El príncipe

  1. Pero volvamos a Francia y examinemos si de las cosas comentadas ha sucedido alguna en ella; hablar de Luis y no de Carlos[71], como de aquel cuyos hechos se conocen mejor, porque al tener mayores posesiones y por más tiempo en Italia[72], sus progresos se apreciaron mejor: veréis cómo él hizo todo lo contrario de cuanto se debe hacer para mantener un Estado en un territorio de distintas costumbres y lenguas[73].
  2. El rey Luis entró en Italia por la ambición de los venecianos, que pretendieron conquistar la mitad del estado de Lombardía gracias a su llegada. Yo no quiero criticar el partido elegido por el rey, porque queriendo empezar a poner el pie en Italia y no teniendo en esta región amigos y, además, habiéndole cerrado todas las puertas, por la conducta del rey Carlos[74], se vio obligado a respetar los únicos aliados que pudiera encontrar allí[75]: y le hubieran salido bien sus propósitos si no hubiera cometido error alguno en las demás acciones que llevó a cabo. Después que el rey hubo conquistado la Lombardía, volvió a ganarse la reputación que Carlos había perdido: Génova cedió; los florentinos se convirtieron en amigos suyos; el marqués de Mantua, el duque de Ferrara, Bentivoglio, la señora de Forli, los señores de Faenza, de Pésaro, de Rimini, de Camerino, de Piombino, los luqueses, los paisanos, los sieneses, todos salieron a su encuentro para ser su amigo[76]. Los venecianos pudieron reconocer entonces la temeridad del partido que habían tomado, los cuales, para adquirir dos territorios en Lombardía, hicieron del rey dueño de un tercio de Italia[77].
  3. Que cada uno considere ahora con cuan poca dificultad podía el rey conservar en Italia su reputación, si hubiera observado las reglas sobrescritas, y tenido seguros y defendidos a todos aquellos amigos suyos, los cuales, por ser en gran numero, débiles, y temerosos el uno de la Iglesia, el otro de los venecianos[78], se veían siempre en la necesidad de permanecer con él; y por medio de ellos podía fácilmente asegurarse de lo que había de más poderoso en la Península[79]. Pero, en cuanto estuvo en Milán, hizo lo contrario, dando ayuda al Papa Alejandro para que ocupara la Romaña[80]. No advirtió que con esta determinación se hacia débil, alejando a los amigos y a los que se habían puesto bajo su protección, mientras engrandecía a la Iglesia[81], añadiendo a lo espiritual, que le da tanta autoridad, un vasto poder temporal[82]. Y, cometido este primer error, fue obligado a cometer otros; de modo que, para poner fin a la ambición de Alejandro, y para que no se convirtiera en dueño de la Toscana, fue obligado a venir a Italia. No le, bastó haber engrandecido a la Iglesia y alejado a los amigos, sino que, por querer el reino de Nápoles, lo dividió con el rey de España[83]. Así, cuando era el primer árbitro de Italia, tomó en ella a un asociado, en el cual los ambiciosos de aquella provincia y descontentos de él tenían donde recurrir; y, cuando podía dejar en aquel reino un rey pensionado suyo[84], lo echó a un lado para poner a otro que pudiera arrojarle a él.[85]
  4. El deseo de adquirir es cosa verdaderamente muy natural y ordinaria; y los hombres que adquieren, cuando pueden hacerlo, serán alabados y no vituperados; pero cuando no pueden, o quieren actuar de otro modo, aquí esta el error y el motivo de vituperarlo[86]. Si Francia, pues, podía asaltar con sus fuerzas Nápoles, debía hacerlo; si no podía, no debía dividirlo. Y si la repartición de Lombardía efectuada con los venecianos mereció disculpa por haber puesto con ella el pie en Italia, ésta merece vituperio a causa de no ser excusada por la necesidad[87].

Luis había, pues, cometido estos cinco errores: había destruido las pequeñas potencias[88]; aumentado en Italia la dominación de un príncipe ya poderoso; puesto en ella a un extranjero poderosísimo; no había venido a habitar en ella, y no había establecido colonias.

