El príncipe

Estas fueron sus precauciones en cuanto a las cosas presentes.

  1. Pero, en cuanto a las futuras, tenía que temer en primer lugar que el nuevo sucesor de la Iglesia no le fuera favorable y tratara de quitarle lo que Alejandro le había dado. Por ello, pensó asegurarse[232] de estas cuatro maneras[233]: 1. Extinguir a todas las familias de los señores a quienes él había despojado, para quitar al Papa la ocasión de ayudarles; 2. Ganarse a todos los nobles de Roma, como he dicho, para poder poner con ellos un freno al Papa; 3. Atraerse lo más que pudiera el sacro colegio de los cardenales; 4. Adquirir, antes de que el Papa muriese, tan gran dominación, que pudiera por sí mismo resistir el primer asalto. De estas cuatro cosas, a la muerte de Alejandro, había realizado tres; la cuarta esta casi concluida. Mató a cuantos había podido coger de aquellos señores despojados, y poquísimos se salvaron; se había ganado a los nobles romanos, y gran parte del sacro colegio estaba a su lado; y, en cuanto a nuevas conquistas, había proyectado convertirse en señor de la Toscana, y poseía ya Perusa y Piombino, y había tomado a Pisa bajo su protección.
  2. Y, como no debía ya temer a Francia (porque los franceses habían sido despojados ya del reino por los españoles, de manera que cada uno de ellos estaba precisado a solicitar su amistad), se lanzaba sobre Pisa. Después de esto, Luca y Siena cederían fácilmente, en parte por envidia de los florentinos, en parte por miedo; y los florentinos no disponían de medios para evitarlo. Si esta empresa hubiera triunfado (y así habría ocurrido el año mismo en que Alejandro murió), habría adquirido tan grandes fuerzas y tanta reputación, que por sí mismo se habría sostenido, sin depender ya de la fortuna y de las fuerzas de los otros, sino de su propio poder y talento. Pero Alejandro murió cinco años después de que el duque hubiera comenzado a desenvainar la espada. Lo dejó teniendo solamente el Estado de la Romaña consolidado, con todos los demás vacilantes, entre los poderosísimos ejércitos enemigos, y mortalmente enfermo.
  3. Poseía el duque tanta fuerza y tanto valor, sabía tan bien cómo se tienen que ganar o perder los hombres, y tan sólidos eran los fundamentos que en tan poco tiempo se habían formado, que, si no hubiera tenido enfrente aquellos ejércitos, o hubiera estado sano, habría salvado cualquier dificultad. Resulta evidente que sus fundamentos eran buenos: la Romaña le esperó durante más de un mes; en Roma, aunque moribundo, habría estado seguro, y a pesar de que los Baglionis, Vitellis y Ursinos vinieron a Roma, no intentaron nada contra él; si no pudo hacer Papa al que él quería, al menos impidió que lo fuera quien no quería. Pero si al morir Alejandro hubiera gozado de buena salud, todo le habría resultado fácil. El día en que Julio II fue nombrado Papa, me dijo que había pensado en lo que podía ocurrir al morir su padre, y que para todo había encontrado remedio, excepto que no pensó nunca, sobre su propia muerte, que fuera él quien estuviera a punto de morir.
  4. Después de haber recogido todas las acciones del duque, no podría criticarle; incluso me parece que puedo, como lo he hecho, proponerle por modelo a todos aquellos que, gracias a la fortuna y con las armas ajenas, se elevaron a la soberanía. Porque él, teniendo relevantes prendas y elevadas miras, no podía conducirse de otro modo; y sólo se opusieron a sus designios la brevedad de la vida de Alejandro y su propia enfermedad. Así pues, quien juzgue necesario, en su nuevo principado, asegurarse de los enemigos, ganarse amigos, vencer por la fuerza o con engaños, hacerse amar y temer por los pueblos, seguir y respetar por los soldados, desembarazarse de aquellos que puedan o deban perjudicarle, mudar los antiguos estatutos en otros recientes, ser severo y agradable, magnánimo y liberal, suprimir la tropa infiel y crear otra nueva, conservar la amistad del rey y de los príncipes de modo que tengan que beneficiarle con gracia u ofenderle con respeto, no puede encontrar más fresco ejemplo que las acciones de este duque.
  5. Solamente se le puede acusar en la creación de Julio como pontífice, en lo cual hizo una mala elección; pues, como he dicho, no pudiendo crear un Papa a su gusto, podía hacer que éste o aquél no fueran Papas; y no debía consentir nunca que llegara al papado ninguno de los cardenales a quienes él hubiera ofendido, o que, convertidos en Papas, hubieran de tener miedo de él. Pues los hombres ofenden por miedo o por odio. Los que él había ofendido eran, entre otros, el de San Pedro ad Vincula, Colonna, el de San Jorge y Ascanio; todos los demás, una vez convertidos en Papas, estaban en el caso de temerle, excepto el de Rúan y los españoles; éstos, porque estaba confederado con ellos y le debían favores, y aquél por su fuerza, ya que tenía por sí el reino de Francia. Por tanto, e duque, ante todo, debía hacer elegir por Papa a un español, y si no podía, debía consentir en que fuera el cardenal de Rúan y no el de San Pedro ad Vincula. Quien crea que los nuevos beneficios hacen olvidar a los grandes personajes las antiguas injurias, se engaña. Erró, pues, el duque en esta elección, y ello ocasionó su ruina.

