El príncipe

  1. Tales príncipes se hallan simplemente sometidos a la voluntad y fortuna de aquellos que los exaltaron, que son dos cosas muy volubles e inestables, y no saben ni pueden mantener aquel grado[171]; no saben, porque a no ser un hombre de gran ingenio y talento, no es verosímil que, habiendo vivido siempre en una condición privada[172], separa gobernar; no pueden, porque no poseen tropas con cuya amistad y fidelidad puedan contar[173]. Además, los Estados que surgen de repente, como todas las demás cosas de la naturaleza que nacen y crecen con prontitud, no pueden tener las raíces y adherencias necesarias[174], de modo que el primer choque de la adversidad los arruina[175], si, como he dicho, los que tan de repente se han convertido en príncipes no son de un vigor bastante grande para estar dispuestos de inmediato a conservar lo que la fortuna ha puesto en sus manos, ni se han procurado los mismos fundamentos que se habían procurado los demás antes de que se convirtieran en príncipes.[176]
  2. De cada una de estas dos maneras de convertirse en príncipe, mediante el valor o mediante la suerte[177], quiero exponer dos ejemplos sacados de la historia de nuestros tiempos: son Francisco Sforza y César Borgia. Francisco, gracias a los recursos de su ingenio y su gran valor, de particular se convirtió en duque de Milán[178]; y aquello que con mil afanes había adquirido, con poco trabajo lo conservó. Por otra parte, César Borgia[179], llamado por el vulgo el duque de Valentinois, adquirió el Estado con la fortuna de su padre, y con ella lo perdió, a pesar de que empleara todos los medios e hiciera todas aquellas cosas[180] que un hombre prudente y valeroso debe hacer para consolidarse en los Estados que las armas y fortuna ajenas le habían concedido. Pues, como se dice más arriba, quien no preparó antes los fundamentos, podría hacerlo después si tenía un talento superior[181], aunque se formen con disgusto del arquitecto y peligro del edificio[182]. Si se consideran, pues, todos los progresos del duque, se verá que había levantado poderosos fundamentos para su futura dominación[183]; y no juzgo superfluos darlos a conocer[184], porque no sabría qué preceptos mejores dar a un príncipe nuevo, mejores que el ejemplo de sus acciones: y si sus instituciones no le aprovecharon, no fue culpa suya, sino que provino de una extraordinaria y extremada malignidad de la fortuna.[185]
  3. Alejandro VI[186], al querer engrandecer a su hijo el duque, encontró muchas dificultades en lo presente y futuro. Primeramente, no veía medio de hacerle señor de un Estado que no perteneciera a la Iglesia[187]; y, cuando dirigía los ojos hacia un Estado de la Iglesia para quitárselo, preveía que el duque de Milán y los venecianos no consentirían en ello[188]; además, Faenza y Rímini estaban ya bajo la protección de los venecianos. Veía además de esto que los ejércitos de Italia, y en especial aquellos de los que habría podido servirse, estaban en manos de los que debían temer el engrandecimiento del Papa[189]; en consecuencia, no podía fiarse de ellos, porque estaban todos mandados por los Ursinos, Colonnas y aliados suyos[190]. Era, pues, necesario que se turbara este orden de cosas y se introdujera el desorden en sus Estados[191], para poder apoderarse con seguridad de una parte de ellos[192]. Esto le fue fácil, porque se encontró con que los venecianos, movidos por otras razones[193], habían decidido hacer que los franceses volvieran a Italia[194]; y no sólo no se opuso a ello, sino que facilitó la maniobra con la sentencia de la disolución del antiguo matrimonio del rey Luis[195].
