El príncipe

XVI DE LA LIBERALIDAD Y DE LA AVARICIA

  1. EMPEZANDO, pues, por la primera de dichas cualidades, diré cuán útil resultaría el ser liberal. Sin embargo, la liberalidad, usada de modo que seas temido, te perjudica; porque, si ésta se usa prudentemente y como se la debe usar, de manera que no lo sepan, no te acarreará la infamia de su contrario; pero, para poder mantener entre los hombres el nombre de liberal es necesario no abstenerse de parecer suntuoso, hasta el extremo de que siempre, un príncipe así hecho, consumirá en semejantes obras todas sus riquezas; y al fin, si quiere conservar su fama de liberal, estará obligado a gravar extraordinariamente a sus súbditos, y a ser fiscal para hacer todas aquellas cosas que se pue­den hacer para conseguir dinero. Esto empezará a hacerle odioso a sus súbditos, y al empobre­cerles perderá la estimación de todos; de manera que con esta liberalidad, habiendo perjudicado a muchos y favorecido a pocos, sentirá vivamente la primera necesidad, y peligrará al menor riesgo; y si quiere retroceder, porque reconoce su error, incurrirá súbitamente en la infamia del miserable.
  2. Un príncipe, pues, no pudiendo sin daño propio ejercer la virtud de la liberalidad de un modo notorio, debe, si es prudente, no preocu­parse del calificativo de avaro, porque con el tiempo será considerado cada vez más liberal, cuando vean que con su moderación le bastan sus rentas, puede defenderse de cualquiera que le de­clare la guerra, y puede acometer empresas sin gravar a sus pueblos; por este medio ejerce la liberalidad con todos aquellos a quienes no quita nada, cuyo número es infinito, y la avaricia con todos aquellos a quienes no da, que son pocos. En nuestros tiempos sólo hemos visto realizar grandes cosas a los que han sido considerados avaros: los demás quedaron vencidos. El Papa Julio II, que se sirvió de la reputación de liberal para alcanzar el Papado, no pensó después en mantenerla, para poder hacer la guerra; el actual rey de Francia ha sostenido muchas guerras sin imponer un tributo extraordinario a los suyos, sólo porque su amplia moderación le suministró lo necesario para los gastos superfinos. El actual rey de España, si hubiera sido liberal, no habría realizado tantas empresas ni habría vencido en ellas.
  3. Por tanto, un príncipe, para no tener que despojar a sus súbditos, para poder defenderse, para no convertirse en pobre y miserable, para no verse obligado a ser rapaz, debe temer poco el incurrir en la reputación del avaro; porque la avaricia es uno de los vicios que aseguran su reinado. Y, si alguno dijera que César consiguió el Imperio con su liberalidad, y que muchos otros, por ser liberales en realidad y considerados como tales, llegaron a puestos elevadísimos, le respondería: o posees ya un principado, o estás en camino de adquirirlo. En el primer caso, esta liberalidad es perjudicial; en el segundo, es muy necesario que pases por liberal. César era uno de los que querían llegar al principado de Roma; pero si, después que hubo llegado a él, hubiera vivido algún tiempo y no hubiera moderado sus dispendios, habría destruido el Imperio. Y si alguno replicara que ha habido muchos príncipes que con sus ejércitos hicieron grandes cosas y que tenían fama de ser muy liberales, le respondería: o el príncipe expende lo suyo y de sus súbditos, o expende lo de los demás. En el primer caso debe ser parco; en el segundo, no debe omitir ninguna especie de liberalidad.
  4. El príncipe que con sus ejércitos va a llenarse de botín, de saqueos y carnicerías, y dispone de los bienes de los vencidos, necesita esta liberalidad; de lo contrario, no sería seguido por sus soldados. Puedes mostrarte mucho más dadivoso, ya que das lo que no es tuyo ni de tus súbditos, como hicieron Ciro, César y Alejandro; porque gastar lo de los otros no perjudica a tu reputación, sino que le añade una más sobresaliente; gastar lo tuyo es lo único que te perjudica. No hay nada que se consuma tanto a sí mismo como la liberalidad; mientras la ejerces, pierdes la facultad de ejercerla; te vuelves pobre y despreciable, o, para escapar de la pobreza, rapaz y odioso. Entre todas las cosas de que un príncipe debe preservarse está la de ser menospreciado y aborrecido; y la liberalidad te conduce a ambas. Por tanto, hay más sabiduría en soportar la reputación de avaro, que produce una infamia sin odio, que en verse, por el deseo de tener fama de liberal, en la necesidad de incurrir en la nota de rapaz, que produce una infamia con odio.

