El príncipe

V DE QUE MANERA SE DEBE GOBERNAR LOS ESTADOS QUE, ANTES DE SER OCUPADOS POR NUESTRO PRÍNCIPE, SE REGÍAN POR SUS PROPIAS LEYES

  1. CUANDO aquellos Estados que se conquistaron, como he dicho, están acostumbrados a vivir con sus leyes y en libertad, si se quiere conservarlos hay tres maneras de hacerlo: la primera, arruinarlos[119]; la segunda, ir a vivir personalmente en ellos; la tercera, dejarlos vivir con sus leyes[120], extrayendo una contribución anual y creando allí un Estado de un reducido número[121] que cuide de conservártelos amigos. Pues, siendo el tribunal creado por el príncipe, sabe que no puede subsistir sin su amistad y dominación, y ha de hacerlo todo por mantenerlo. Y más fácilmente se contiene una ciudad habituada a vivir libre por medio de sus ciudadanos, que de cualquier otro modo, si se la quiere conservar.[122]
  2. Ejemplo de ello son los espartanos y los romanos. Los espartanos tuvieron Atenas y Tebas, creando en ellas un Consejo de pocos ciudadanos; sin embargo, las perdieron[123]. Los romanos, para poseer Capua, Cartago y Numancia[124], las desorganizaron, y no las perdieron; quisieron tener Grecia casi como la tuvieron los espartanos, haciéndola libre y dejándole sus leyes, y no tuvieron éxito, de modo que se vieron obligados a desorganizar muchas ciudades de esta provincia para conservarla.[125]
  3. Pues, en verdad, no hay ningún otro medio seguro de poseerlas que la ruina[126]. Y quien se convierte en dueño de una ciudad acostumbrada a vivir libre, y no la destroza, cuente con ser destrozado por ella; porque ésta siempre tiene por refugio, en la rebelión, el nombre de la libertad y sus antiguas leyes, las cuales nunca se perderán ni por lo dilatado del tiempo, ni por beneficios del conquistador. Y por más que se haga o se provea, si no se desunen o dispersan los habitantes, no olvidarán aquel nombre ni aquellas leyes, e incluso, en cualquier ocasión, recurrirán a ellos, como hizo Pisa después de cien años de haber estado bajo la dominación de los florentinos.[127]
  4. Pero cuando las ciudades o las provincias están habituadas a vivir bajo un príncipe, cuya familia se haya extinguido, como por una parte están habituadas a obedecer, y por otra carecen de su antiguo príncipe, no concuerdan entre sí para elegir uno nuevo, y no saben vivir libres, de suerte que son más lentas en tomar las armas, y con más facilidad puede un príncipe ganarlas y asegurarse de ellas[128]. Sin embargo, en las repúblicas hay mayor valentía, mayor odio, más deseo de venganza; ni deja, ni puede dejar perder la memoria de la antigua libertad, y por lo tanto el más seguro camino consiste en disolverlas[129] o habitar en ellas.[130]

VI DE LOS PRINCIPADOS NUEVOS QUE SE ADQUIEREN CON EL VALOR PERSONAL Y CON LAS ARMAS PROPIAS

  1. QUE nadie se sorprenda[131] si, al hablar como lo haré de principados enteramente nuevos, y de príncipes y de Estados, presento grandes ejemplos; porque, caminando casi siempre los hombres por los caminos trillados por otros, procediendo en sus acciones a imitación de sus antecesores[132], y no pudiendo seguir en todos los caminos de los demás ni elevarse a la perfección de aquellos a quienes imitan, debe el hombre prudente elegir siempre los caminos trillados por varones insignes e imitar a los que sobrepujaron a los demás, a fin de que, si no logra igualarlos, al menos se acerque a ellos[133]; debe hacer como los arqueros avisados, que, al parecerles el lugar donde desean apuntar demasiado lejano, y conociendo hasta dónde alcanza la fuerza de su arco, apuntan más alto que el objeto que tienen en mira, no para llegar con sus flechas a tanta altura, sino para poder, con la ayuda de esta cota, alcanzar su objetivo.[134]
  2. Digo, pues, que en los principados completamente nuevos, donde haya un príncipe nuevo, se encuentra para mantenerlos más o menos dificultad, según sea más o menos valeroso el que los adquirió. Y como el hecho de convertirse de particular en príncipe presupone valor o suerte[135], parece que la una o la otra de estas dos cosas mitiga en parte muchas dificultades; sin embargo; el que fue menos auxiliado de la fortuna se mantuvo más[136]. Proporciona también facilidades que el príncipe, por no tener otros Estados, se vea obligado a venir personalmente a habitar en el que ha conquistado.
  3. Pero hablemos de aquellos que por su propio valor y no por la fortuna se convirtieron en príncipes[137], como Moisés, Ciro, Teseo, Rómulo, y otros, todos dignos de admiración. Y aunque sobre Moisés no debemos discurrir, por ser un mero ejecutor de las cosas que Dios le había ordenado, sin embargo, debe ser admirado sólo por aquella gracia que le hacía digno de hablar con Dios[138]. Pero consideremos a Ciro y a los otros que adquirieron o fundaron reinos; los encontraréis a todos admirables[139]; y si se consideran sus acciones e instituciones en particular, no parecerán distintas de las de Moisés, que tuvo tan gran preceptor[140]. Y, examinando sus acciones y su vida, no se verá que ellos tuvieran cosa alguna de la fortuna más que una ocasión propicia, que les facilitó el medio de poder introducir en sus nuevos Estados la forma que les convenía[141]; sin esta ocasión, el valor de su ánimo se habría extinguido, y sin este valor la ocasión se habría presentado en vano[142].
  4. Le era, pues, necesario a Moisés encontrar al pueblo de Israel, en Egipto, esclavo y oprimido por los egipcios, a fin de que aquellos, para salir de la esclavitud, se dispusieran a seguirle[143].