  1. Sin embargo, estos errores, viviendo él, no podían perjudicarle, si no hubiera cometido el sexto, el de despojar a los venecianos[89]: porque, aun cuando no hubiera engrandecido a la Iglesia ni introducido a España en Italia, era muy razonable y necesario abatirlos; pero, habiendo dado estos primeros pasos, no debía consentir nunca en su ruina; porque, siendo aquellos poderosos, habrían tenido a los otros siempre distantes de la empresa de Lombardía, ya porque los venecianos no lo habrían consentido sin convertirse ellos mismos en dueños, ya porque los otros no habrían querido quitarla a Francia para dársela a ellos, y no habrían tenido la audacia de ir a atacar a estas dos potencias[90]. Y si alguno dijera: el rey Luis cedió a Alejandro la Romana y a España el reino de Nápoles para evitar una guerra, respondería con las razones expuestas arriba: que no se debe nunca dejar nacer un desorden para evitar una guerra; porque esta no se evita, sino que se difiere con desventaja propia[91]. Y si algunos otros alegaran la promesa que el rey había hecho al Papa, de realizar en su favor esta empresa para obtener la disolución de su matrimonio y el capelo de Ruán, respondería con lo que dirá ahora mismo sobre la palabra de los príncipes y cómo se debe mantener.[92]
  2. El rey Luis ha perdido, pues, la Lombardía por no haber observado ninguna de las reglas observadas por otros que han conquistado provincias y han querido retenerlas. No es esto ningún milagro, sino algo muy ordinario y razonable. De esta materia hablé en Nantes[93] con el cardenal de Ruán, cuando Valentino (que así era llamado vulgarmente César Borgia, hijo del Papa Alejandro) ocupaba la Romana: diciéndome el cardenal que los italianos no entendían de guerras, yo le respondí que los franceses no entendían de las cosas de Estado; porque, si entendieran, no dejarían que la Iglesia llegara a tanta grandeza[94]. Y por experiencia se ha visto que la grandeza, en Italia, de aquella y de España ha sido causada por Francia, y que la ruina de ésta ha sido causada por las otras dos[95]. De aquí se deduce una regla general, que nunca o raramente falla: que quien se acusa de que otro se vuelva poderoso, obra su propia ruina[96]; porque con su propia industria y con su fuerza ha causado aquel poderío, y uno y otro de estos dos medios resultan sospechosos a aquel que se ha vuelto poderoso[97].

IV POR QUÉ RAZÓN EL REINO DE DARÍO, OCUPADO POR ALEJANDRO, NO SE REBELÓ CONTRA LOS SUCESORES DE ESTE DESPUÉS DE SU MUERTE [98]

