El príncipe

III DE LOS PRINCIPADOS MIXTOS

  1. PERO[18] en el principado nuevo se encuentra la dificultad.

Y si no es nuevo en todo, sino que lo es solo como miembro (lo cual hace que se pueda llamar en conjunto mixto)[19], sus variaciones nacen en principio de una natural dificultad, la cual se ofrece en todos los principados nuevos: esta es que los hombres cambian contentos de señor, creyendo mejorar; y esta creencia hace que se levanten en armas contra él; y se engañan, porque ven después, por propia experiencia, que han empeorado.[20] Esto depende de otra necesidad natural y corriente, que aquel que es un nuevo príncipe se halle más pronto a ofender a sus nuevos súbditos, bien sea por medio de sus tropas, ya por otros muchos procedimientos desagradables que se juntan al acto de la nueva adquisición[21]; de esta manera lo tienes como enemigos a cuantos has ofendido al ocupar el principado y pierdes también a los amigos que lo ayudaron a adquirirlo, al no poder satisfacerlos en la manera que ellos desean, y al no poder usar contra ellos remedios enérgicos, estando obligado a ellos[22]; porque, aunque uno sea muy fuerte fuera con sus ejércitos, siempre tiene necesidad del favor de los provincianos[23] al entrar en una provincia. Por estas razones Luis XII, rey de Francia; ocupó de repente Milán y, con la misma rapidez, la perdió[24]: y bastó que regresaran, por primera vez, las fuerzas de Ludovico; porque aquellos pueblos que habían abierto las puertas, al creerse engañados, en los bienes que de tal acto esperaban encontrar, no pudieron soportar la presencia del nuevo príncipe[25].