Convenía que Rómulo no quedara en Alba y fuera expuesto al nacer, si se quería que se convirtiera en rey de Roma y fundador de la patria[144]. Era necesario que Ciro encontrara a los persas descontentos del imperio de los medos, y a los medos débiles y afeminados a causa de la larga paz[145]. Teseo no hubiera podido demostrar su valor si no hubiese hallado dispersados a los atenienses[146]. Estas ocasiones, por lo tanto, hicieron a estos hombres felices, y su excelente valor hizo que fuera conocida la ocasión gracias a la cual su patria fue ennoblecida y consiguió la prosperidad.[147]

  1. Aquellos que por caminos valerosos, semejantes a éstos, se convierten en príncipes, adquieren el principado con dificultad, pero lo conservan con facilidad; y las dificultades que experimentan al adquirir el principado, en parte nacen de las nuevas leyes y modos que se ven forzados a introducir para fundar su Estado y su seguridad[148]. Y se debe considerar que no hay cosa más difícil de tratar, ni más dudosa de conseguir, ni más peligrosa de manejar, que convertirse en jefe para introducir nuevos estatutos[149]. Pues el introductor tiene por enemigos a todos los que sacaron provecho de los antiguos estatutos[150], y tiene tibios defensores en todos los que se aprovecharán de las nuevas disposiciones[151]. Semejante tibieza nace, en parte, del miedo a los adversarios, que sacaron partido de las antiguas leyes, y en parte de la incredulidad de los hombres, que no creen realmente en las cosas nuevas, si no se han hecho de ellas una sólida experiencia[152]. De ahí resulta que, siempre que los que son enemigos tienen ocasión de atacar, lo hacen por espíritu de partido, mientras que los otros se defienden tibiamente, de modo que peligra el príncipe con ellos[153].
  2. Es necesario, por lo tanto, cuando se quiere discurrir adecuadamente sobre este punto, examinar si estos innovadores se mantienen por sí mismos, o si dependen de los demás; es decir, si para dirigir su operación tienen necesidad de rogar, o si pueden forzar. En el primer caso gobiernan siempre mal y no llegan a ninguna parte[154]; pero, cuando dependen de sí mismos y pueden forzar, entonces ocurre que raras veces peligran. De esto procede que todos los profetas armados vencen[155], y los desarmados pierden[156]. Porque, además de las cosas que hemos dicho, la naturaleza de los pueblos es variable; y resulta fácil persuadirles de una cosa, pero es difícil mantenerlos en esta creencia[157]. En consecuencia, conviene estar preparados de manera que, cuando ya no crean, se les pueda hacer creer a la fuerza.[158]
  3. Moisés, Ciro, Teseo y Rómulo no habrían podido hacer observar durante largo tiempo sus constituciones, si hubieran estado desarmados, como en nuestros tiempos le ocurrió a fray Jerónimo Savonarola[159], el cual se arruinó en sus nuevas instituciones, porque la multitud comenzó a no creerle, y él no tenía medio de poder mantener firmes a los que habían creído, ni de hacer creer a los que ya no creían. Sin embargo, estos príncipes experimentan grandes dificultades en su conducta, todos sus pasos van acompañados de peligros, y conviene que los superen con el valor[160]; pero cuando los han superado y comienzan a ser respetados, como han sojuzgado a los que tenían envidia de su calidad de príncipe, se quedan poderosos, seguros, honrados y felices.[161]
  4. A tan elevados ejemplos quiero añadir un ejemplo menor que, sin embargo, no estará en desproporción con ellos, y quiero que me baste para todos los demás por el estilo: el de Hierón el Siracusano[162]. De particular que era, se convirtió en príncipe de Siracusa, sin tener de la fortuna más que una favorable ocasión; hallándose oprimidos los siracusanos, lo eligieron como caudillo, mereciendo ser hecho después su príncipe[163]. Y fue de tanta virtud en su condición privada, que quien escribe acerca de él dice: «quod nihil illi deerat ad regnandum praeter regnum»[164]. Licenció la antigua milicia y formó otra nueva; dejó a sus antiguos amigos y se hizo otros nuevos; y como tuvo amigos y soldados que eran realmente suyos, pudo levantar, sobre tales fundamentos, otro edificio; de modo que lo que le costó tanto trabajo conquistar, le costó poco mantener[165].

VII DE LOS PRINCIPADOS NUEVOS QUE SE ADQUIEREN CON LA FORTUNA Y LAS ARMAS AJENAS

    1. AQUELLOS que sólo gracias a su fortuna se convierten de particulares en príncipes, con poca fatiga lo hacen[166], pero con mucha se mantienen[167]; y no tienen ninguna dificultad en su camino, porque son elevados como en alas: pero todas las dificultades nacen cuando han llegado al pode[168]r. Esos príncipes, para adquirir el Estado, lo hicieron de alguna de estas maneras: o por dinero, o por gracia de quien lo concede; como sucedió a muchos en Grecia, en las ciudades de Jonia y del Helesponto, donde fueron hechos príncipes por Darío[169], a fin de que las conservaran para su seguridad y gloria[170]; como ocurrió también con aquellos emperadores romanos que, de particulares, por corrupción de los soldados, llegaron al imperio.

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