El príncipe

  1. Las ciudades de Alemania son muy libres, tienen en sus alrededores poco territorio, obedecen al emperador cuando le quieren, y no temen ni a él ni a ningún otro potentado que tengan cerca, ya que están fortificadas de tal modo que cada uno piensa que debe ser tedioso y difícil atacarlas. Todas tienen fosos y murallas adecuados, tienen artillería en abundancia; conservan siempre en los almacenes públicos comida, bebida y leña para un año; y, además, para poder tener al populacho alimentado, y sin que se gravoso al público, tienen siempre en común con que darle de trabajar por espacio de una año en aquellas obras que son el nervio y el alma de la ciudad, y con cuyo producto se sustenta la plebe. Mantienen también en gran consideración los ejercicios militares, y cuidan sobremanera de que permanezcan en vigor.
  2. Un príncipe, pues, que tenga una ciudad fuerte y no se haga odiar, no puede ser atacado; y, si lo fuera, quien le atacase partiría de allí con oprobio; las cosas del mundo son tan variables, que es casi imposible que alguien pueda con sus ejércitos permanecer asediándolo durante un año entero. Y a quien replicara que si el pueblo tuviese sus posesiones afuera y las viese quemar perdería la paciencia, y el largo asedio y el propio interés le harían olvidar el de su príncipe, le responderé que un príncipe poderoso y valiente superará siempre todas las dificultades, ora dando esperanzas a sus súbditos de que el mal no durará mucho, ora haciéndoles temer la crueldad del enemigo, ora asegurándose con destreza de aquellos que le parezcan demasiado osados. Aparte de esto, habiendo debido naturalmente el enemigo quemar y asolar el país desde su llegada, cuando los ánimos de los hombres estaban aún en el primer ardor de la defensa, el príncipe debe tener tanta menos desconfianza después, cuanto que, pasados algunos días, los ánimos se han enfriado, los daños están ya hechos, los males se han sufrido, y no hay ya remedio: y entonces los ciudadanos llegan a unirse con el príncipe tanto más cuanto les parece que ha contraído con ellos una nueva obligación, a causa de haber perdido sus casas y arruinado sus posesiones, en defensa suya. La naturaleza de los hombres es obligarse unos a otros, tanto por los beneficios que conceden como por los que reciben. De ahí que, si se considera todo bien, no le sea difícil a un príncipe prudente, desde el comienzo hasta el final de un asedio, tener inclinados a su persona los ánimos de sus conciudadanos, cuando no les falte de qué vivir ni con qué defenderse.

XI DE LOS PRINCIPADOS ECLESIÁSTICOS

  1. SOLO nos resta ahora hablar de los principados eclesiásticos: acerca de ellos, todas las dificultades se encuentran antes de poseerlos, ya que se adquieren mediante valor o mediante fortuna, y se conservan sin uno ni otra; se sostienen por medio de instituciones antiguas de la religión, las cuales son tan poderosas y de tales propiedades, que conservan a los príncipes en su Estado, de cualquier modo que procedan y se conduzcan. Sólo éstos tienen Estados y no los defienden; súbditos, y no los gobiernan; y los Estados, aunque indefensos, no les son arrebatados; y los súbditos, aunque sin gobierno, no se preocupan de ello, y no piensan ni pueden cambiar de príncipe. Así pues, sólo estos principados prosperan y están seguros.
  2. Pero como son gobernados por causas superiores que la mente humana no alcanza, los pasaré en silencio; porque, siendo erigidos y conservados por Dios, discurrir sobre ellos sería propio de hombre presuntuoso y temerario. Sin embargo, alguien me preguntará de qué proviene que la Iglesia se haya elevado a tanta grandeza en las cosas temporales, ya que antes de Alejandro los potentados italianos, y no sólo los que se llamaban potentados, sino también cada barón y cada señor, por poco poder que tuvieran, en lo que se refiere a las cosas temporales, la estimaban en poco, y ahora un rey de Francia tiembla ante ella, la cual pudo echarle de Italia y arruinar a los venecianos: aunque estos hechos son conocidos, no me parece superfluo representarlos en parte.
  3. Antes de que Carlos, rey de Francia, pasara a Italia, esta provincia se hallaba bajo el imperio del Papa, los venecianos, el rey de Nápoles, el duque de Milán y los florentinos. Estos potentados debían tener dos cuidados principales: el uno, que ningún extranjero entrara en Italia con sus ejércitos; el otro, que ninguno de ellos ocupara más territorio. Aquellos contra quienes se tomaban más precauciones eran el Papa y los venecianos. Para contener a los venecianos era necesaria la unión de todos los demás, como ocurrió en la defensa de Ferrara; y para contener al Papa se servían de los barones de Roma; éstos, hallándose divididos en dos bandos. Ursinos y Colonnas, siempre estaban peleándose entre ellos; y, con las armas en la mano y a la vista del Pontífice, tenían al pontificado débil y vacilante. Y aunque surgiera alguna vez un Papa animoso, como lo fue Sixto, sin embargo, la fortuna o su ciencia no podían nunca desembarazarle de este obstáculo. Y la brevedad de su mandato dificultaba la tarea; pues en el espacio de diez años que, regularmente, reinaba un Papa, era difícil que pudiera abatir una de las facciones; y si, por ejemplo, uno había casi extinguido a los Colonnas, surgía otro, enemigo de los Ursinos, que los hacía resurgir, y los Ursinos no estaban ya a tiempo de aniquilarlos. Esto hacía que las fuerzas temporales del Papa fueran poco consideradas en Italia.
  4. Surgió después Alejandro VI, el cual, mejor que todos los pontífices que haya habido nunca, mostró cuánto puede prevalecer un Papa, con el dinero y la fuerza, e hizo, tomando por instrumento al duque Valentino y aprovechando la ocasión del paso de los franceses, todas aquellas cosas de que he hablado más arriba al tratar de las acciones del duque. Y, aunque su intención no hubiera sido engrandecer a la Iglesia, sino al duque, sin embargo, lo que hizo ocasionó el engrandecimiento de la Iglesia, la cual después de su muerte, y extinguido el duque, heredó el fruto de sus guerras. Vino después el Papa Julio, y halló a la Iglesia muy poderosa, pues tenía toda la Romaña, y todos los barones de Roma carecían de fuerzas, porque Alejandro, con sus diversas artes de guerra, había destruido sus facciones; y encontró también el camino abierto para el medio de acumular dinero, que Alejandro nunca había puesto en práctica.
  5. Julio no sólo siguió estas cosas, sino que les añadió otras; pensó en conquistar Bolonia, reducir a los venecianos y arrojar a los franceses de Italia; todas estas empresas le salieron bien, y con tanta más gloria para él mismo, cuanto que hizo todo esto para engrandecer a la Iglesia, y no a ningún particular. Mantuvo también las facciones de los Ursinos y los Colonnas en los términos en que las encontró, y aunque había en ellas algunos jefes capaces de ocasionar alteraciones, sin embargo, dos cosas los mantenían sumisos: una, la grandeza de la Iglesia, que les atemorizaba; y la otra, no tener cardenales de su familia, que son origen de disensiones entre ellos. Nunca permanecerán sosegadas estas facciones mientras tengan algunos cardenales, porque éstos mantienen, en Roma y fuera de ella, unos partidos que los barones están obligados a defender: y así, de la ambición de los prelados nacen las discordias y las guerras entre los barones. Su Santidad el Papa León encontró, pues, el pontificado muy poderoso: y se espera que, si aquellos lo engrandecieron con las armas, éste, con su bondad y sus infinitas virtudes, lo hará grandísimo y venerado.

