El príncipe

  1. Quiero demostrar mejor la desgracia que acarrean estas tropas. O los capitanes mercenarios son hombres excelentes con las armas, o no lo son: si lo son, no puedes fiarte de ellos, porque siempre aspiran a su propia grandeza, sea oprimiéndote a ti que eres dueño suyo, sea oprimiendo a los otros contra tus intenciones, pero, si el capitán no es valeroso, comúnmente causa tu ruina. Y si alguien responde que cualquier capitán que tenga tropas a su disposición hará lo mismo, sea o no mercenario, replicaré que estas tropas han de ser empleadas por un príncipe o por una República. El príncipe debe ir en persona y hacer él el oficio de capitán; la República ha de mandar a sus ciudadanos; y, cuando manda uno que no sea un hombre valiente, debe cambiarlo, y, cuando lo sea, contenerlo mediante las leyes para que no pase del punto señalado. La experiencia enseña que sólo los príncipes y las Repúblicas con ejércitos propios hacen grandes progresos, y que los ejércitos mercenarios nunca hacen más que daño. Por otra parte, con más dificultad se somete a la obediencia de un ciudadano suyo una República armada con sus propios ejércitos, que una República armada con ejércitos extranjeros.
  2. Roma y Esparta se conservaron armadas y libres durante muchos siglos. Y los suizos se mantienen muy armados y muy libres. Entre los ejércitos mercenarios de la antigüedad, tenemos el ejemplo de los cartagineses, que acabaron siendo oprimidos por sus soldados mercenarios, una vez concluida la primera guerra contra los romanos, a pesar de que los cartagineses tuvieran por jefes a sus propios ciudadanos. Filipo de Macedonia fue nombrado por los tebanos, después de la muerte de Epaminondas, capitán de sus gentes; y les quitó, después de la victoria, la libertad. Los milaneses, muerto el duque Felipe, se aliaron con Francisco Sforza contra los venecianos; y éste, derrotados los enemigos de Caravaggio, se unió a ellos para sojuzgar a los milaneses, sus patronos. Sforza, su padre, estando a sueldo de la reina Juana de Nápoles, de repente la dejó desarmada; por esto ella, para no perder el reino, se vio obligada a echarse en los brazos del rey de Aragón.
  3. Si los venecianos y florentinos extendieron su dominación con esta clase de ejércitos, y sus capitanes no se hicieron a sí mismos príncipes, sino que les defendieron, haré constar que en este caso los florentinos fueron favorecidos por la suerte; porque entre aquellos valerosos capitanes, a los cuales podían temer, algunos no vencieron, algunos encontraron insuperada oposición, y otros dirigieron su ambición hacia otra parte. El que no venció fue Juan Acat, cuya fidelidad, al no vencer, no se pudo conocer; pero todos convendrán en que, si hubiera vencido, los florentinos quedaban a su discreción. Sforza tuvo siempre a los Bracceschi como enemigos, aunque no chocaron entre sí: mientras Francisco dirigía su ambición hacia la Lombardía, Braccio iba contra la Iglesia y el reino de Nápoles. Pero recordemos lo que sucedió hace poco tiempo. Los florentinos hicieron capitán suyo a Pablo Vitelli, hombre muy prudente, y que adquirió una gran reputación a pesar de su condición humilde. Si se hubiera apoderado de Pisa, nadie negará que convenía a los florentinos permanecer con él; pues, si se hubiera convertido en asalariado de sus enemigos, no tenían ya remedio; y, si lo conservaban, tenían que obedecerle.
  4. Si se considera los progresos de los venecianos, se verá que obraron segura y gloriosamente, mientras hicieron ellos mismos la guerra (esto fue antes de que se dirigieran con sus empresas a tierra firme), y su nobleza luchó valerosamente con la plebe armada; pero cuando comenzaron a combatir en tierra firme abandonaron su valor y siguieron la costumbre de las guerras de Italia. Al principio de sus adquisiciones en tierra firme, como no tenían en ella un país considerable y gozaban de una gran reputación, no tenían mucho que temer de sus capitanes; pero cuando se hubieron engrandecido, bajo el mando de Carmagnola, se dieron cuenta enseguida de este error. Pues viendo a este hombre tan valeroso dejarse vencer por el duque de Milán, y conociendo por otra parte su frialdad en la guerra, juzgaron que no podían ya vencer con él, porque no quería, ni podían licenciarlo, por no perder lo que habían conquistado: entonces, a fin de conservarlo, se vieron obligados a matarle. Tuvieron después por capitanes a Bartolomé de Bérgamo, a Roberto de San Severino, al conde de Pitigliano y otros semejantes, con los cuales debían temer pérdidas, no ganancias: como sucedió después en Vaila, donde en un solo día perdieron lo que en ochocientos años, con tantas fatigas, habían adquirido. De estos ejércitos sólo nacen lentas, tardías y débiles conquistas, y repentinas e inmensas pérdidas. Y como estos ejemplos me han conducido a hablar de Italia, que durante muchos años ha sido gobernada por ejércitos mercenarios, quiero razonar sobre ello más ampliamente, a fin de que, viendo su origen y sus progresos, se pueda corregir mejor su uso.
  5. Tenéis, pues, que recordar cómo, después de que en estos últimos tiempos el emperador comenzara a ser arrojado de Italia y el Papa adquiriera en ella una gran dominación temporal, se dividió Italia en muchos Estados; muchas ciudades grandes tomaron las armas contra sus nobles, quienes, favorecidos al principio por el emperador, las tenían oprimidas; la Iglesia favorecía a las ciudades para adquirir valimiento en las cosas terrenas; de muchas otras, sus ciudadanos se convirtieron en príncipes. De ahí que, habiendo caído casi toda Italia en las manos de la Iglesia y de alguna República, y no estando los sacerdotes y los demás ciudadanos habituados a la profesión de las armas, comenzaron a contratar tropas extranjeras. El primero que dio reputación a esta milicia fue el romañol Alberico de Cunio. En su escuela se formaron, entre otros, Braccio y Sforza, que en sus tiempos fueron árbitros de Italia. Tras ellos vinieron todos aquellos otros que hasta nuestros días han gobernado estos ejércitos. Y el resultado de su valor es que Italia fue recorrida por Carlos, tomada por Luis, sojuzgada por Femando y vituperada por los suizos.
  6. El método que siguieron estos capitanes consistía primeramente en privar de toda consideración a la infantería, para proporcionársela a sí mismos. Obraron así porque, al no poseer ningún Estado, no podían alimentar a muchos infantes, y pocos no les proporcionaban renombre; preferían la caballería, que por ser en número soportable era alimentada y honrada. Las cosas habían llegado al punto de que en un ejército de veinte mil soldados no se contaban dos mil infantes.