XVII DE LA CRUELDAD Y DE LA CLEMENCIA, Y SI VALE MAS SER AMADO QUE SER TEMIDO

  1. DESCENDIENDO después a las demás cualidades alegadas anteriormente, digo que todo príncipe debe desear ser tenido por clemente y no por cruel; sin embargo, debe cuidar de no usar mal esta clemencia. César Borgia era considerado cruel; no obstante, su crueldad había reparado los males de la Romaña, extinguido sus divisiones, restablecido en ella la paz, y la había hecho fiel. Si consideramos bien todo esto, veremos que él fue mucho más clemente que el pueblo florentino, el cual, para huir de su fama de cruel, dejó destruir Pistoya. Un príncipe, por tanto, no debe temer la infamia aneja a la crueldad, a fin de tener a sus súbditos unidos y fíeles: porque con poquísimos ejemplos será más clemente que aquellos que, por demasiada clemencia, dejan engendrarse desórdenes, de los cuales no nacen más que asesinatos y rapiñas: pues éstos suelen ofender a la universalidad de los ciudadanos, mientras que los castigos que dimanan del príncipe sólo ofenden a un particular. Además, entre todas las clases de príncipe, al príncipe nuevo le es imposible evitar la reputación de cruel, a causa de que los Estados nuevos se hallan llenos de peligros. Virgilio, por boca de Dido, dice:

Res dura, et regni novitas me talia cogunt Moliri, et late fines custode tueri.

Sin embargo, debe ser comedido al creer y al actuar, no atemorizarse nunca él mismo, y proceder moderadamente, con prudencia y humanidad, de modo que la confianza desmedida no lo convierta en incauto, y la desconfianza exagerada no le haga intolerable.