  1. CONSIDERANDO las dificultades que se ofrecen para conservar un Estado adquirido recientemente, podría preguntarse con asombro cómo, sucedió que, convertido Alejandro Magno en dueño de Egipto y del Asia Menor en un corto numero de años, y habiendo muerto cuando apenas había conquistado esos territorios, en unas circunstancias que parecía razonable que todo el Estado se rebelara, los sucesores de Alejandro lo conservaron[99], sin embargo; y no hallaron para ello otra dificultad que la que su ambición individual ocasionó entre ellos[100]. He aquí mi respuesta al propósito. De dos modos se gobiernan los principados: o por un príncipe y todos los demás servidores, los cuales, como ministros, por gracia y concesión suya[101], ayudan a gobernar aquel reino; o por un príncipe y por barones, los cuales, no por gracia del señor, sino por antigüedad de la familia, tienen aquel puesto[102]. Estos mismos barones tienen Estados y súbditos propios, los cuales los reconocen por señores y sienten hacia ellos un natural afecto[103]. Los Estados que se gobiernan por un príncipe y por servidores tienen a su príncipe con más autoridad, porque en toda su provincia no hay ninguno que reconozca por superior a nadie más que a él; y, si obedecen a algún otro, lo hacen como ministro y empleado, y no le tienen particular afecto.[104]
  2. Los ejemplos de estas dos clases de gobierno son, en nuestros días, el del sultán de Turquía y el rey de Francia. Toda la monarquía del Turco está gobernada por un señor: los demás son sus servidores; y, dividiendo en provincias su reino, manda a ellas diversos administradores, y los cambia y varía como le parece[105]. Pero el rey de Francia está situado en medio de una multitud de señores de antiguas familias, reconocidos a su vez en el Estado por sus súbditos y amados por ellos: tienen sus preeminencias[106], y el rey no puede quitárselas sin peligrar él mismo[107]. Quien considere con atención estos dos Estados hallará que habría dificultad en conquistar el Estado del Turco, pero que, una vez vencido, tendría una gran facilidad en conservarlo. Así, por el contrario, encontraréis en cualquier aspecto más facilidad en ocupar el Estado de Francia, pero una gran dificultad en conservarlo.
  3. Las razones de las dificultades en poder ocupar el reino del Turco son que el conquistador no puede ser llamado allí por los príncipes de dicho reino, ni esperar que pueda facilitar su empresa la rebelión de los que el soberano tiene a su lado. Esto nace de las razones expuestas más arriba[108]. Porque, siendo todos esclavos suyos y estándole obligados, con mayor dificultad se pueden corromper; y, aunque se corrompieran, poca utilidad podría esperarse de ello, porque no les sería posible atraer hacia sí a los pueblos, por las razones señaladas[109]. De ahí que, quien ataca al Turco, es necesario que piense que va a encontrarlo unido con su pueblo; y le conviene esperar más en sus propias fuerzas que en los desórdenes de los demás[110]. Pero, después de haberle vencido y derrotado en la campaña de modo que no pueda rehacer sus ejércitos, no ha de temer otra cosa que la familia del príncipe: destruida ésta, no quedará ya ninguno a quien se deba temer, al no tener los demás valimiento al lado del pueblo; y, así como el vencedor, antes de la victoria, no podía esperar nada de ellos, así también no debe, después de aquélla, tenerles ningún temor.[111]
  4. Sucede lo contrario en los reinos gobernados como el de Francia; con facilidad puedes entrar en ellos, ganándote algún barón del reino, porque siempre se encuentran descontentos o algunos que desean innovar. Estos, por las razones mencionadas, pueden, abrirte el camino al Estado y facilitarte la victoria. La cual después, cuando quieras mantenerte en él, te proporcionará infinitas dificultades, tanto con los que te han ayudado como con los que has oprimido[112]; no te bastará extinguir la familia del príncipe, porque quedarán allí los señores que se constituyen en cabezas de las nuevas alteraciones; y, no pudiendo contentarlos ni destruirlos[113], perderás el Estado en cuanto se presente la ocasión[114].
  5. Ahora, si consideráis de qué naturaleza de gobierno era el de Darío, lo encontraréis similar al reino del Turco[115]; a Alejandro le fue necesario en primer lugar atacarlo por entero y arrebatarle la campaña; después de esta victoria, y habiendo muerto Darío, le quedó a Alejandro el Estado seguro por las razones arriba ——expuestas. Y sus sucesores, si hubieran estado unidos, podían gozar de él sin ninguna dificultad; porque en aquel reino no nacieron otros tumultos que los que ellos mismos suscitaron. Sin embargo, los Estados constituidos como el de Francia es imposible poseerlos tan sosegadamente[116]. De aquí surgieron las frecuentes rebeliones de España, de Francia y de Grecia contra los romanos, a causa de los numerosos principados que existían en aquellos Estados; mientras duró la memoria suya, los romanos siempre tuvieron una posesión incierta; pero, perdido su recuerdo, mediante la dominación y la estabilidad de su imperio, se convirtieron en sus seguros poseedores[117]. Cuando los romanos combatieron después entre ellos, cada partido se atrajo parte de aquellas provincias, según la autoridad que había tomado allí; y las provincias, por haberse extinguido la familia de sus antiguos señores, no reconocían por tales sino a los romanos. Una vez consideradas, pues, todas estas cosas, nadie se maravillará de la facilidad que tuvo Alejandro para conservar el Estado de Asia, ni de las dificultades que tuvieron los demás para conservar lo adquirido, como Pirro[118] y otros muchos. Esto no procede del mucho o poco talento del vencedor, sino de la diversidad de los vencidos.

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