  1. Es verdad que al adquirir por segunda vez los países rebelados, se pierden con mas dificultad; porque el señor, teniendo en cuenta la rebelión, se muestra más cauto, asegurando su firmeza en el poder, condenando a los delincuentes, buscando a los enemigos y reforzando las zonas más débiles[26]. De modo que, si para que Francia perdiera Milán bastó la primera vez con un duque, Ludovico, que consiguió reunir a los suyos en sus confines, para hacer que la perdiera por segunda vez, tuvo que tener contra ella al mundo entero, y fue preciso que sus ejércitos fueran empujados y expulsados de Italia[27]: todo lo cual se desprende de las causas antes expuestas. Sea como fuera, la primera y la segunda vez le fue arrebatada la ciudad. Las causas generales de la primera perdida si que han sido comentadas: quedan por explicar las de la segunda, y ver qué remedios tenía el y cuales podría adoptar uno que estuviera en su situación, a fin de poder mantenerse mas airosamente en el territorio conquistado, sin que se lo arrebatara Francia[28].
  2. Digo, por tanto, que estos Estados, que son adquiridos y se unen a un antiguo Estado, el cual ya pertenecía al príncipe que anexiona el nuevo, o son de la misma provincia y hablan una misma lengua, o no lo son[29]. Los que lo son, ofrecen gran facilidad de posesión, máxime cuando no están acostumbrados a vivir libres[30]; y para retenerlos, sin duda es suficiente hacer que desaparezca la línea del príncipe que allí dominaba[31], porque, en lo demás, manteniendo las mismas condiciones y no alterando las costumbres, los hombres vivirán tranquilamente; tal como se ha visto que sucede con la Borgoña, la Bretaña, la Gascuña y la Normandía, que, desde hace tiempo, se han unido a Francia[32]; y, aunque existan ciertas diferencias en la lengua, sus costumbres son similares y pueden vivir unas con otras en armonía[33]. Y el que conquiste regiones de esta índole, si quiere retenerlas debe tener en cuenta dos máximas: una, que la estirpe del antiguo príncipe sea extinguida[34], y, en segundo lugar, que no debe cambiar ni las leyes ni los intereses particulares[35], de manera que en poco tiempo se convierta, uniéndose el principado antiguo, en un solo cuerpo[36].
  3. Pero cuando se conquistan Estados en distinta provincia, con distintas lenguas, costumbres y leyes[37], nacen grandes dificultades[38] para retenerlas. Y uno de los mayores remedios y de los más eficaces seria que la persona que hace la conquista se trasladara a vivir al territorio conquistado.[39] Esto haría mas firme y duradera la posesión: así hicieron los turcos en Grecia[40]; estos, aunque hubiesen observado toda clase de precauciones para retener aquel Estado, si no se hubieran trasladado a vivir a él, habría sido difícil conservarlo[41]. Porque, al vivir en el Estado recién conquistado, se ve nacer cualquier clase de desorden y es posible encontrar rápidamente el remedio; en cambio, si se esta lejos, cuando uno advierte un fallo, este es ya muy grande y no tiene remedio. No es otra cosa lo que sucede en las provincias que se han visto despojadas de todo por los funcionarios[42]; los súbditos estarían satisfechos si pudiesen recurrir al príncipe, tendrían ocasión de amarlo[43], si querían portarse bien; así como aprenderían, al mismo tiempo, a temerlo si deseaban portarse mal, si algún extraño quisiera asaltar aquel Estado, se guardaría mas de ello, ya que viviendo en (el príncipe) se hace mar fácil la defensa y es mar difícil la conquista.[44]
  4. Otro remedio mejor consiste en mandar colonias a uno o dos lugares que sean puntos claves de aquel Estado[45]; porque es necesario, o hacer esto, o tener allí mucha gente armada[46] e infantería para mantener el orden. Las colonias resultan económicas, y sin ningún gasto, o con muy poco, se consigue mantenerlas; y sólo se molesta a los que se desposee de sus campos y de sus casas para que se asienten en ellos las colonias, y hay que tener en cuenta que los perjudicados son una mínima parte de cuantos componen un Estado; además, los ofendidos, al permanecer dispersos y pobres, no tienen posibilidad de obrar en contra[47]; todos los demás no han sido atacados ni en su persona, ni en sus bienes (y por esto deben estar apaciguados) y están temerosamente atentos a no incurrir en falta, para no acabar siendo despojados, como lo fueron los demás[48]. Concluyo[49] diciendo que estas colonias no son gravosas, son más fieles y ofenden menos; y que los ofendidos no pueden vengarse, al ser pobres y estar separados, como he dicho[50]. Por lo que insisto en que a los hombres hay que vencerlos o con los hechos o con las palabras, o bien, exterminarlos[51]; porque si es posible que se venguen de ofensas pequeñas, es imposible que lo hagan de las grandes; y en que es del todo necesario que la ofensa que se infiera a un hombre sea de tal calibre que de ella no pueda esperarse ninguna clase de venganza[52]. Porque teniendo ejércitos en vez de colonias, se gasta mas, al tener que consumir en la manutención de la guardia todo lo que se produce en aquel Estado[53], de modo que lo conquistado se transforma en una perdida, y se ofende mucho más a los conquistados si se tiene que compartir la habitación con la soldadesca, cosa a la que ninguno esta dispuesto, de modo que todos se convierten en enemigos; y son enemigos derrotados, pero dispuestos a todo y conviviendo con los vencedores en su propia casa[54]. Desde cualquier punto de vista este tipo de «guardia» es tan inútil como útil era el de las colonias.
  5. Debe, además, el que se encuentra en un lugar que no tiene los mismos usos y costumbres («disforme»), de que ya he hablado, hacerse cargo y defender a los vecinos más débiles a ingeniárselas para destruir a los más poderosos de aquella región[55], y asegurarse de que no entre, bajo ningún pretexto, un extranjero tan potente come el. Y siempre evitara con ello que este extranjero se levante contra él, apoyado por los que se hallan descontentos, ya por su gran ambición, ya por su miedo[56]: tal come sucedió con los etolios que introdujeron a los romanos en Grecia y en otras provincias, llamados por los mismos habitantes del país[57]. Lo normal en este orden de cosas es que, tan pronto como un forastero potente entre en una región, todos los que son menos potentes en ella se le adhieran, movidos por la envidia de los que son más poderosos que ellos[58], de tal manera que, con respecto a los menos favorecidos, uno no tiene que tener el menor miedo de no poder ganarlos a la causa, ya que, al momento, todos juntos formaran un solo cuerpo en el Estado que ha sido conquistado[59]. De lo único que debe preocuparse es de que no adquieran mucha fuerza, ni autoridad excesiva; y así fácilmente podrá con sus propios medios y la ayuda de aquellos (los menos potentes) reducir a los que son más poderosos y quedar, de esta forma, dueño absoluto de la región[60]. Y el que no gobernare bien esta parte, la perderá muy pronto, y mientras la tenga en su poder, se hallara sometido en un sinfín de dificultades y contratiempos[61].
  6. Los romanos, en las regiones que conquistaron, observaron muy bien estas reglas: mandaron colonias, mantuvieron a raya a los menos potentes, sin permitir que crecieran en poder; debilitaron a los que ya eran poderosos; y se opusieron a que los extranjeros de gran fuerza adquirieran la menor reputación.[62] Me es suficiente el ejemplo de la Grecia; fueron mantenidos por ellos los aqueos y los etolios; fue reducido el reino de Macedonia; fue derrotado y expulsado Antíoco[63]; y nunca el merito de los aqueos y de los etolios fue tan grande que les permitiera engrandecer ninguno de sus Estados[64]; ni siquiera la persuasión que sobre ellos ejercía Filipo[65] les indujo a sentirse amigos de este y a no derrotarle; ni la potencia de Antíoco pudo hacer que consintieran que tuviera un Estado en aquella región[66]. Porque los romanos hicieron, en estos casos, aquello que todos los príncipes prudentes[67] deben hacer: los cuales príncipes no solamente han de tener cuidado con los desórdenes que puedan desencadenarse en el momento presente, sino que han de prever los futuros y evitarlos con destreza: porque, teniendo precaución de que no ocurra ningún contratiempo en el presente, se prevé todo contratiempo venidero y se evita; porque el prevenir a distancia admite remedio, sin embargo, si esperamos a que el peligro se nos eche encima, es ya imposible aplicar remedio, porque el mal se ha hecho crónico[68].
  7. Sucede entonces en estos casos algo parecido a lo que dicen los médicos de lo que compete a su profesión, que en el principio de la enfermedad esta es fácil de curar y difícil de diagnosticar, pero si pasa el tiempo, no habiéndola ni diagnosticado, ni medicado, aparece como fácil de diagnosticar, pero difícil de curar. Algo parecido sucede con las cosas del Estado; porque si se conoce el fallo (el cual sólo se le ofrece a uno que obra con prudencia), los males que nacen de él se curan rápidamente; pero cuando, por no haberlos conocido, dejamos que crezcan, porque nadie se ha hecho cargo de ellos, no existe ya el menor remedio.

Pero los romanos, viendo con anterioridad los inconvenientes, los remediaron siempre y no permitieron que siguieran su curso por temor a una guerra, porque sabían que la guerra no se evita, y que si se difiere es en provecho ajeno[69]; y cuando quisieron hacer la guerra en Grecia contra Filipo y Antíoco fue para no hacerla con ellos en Italia; y téngase en cuenta que les hubiera sido fácil evitar a uno y otro, pero que no lo quisieron ni les gustó el consejo de gozar de los beneficios del tiempo, que esta siempre en boca de los sabios de nuestra época.[70]

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