XII DE LAS DIFERENTES ESPECIES DE TROPAS, Y DE LOS SOLDADOS MERCENARIOS

    1. DESPUÉS de haber hablado en particular de todas las clases de principados sobre los que al principio me propuse razonar, considerado bajo algunos aspectos las causas de su buena o mala constitución, y mostrado los medios con que muchos trataron de adquirirlos y conservarlos, me queda ahora discurrir, de un modo general, sobre los ataques y defensas que en cada uno de los Estados mencionados pueden ocurrir. Hemos dicho más arriba que un príncipe necesita poseer unos buenos fundamentos; de lo contrario, forzosamente se atraerá su ruina. Los principales fundamentos que pueden tener -todos los Estados, tanto los nuevos, como los antiguos o mixtos, son las buenas leyes y las buenas armas. Y, como no puede haber buenas leyes donde no hay buenas armas y donde hay buenas armas conviene que haya buenas leyes, dejaré para otra ocasión el razonar sobre las leyes y hablaré de las armas.
    2. Digo, pues, que las armas con que un príncipe defiende su Estado son o las suyas propias, o mercenarias, o auxiliares, o mixtas. Las mercenarias y las tropas auxiliares son inútiles y peligrosas. Si un príncipe apoya su Estado con tropas mercenarias, nunca se hallará seguro, por cuanto esas tropas, desunidas y ambiciosas, indisciplinadas e infieles, fanfarronas en presencia de los amigos y cobardes frente a los enemigos, no tienen temor de Dios, ni buena fe en los hombres; tanto se difiere el desastre cuanto se difiere el ataque; en la paz el príncipe es despojado por ellos, y en la guerra por los enemigos. La causa de esto es que no tienen más amor ni motivo que los apegue a ti que su escaso sueldo, el cual no es suficiente para hacer que deseen morir por ti. Quieren ser tus soldados mientras tú no hagas la guerra, pero si ésta sobreviene, huyen y quieren retirarse.
    3. Poco trabajo me costaría convencer de todo esto, porque actualmente la ruina de Italia no es causada por otra cosa que por haber descansado en el espacio de muchos años en las tropas mercenarias. Estas hicieron algún progreso en favor de tal o cual príncipe, y se mostraron animosas contra tropas del país; pero, cuando llegó el extranjero, le mostraron lo que eran en realidad. Por esto a Carlos, rey de Francia, le fue sencillo apoderarse de Italia con greda. Y el que decía que nuestros pecados eran la causa de ello, decía la verdad; pero no eran los que él creía, sino los que yo he mencionado: y, como estos pecados eran los de los príncipes, también ellos sufrieron el castigo.

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