (los independientes.)

¿Independientes o políticos?

La pregunta que surge es: ¿Quiénes son in-dependientes? y ¿Respecto de qué son independientes? Intentaré dar respuesta a estas cuestiones.

Primero, mi argumentación quiere demostrar que la independencia política es una ficción semántica, pues intenta revestir a los políticos con un nuevo ropaje conceptual al haber caído la política en el hoyo del descrédito, como si la política tuviera vida e identidad propia y fuera por tal motivo buscar un nuevo concepto para un hecho conocido.

Todos manifestamos comportamientos políticos en diferentes matices, pero sólo algunos tenemos participación política activa. Técnicamente un ciudadano que se presenta a procesos electorales, para competir por cargos públicos, no es independiente, porque en ese sentido manifiesta un comportamiento político que podríamos denominar de participación activa, Marcial Rubio, expresa que en el grupo de los «elegibles» «no puede haber independientes en el sentido estricto porque, todo el que se ofrece al voto popular, tiene una propuesta programática, grupal o personal distinta a la de los otros. Por tanto, en este ámbito sólo podemos hablar de independientes de manera figurativa».[4]

Sólo los ciudadanos que no tienen intenciones de presentarse a elecciones para competir por cargos públicos, y que, además, no militan o participan en ninguna forma en cualquier tipo de organización política, pueden ser considerados técnicamente independientes políticos, aunque no apolíticos, «En cambio, sí hay independientes entre los votantes: son una amplia masa de electores que normal-mente eligen opciones diferentes en elecciones sucesivas y no tienen su corazón atado a una fuerza política determinada».[5]

Así, vista las cosas, los ciudadanos—candidatos que se autodenominan independientes, no son tales, porque participan de la competencia electoral, buscan alcanzar cargos públicos mediante elecciones y si bien inscriben sus organizaciones con las denominaciones «movimiento», «agrupación», etc. cumplen las funciones que le competen a los partidos en un sistema político. Queda claro entonces, que vista la cuestión desde la perspectiva propuesta las personas manifiestan en diferente magnitud comportamientos políticos.[6]

La segunda cuestión también puede ser aclarada con facilidad. En la mayoría de los casos, el argumento fue que eran independientes respecto de los partidos políticos existentes, y entonces, muchos podríamos aceptar ese argumento. Sin embargo, al hurgar la cuestión encontramos nuevamente un disfraz para una cuestión elemental.

Resulta que los «nuevos independientes» en la mayoría de los casos pertenecieron en algún momento de su vida a alguna organización política o simpatizaban con alguno de ellos, o simplemente no habían llegado a hacerse conocidos pues estaban desarrollando sus actividades en asuntos sociales, universitario, etc., sin participar directamente en la discusión política, pero, sí haciendo política.

Ejemplos tenemos en demasía, que incluso páginas enteras podrían ser llenadas con nombres de personas que ahora se reclaman independientes, habiendo sido y siendo de hecho siempre políticos. Si no, cómo se explica que al interior de todas las organizaciones políticas haya ciudadanos que, en algún momento de su vida, pertenecieron directa o indirectamente a alguno de los alicaídos partidos políticos «tradicionales».

Entonces resulta que no existe una dicotomía entre políticos e independientes dentro del grupo de ciudadanos que buscan ser elegidos o ejercer algún cargo público. Si existe en cambio semejanza entre los independientes y los ciudadanos que no están interesados en ser electos ni vincularse con el ejercicio del poder, pues la política no es de su interés.

El colmo de la audacia sucede cuando los políticos disfrazados de independientes, tienen la peregrina idea de no ser políticos o ser apolíticos. Así lo afirman con la certeza de su razón, cuando son entrevistas en los medios y tienen que establecer distinciones allí donde no existen, pues regularmente dicen: «mire…, yo no soy político, yo soy un empresario (profesional), etc., que entra a política para…»

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