  1. Nace de ello una disputa: si vale más ser amado que temido, o todo lo contrario. Se responde que se quiere ser las dos cosas; pero, como es difícil conseguir ambas a la vez, es mucho más seguro ser temido primero que amado, cuando se tiene que carecer de una de las dos cosas. Porque de los hombres en general se puede decir esto: que son ingratos, volubles, simuladores y disimulados, que huyen de los peligros y están ansiosos de ganancias; mientras les haces bien, como dije más arriba, te son enteramente adictos, te ofrecen su sangre, su caudal, su vida y sus hijos, cuando la necesidad está cerca; pero cuando la necesidad desaparece, se rebelan. Y el príncipe que se ha fundado por entero en la palabra de ellos, encontrándose desnudo de otros apoyos preparatorios, decae; porque las amistades que se adquieren con el dinero y no con la grandeza y nobleza de alma, no son de provecho alguno en los tiempos difíciles, por más bien merecidas que estén. Y los hombres tienen menos consideración en ofender a uno que se haga amar que a uno que se haga temer; pues el amor se retiene por el vínculo de la gratitud, el cual, debido a la perversidad de los hombres, es roto en toda ocasión de propia utilidad; pero el temor se mantiene con un miedo al castigo que no abandona a los hombres nunca.
  2. Sin embargo, el príncipe debe hacerse temer de modo que, si no se granjea el amor, evite el odio; porque puede muy bien conseguir al mismo tiempo ser temido y no odiado; esto lo conseguirá siempre, si se abstiene de robar la hacienda de sus ciudadanos y súbditos, y de robar sus mujeres: y cuando le sea indispensable derramar la sangre de alguien, hágalo cuando exista justificación conveniente y causa manifiesta; pero, sobre todo, absténgase de tomar los bienes ajenos: porque los hombres olvidan más pronto la muerte del padre que la pérdida del patrimonio. Además, nunca faltan razones para robar los bienes ajenos; el que comienza viviendo de rapiñas, siempre encuentra pretexto para apoderarse de lo ajeno; y, por el contrario, los pretextos para derramar sangre son más raros, y faltan con mayor frecuencia.
  3. Pero cuando el príncipe está con sus ejércitos y tiene que gobernar a multitud de soldados, entonces es completamente necesario que no se preocupe de la reputación de cruel, porque sin esta reputación no se tiene nunca un ejército unido ni dispuesto para ninguna acción. Entre las admirables acciones de Aníbal se cuenta que, teniendo un numerosísimo ejército, compuesto de hombres de países muy diversos, y que iba a luchar en tierras extrañas, no surgió nunca ninguna disensión, ni entre ellos ni contra el príncipe, tanto en la mala como en la buena fortuna. Esto no pudo provenir más que de su inhumana crueldad, que junto con sus infinitas virtudes le hizo siempre respetable y terrible a los ojos de sus soldados; y sin ella no le habrían bastado sus demás virtudes para obtener aquel efecto. Los escritores poco reflexivos en esto, por una parte admiran su acción, y por otra vituperan su principal causa.
  4. Y para convencerse de que sus demás virtudes no habrían bastado, podemos mencionar a Escipión, hombre excepcional no solamente en su tiempo, sino en toda la historia de las cosas conocidas, contra el cual se rebelaron sus ejércitos en España. Esto no derivó de otra cosa que de su exceso de clemencia, que dejaba a sus soldados más licencia de la que convenía a la disciplina militar. En el Senado, le reconvino de ello Fabio Máximo, quien le llamó corruptor de la milicia romana. Los locrios, habiendo sido destruidos por un lugarteniente de Escipión, no fueron vengados por él, ni la insolencia del lugarteniente fue castigada, proviniendo todo ello de su natural blando, en tal grado que, uno que quiso excusarle en el Senado, dijo que había muchos hombres que sabían mejor no errar, que corregir los errores. Este natural habría alterado con el tiempo la fama y la gloria de Escipión, si él lo hubiera conservado en el mando; pero, como vivió bajo la dirección del Senado, esta cualidad perniciosa no sólo desapareció, sino que se convirtió en gloria suya.
  5. Volviendo a la cuestión de ser temido y amado, concluyo, pues, que, amando a los hombres a su voluntad y temiendo a la del príncipe, debe un príncipe cuerdo fundarse en lo que es suyo, no en lo que es de otros: debe solamente ingeniárselas para evitar el odio, como he dicho.