VIII DE LOS QUE LLEGARON AL PRINCIPADO POR MEDIO DE MALDADES

    1. PERO, como de particular se puede convertir uno en príncipe de otros dos modos, ya que no se puede atribuir todo a la fortuna o al valor, no me parece que deba aquí omitirlos, aunque de uno de ellos se pueda discurrir con más amplitud donde se trata de las Repúblicas. Estos dos modos son cuando, o por cualquier camino malvado y detestable se asciende al principado, o cuando un ciudadano particular, con el favor de sus conciudadanos, se convierte en príncipe de su patria. Y, hablando del primer modo, se demostrará con dos ejemplos notables, uno antiguo y otro moderno, sin entrar de otra forma en los méritos de esta parte, pues juzgo que, al que se vea necesitado de ello, le basta imitarlos.
    2. El primer ejemplo es el del siciliano Agatocles, que nacido en una condición no sólo común y ordinaria, sino también ínfima y vil condición, llegó a empuñar, sin embargo, el cetro de Siracusa. Hijo de un alfarero, tuvo durante toda su vida una conducta reprensible: no obstante, acompañó sus perversas acciones con tanta fortaleza de alma y de cuerpo, que, entregado a la milicia, a través de sus distintos grados, llegó a ser pretor de Siracusa. Después de haber alcanzado este puesto, habiendo resuelto convertirse en príncipe y retener con violencia y sin debérselo a nadie la dignidad que había recibido del libre consentimiento de sus conciudadanos, y tras haberse entendido acerca de su designio con el cartaginés Amílcar, que con sus ejércitos militaba en Sicilia, reunió una mañana al pueblo y al Senado de Siracusa, como si tuviera que deliberar con ellos cosas pertinentes a la República, y a una señal acordada hizo que sus soldados mataran a todos los senadores y a los más ricos ciudadanos; una vez muertos, ocupó y conservó el principado de aquella ciudad sin ninguna guerra civil . Y, aunque fue dos veces derrotado e incluso sitiado por los cartagineses no sólo pudo defender su ciudad, sino que también, habiendo dejado parte de sus tropas para custodiarla, con el resto atacó África, y en breve tiempo liberó a Siracusa del asedio, y puso a los cartagineses en extrema necesidad: éstos se vieron obligados a tratar con él, a contentarse con la posesión de África y a dejar Sicilia a Agatocles.
    3. Si consideramos, pues, las acciones y el valor de éste, no veremos nada o casi nada que pueda atribuirse a la fortuna; no con el favor de ninguno, como he dicho más arriba, sino por medio de los grados militares, que había adquirido con mil fatigas y peligros, consiguió la soberanía, y después se mantuvo en ella mediante una multitud de acciones tan valerosas como peligrosas. Sin embargo, no se puede llamar valor a matar a sus conciudadanos, traicionar a los amigos, y carecer de fe, de humanidad y de religión; estos medios pueden llevar a adquirir el imperio, pero no la gloria. Pues si consideramos el valor de Agatocles en la manera de arrostrar los peligros y salir de ellos, y la grandeza de su ánimo en soportar y superar los sucesos adversos, no vemos por qué había de ser considerado inferior a ningún excelente capitán; no obstante, su feroz crueldad e inhumanidad, con sus infinitas maldades, no permiten que sea celebrado entre los más excelentes hombres. Así pues, no se puede atribuir a la fortuna o al valor lo que él consiguió sin una ni otro.