Además, habían empleado todos los medios para desterrar de sí mismos y de sus soldados el cansancio y el miedo, no matando en las refriegas, sino haciendo prisioneros, y sin pretender rescate por ellos. Por la noche no acampaban en las tierras, y los de las tierras no volvían a las tiendas; no hacían alrededor de su campamento empalizadas ni fosos; no acampaban durante el invierno. Todas estas cosas estaban permitidas en su disciplina militar y eran buscadas por ellos para huir, como he dicho, de la fatiga y los peligros: hasta tal punto, que condujeron a Italia a la esclavitud y al envilecimiento.

XIII DE LOS SOLDADOS AUXILIARES, MIXTOS Y PROPIOS

  1. Las armas auxiliares, que son las otras armas inútiles, son cuando se llama a un príncipe poderoso para que con sus tropas venga a ayudaros y defenderos: como hizo en estos últimos tiempos el Papa Julio, el cual, habiendo visto en la empresa de Ferrara la triste prueba de sus armas mercenarias, se dirigió a las auxiliares; y convino con Fernando, rey de España, que éste debería ayudarlo con sus gentes y sus ejércitos. Estas tropas pueden ser útiles y buenas para si mismas , pero son casi siempre perjudiciales para el que las llama; porque, si pierdes, quedas derrotado, y si vences, te haces prisionero suyo.
  2. Aunque las antiguas historias están llenas de ejemplos que prueban esta verdad, sin embargo, no quiero pasar por alto el ejemplo reciente del Papa Julio II, que tomó un partido que no podía ser más funesto, pues para conquistar Ferrara se puso por entero en las manos de un extranjero. No obstante, su buena fortuna hizo nacer una tercera causa, para que no recogiera el fruto de su mala elección: porque habiendo sido derrotados sus auxiliares en Rávena, y después de sobrevenir los suizos, que contra su esperanza y la de los demás echaron a los vencedores, no quedó hecho prisionero de sus enemigos, pues habían huido, ni de sus auxiliares, ya que había vencido con otras tropas, y no con las de ellos. Los florentinos, hallándose sin ejército, condujeron diez mil franceses a Pisa para apoderarse de ella: esta resolución les hizo correr más peligros que cualquier empresa marcial. El emperador de Constantinopla, para oponerse a sus vecinos, introdujo en Grecia diez mil turcos, los cuales, acabada la guerra, no quisieron salir de ella: esto fue el principio de la sujeción de Grecia a los infieles.
  3. Sólo el que no desee vencer debe valerse de semejantes tropas, porque son mucho más peligrosas que las mercenarias: Cuando son vencidas, no por ello quedan todas menos unidas y dispuestas a obedecer a otros que a ti; en cambio las mercenarias, después de haber sido vencidas, necesitan más tiempo y mejor ocasión para atacarte, porque no forman todas un mismo cuerpo, y han sido reunidas y pagadas por ti; en ellas, un tercero a quien confieras el mando no puede adquirir de pronto tanta autoridad como para atacarte. En suma, en las tropas mercenarias es más peligrosa la cobardía, y en las auxiliares el valor.
  4. Por ello un príncipe sabio ha rehuido siempre estas tropas y recurrido a las propias; y ha preferido perder con las suyas que vencer con las ajenas, juzgando que no es verdadera victoria la que se consigue con las armas ajenas. No titubearé nunca en citar a César Borgia y sus acciones. Este duque entró en Romaña con tropas auxiliares, conduciendo a ella fuerzas francesas, con las cuales tomó Imola y Forli. Pero después, no pareciéndole seguras tales tropas, recurrió a las mercenarias, juzgando que en aquéllas había demasiado peligro, y tomó a sueldo las de los Ursinos y Vitellis. Hallando después que éstas obraban de un modo sospechoso, infiel y peligroso, se deshizo de ellas, y recurrió a las propias. Se puede ver fácilmente la diferencia que hay entre unas y otras tropas, considerando la diferencia que hubo entre la reputación del duque cuando tenía sólo a los franceses y cuando tenía a los Ursinos y Vitellis, y la que se granjeó cuando se quedó con sus propios soldados y se apoyó en sí mismo: se hallará ésta muy superior a la precedente; y nunca fue más estimado que cuando todos vieron que él era enteramente poseedor de sus propias tropas.

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