  4. Pasó, pues, el rey a Italia con la ayuda de los venecianos[196] y el consentimiento de Alejandro; en cuanto estuvo en Milán, el Papa obtuvo de él tropas para la empresa de la Romaña[197], la cual le fue cedida a causa de la reputación del rey. Habiendo, pues, el duque adquirido la Romana y derrotado a los Colonnas, y queriendo conservarla y seguir más adelante, lo impedían dos cosas: la una, sus ejércitos, que no le parecían fieles, y la otra, la voluntad de Francia; es decir, que los ejércitos de los Ursinos, de los cuales se había valido, le faltaran, y no sólo le impidieran conquistar, sino que le quitaran lo conquistado, y que el rey no le hiciera también lo mismo. Su desconfianza en los Ursinos[198] se basaba en que cuando, después de tomar Faenza, asaltó Bolonia, los había visto obrar con tibieza en el asalto; y en cuanto al rey, conoció su ánimo cuando, tomando el ducado de Urbino, asaltó la Toscana, empresa de la cual le hizo desistir el rey. Por esto el duque resolvió no depender nunca más de los ejércitos y de la fortuna ajenas.[199]
  5. Y, primero de todo, debilitó los partidos de los Ursinos y de los Colonnas en Roma[200]; a todos sus aliados que fueran gentiles hombres, se los ganó haciéndolos gentiles hombres suyos y dándoles elevados empleos, y los honró, según sus cualidades, con gobiernos y mandos, de modo que en pocos meses se extinguió en sus ánimos el afecto de los partidos, que se volvió por entero hacia el duque[201]. Después de esto, esperó la ocasión para acabar con los jefes de los Ursinos[202], habiendo dispersado ya a los de la casa Colonia, que se le volvió favorable, y la trató mejor[203]; y habiendo advertido muy tarde los Ursinos que el poder del duque y de la Iglesia era su ruina, convocaron una Dieta en Magione, en el país de Perusa[204]; de ello resultó la rebelión de Urbino y los tumultos de la Romaña, así como infinitos peligros para el duque[205]; pero éste superó todas las dificultades con la ayuda de los franceses[206].
  6. Y, después de haber recobrado la reputación, no fiándose de Francia ni de otras fuerzas externas, y para no tener que recurrir de nuevo a ellas, recurrió a los engaños; y supo disimular tan bien sus intenciones[207], que los Ursinos, por mediación del señor Paulo, se reconciliaron con él; el duque no careció de medios serviciales para asegurárselos, dándoles dinero, vestidos y caballos: tan bien, que su simplicidad les condujo a caer en sus manos en Sinigaglia[208]. Derrotados, pues, los Jefes[209], y convertidos los partidarios de éstos en amigos suyos[210], el duque había proporcionado muy buenos fundamentos a su dominación, ya que tenía toda la Romaña con el ducado de Urbino[211], y le parecía, además, que se había hecho amiga la Romaña y ganado todos sus pueblos, por haber comenzado a gustar el bienestar que tenían.[212]
  7. Y como esta parte es digna de comentarse y de ser imitada por otros, no quiero pasarla por alto[213]. Después que el duque hubo tomado la Romaña, y encontrándola mandada por señores ineptos que más bien habían despojado que corregido a sus súbditos[214], y que les habían dado motivo de desunión, no de unión[215], en tanto grado que esta provincia estaba llena de latrocinios, de contiendas y de todas las demás clases de desórdenes[216], juzgó que era necesario, si quería hacerla pacífica y obediente el brazo regio, darle un buen gobierno[217]. Entonces envió allí a messer Ramiro de Orco[218], hombre cruel y expedito, al cual dio plenos poderes[219]. Este, en poco tiempo, la convirtió en una provincia pacífica y unida, con grandísima reputación[220]. Después pensó el duque que no era necesaria tan excesiva autoridad[221], porque temía que se volviera odiosa; y así erigió en el centro de la provincia un tribunal civil, presidido por un hombre excelente[222], y en el que cada ciudad tenía su defensor[223]. Y, como sabía que los rigores pasados le habían granjeado algún odio, para purgar los corazones de los pueblos y ganárselos del todo, quiso mostrar que, si se había cometido alguna crueldad, no procedía de él[224], sino de la acerba naturaleza del ministro. Y a la primera ocasión que se le presentó, una mañana, en Cesena, lo hizo exponer en dos pedazos en la plaza[225] con un trozo de madera y un cuchillo ensangrentado al lado[226]. La ferocidad de semejante espectáculo hizo que aquellos pueblos, durante algún tiempo, quedaran tan satisfechos como asombrados.[227]
  8. Pero volvamos al punto de que partimos. Decía que, hallándose el duque muy poderoso y en parte asegurado contra los peligros presentes, porque se había armado a su modo y tenía destruidas en buena parte las armas de los vecinos que podían perjudicarle, le quedaba, queriendo extenderse más en sus conquistas, el temor del rey de Francia; pues sabía que el rey, que se había dado cuenta demasiado tarde de su error[228], no se lo permitiría. Por ello, empezó a buscar nuevos amigos, y tergiversó[229] con respecto a Francia, cuando vinieron los franceses hacia el reino de Nápoles contra los españoles que sitiaban Gaeta[230]. Su intención era asegurarse de ellos: y lo habría conseguido pronto si Alejandro hubiera vivido.[231]

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