    4. En nuestros tiempos, reinando Alejandro VI, tenemos el segundo ejemplo, el de Oliverotto de Fermo, cuando años atrás era aún niño, sin padre, fue educado por un tío materno llamado Juan Fogliani, y en los primeros tiempos de su juventud fue colocado por éste en la tropa del capitán Pablo Vitelli, a fin de que, sometido a la disciplina, llegara a algún grado elevado en las armas. Muerto después Pablo, militó bajo su hermano Vitellozzo; y en brevísimo tiempo, como tenía talento y era gallardo de cuerpo y de espíritu, se convirtió en el primer hombre de su tropa. Pero, pareciéndole servil permanecer con los demás, pensó, con la ayuda de algunos ciudadanos de Fermo para quienes era más preciada la esclavitud que la libertad de su patria, y con el favor de Vitellozzo, ocupar Fermo; y escribió a Juan Fogliani que, habiendo estado tantos años fuera de casa, quería ir a ver a él y a su ciudad, y reconocer en algún modo su patrimonio; y, como no se había fatigado por otra cosa que por adquirir honor, con objeto de que sus conciudadanos vieran que no había gastado el tiempo en vano, quería presentarse de manera honrosa y acompañado de cien caballos de sus amigos y servidores; y le rogaba que se sirviese ordenar que los habitantes de Fermo le recibieran con honores: lo cual no solamente le honraría a él, sino al mismo Fogliani, puesto que era su discípulo.
    5. En consecuencia, Juan no olvidó ningún favor debido al sobrino; hizo que los habitantes de Fermo le recibieran con honor, y le hospedó en su casa; allí, transcurridos algunos días, y atento a preparar secretamente lo que era necesario para la maldad que premeditaba, dio un espléndido banquete, al cual invitó a Juan Fogliani y a todos los hombres importantes de Fermo. En cuanto se hubo terminado la comida y todas las conversaciones usuales en semejantes banquetes, Oliverotto, diestramente, hizo ciertos graves razonamientos, hablando de la grandeza del Papa Alejandro y de su hijo César, así como de sus empresas. Cuando Juan y los demás respondían a estos razonamientos, él de repente se levantó, diciendo que aquellas cosas había que tratarlas en un lugar más privado; se retiró entonces a un aposento, al que le siguieron Juan y todos los demás ciudadanos. Apenas se disponían a sentarse, cuando de ocultos lugares de la estancia salieron soldados que mataron a Juan y a todos los demás.
    6. Después de esta matanza, Oliverotto montó a caballo, recorrió la ciudad y sitió en su palacio al principal magistrado; de manera que por miedo se vieron obligados a obedecerle y formar un gobierno del cual se constituyó en príncipe. Y, muertos todos aquellos que, por estar descontentos, podían perjudicarle, fortaleció su autoridad con nuevos estatutos civiles y militares, de modo que, en el espacio de un año que poseyó la soberanía, no sólo estaba seguro en la ciudad de Fermo, sino que también era temido por todos sus vecinos. Y hubiera sido tan perdurable como Agatocles, si no se hubiese dejado engañar por César Borgia, cuando en Sinigaglia, como dije más arriba, prendió éste a los Ursinos y Vitellios; allí, preso también Oliverotto, un año después de cometer su parricidio, fue ahorcado junto con Vitellozzo, que había sido su maestro de valor y maldad.

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