XVIII DE QUE MODO LOS PRÍNCIPES DEBEN GUARDAR LA FE DADA

  1. CUAN loable es en un príncipe mantener la fe jurada y vivir de un modo íntegro y no con astucia, todos lo comprenden: sin embargo,, la experiencia de nuestros días nos muestra príncipes que han hecho grandes cosas y, no obstante, han hecho poco caso de la buena fe y han sabido atraerse con astucia las mentes de los hombres, de modo que incluso han acabado triunfando de los que se fundaban en la lealtad.
  2. Debéis, pues, saber que hay dos maneras de combatir: una con las leyes, y otra con la fuerza; la primera es propia del hombre, la segunda lo es de los animales; pero, como muchas veces la primera no basta, conviene recurrir a la segunda. Por tanto, a un príncipe le es necesario saber hacer buen uso de una y otra. Esto es lo que con palabras encubiertas enseñaron a los príncipes los antiguos autores, los cuales escribieron que Aquiles y muchos otros príncipes de la antigüedad fueron confiados en su niñez al centauro Quirón, para que los custodiara bajo su disciplina. Tener por preceptor a un maestro mitad bestia y mitad hombre no quiere decir otra cosa sino que un príncipe necesita saber usar una y otra naturaleza; y que la una sin la otra no es duradera.
  3. Así pues, viéndose un príncipe en la necesidad de saber obrar competentemente según la naturaleza de los animales, debe entre ellos imitar a la zorra y al león a un tiempo; porque el león no se defiende de las trampas, y la zorra no se defiende de los lobos. Es necesario, pues, ser zorra para conocer las trampas, y león para destrozar a los lobos. Los que sólo toman por modelo al león no entienden sus intereses. Por tanto, un príncipe prudente no puede ni debe mantener fidelidad en las promesas, cuando tal fidelidad redunda en perjuicio propio, y cuando las razones que la hicieron prometer ya no existen. Si los hombres fueran todos buenos, este precepto no sería bueno; pero, como son malos y no observarían su fe con respecto a ti, tú tampoco tienes que observarla con respecto a ellos. Nunca le faltan a un príncipe razones legítimas para cohonestar la inobservancia. De esto se podrían dar infinitos ejemplos recientes, y mostrar cuántos tratados de paz, cuántas promesas han quedado anuladas y vanas por la infidelidad de los príncipes: el que mejor supo obrar como zorra, tuvo mejor acierto. Pero es necesario saber encubrir bien este natural, y tener gran habilidad para fingir y disimular: los hombres son tan simples, y se someten hasta tal punto a las necesidades presentes, que quien engaña encontrará siempre quien se deje engañar.
  4. Entre los ejemplos recientes, no quiero pasar uno en silencio. Alejandro VI no hizo nunca otra cosa, ni pensó nunca en otra cosa que engañar a los hombres, y siempre encontró medios de poder hacerlo. No existió nunca un hombre que tuviera mayor eficacia en aseverar, y con mayores juramentos afirmara una cosa, que al mismo tiempo la observara menos; sin embargo, sus engaños le salieron siempre a medida de sus deseos, porque sabía cómo hacer caer a los hombres con semejante estratagema. No es necesario, pues, que un príncipe posea de hecho todas las cualidades mencionadas, pero es muy necesario que parezca poseerlas. Incluso me atreveré a decir que si las posee y las observa siempre, serán perjudiciales, y, si parece poseerlas, le serán útiles; puedes parecer manso, fiel, humano, leal, religioso y serlo; pero es preciso retener tu alma en tanto acuerdo con tu espíritu que, en caso necesario, sepas variar de un modo contrario. Y hay que comprender bien que un príncipe, y especialmente un príncipe nuevo, no puede observar todas aquellas cosas por las cuales los hombres son considerados buenos, ya que a menudo se ve obligado, para conservar el Estado, a obrar contra la fe, contra la caridad, contra la humanidad, contra la religión. Es menester que tenga el ánimo dispuesto a volverse según que los vientos de la fortuna y las variaciones de las cosas se lo exijan, y, como dije más arriba, a no apartarse del bien, mientras pueda, sino a saber entrar en el mal, cuando hay necesidad.
  5. Un príncipe, pues, debe tener gran cuidado de que nunca le salga de la boca una cosa que no esté llena de las cinco mencionadas cualidades, y de que parezca, al verle y oírle, todo bondad, todo buena fe, todo integridad, todo humanidad, todo religión. Y no hay cosa más necesaria para aparentar tener que esta última cualidad. Los hombres en general juzgan más por los ojos que por las manos; porque el ver pertenece a todos, y el tocar a pocos. Todos ven lo que pareces, pero pocos comprenden lo que eres; y estos pocos no se atreven a oponerse a la opinión de muchos, que tienen la majestad del Estado que les protege; en las acciones de todos los hombres, especialmente de los príncipes contra los cuales no hay juicio a quien reclamar, se considera el fin. Procure, pues, un príncipe conservar y mantener el Estado: los medios que emplee serán siempre considerados honrosos y alabados por todos; porque el vulgo se deja siempre coger por las apariencias y por el acierto de la cosa y en el mundo no hay sino vulgo; los pocos espíritus penetrantes no tienen lugar en él, cuando la mayoría tiene dónde apoyarse. Un príncipe de nuestros tiempos, al cual no está bien nombrar, jamás predica otra cosa que paz y lealtad, y en cambio es enemigo acérrimo de una y otra; si él las hubiera observado, muchas veces le habrían quitado la reputación o el Estado.

XIX DE QUE MODO SE DEBE EVITAR SER DESPRECIADO Y ODIADO

  1. PERO como acerca de las cualidades de que más arriba se hace mención he hablado de las más importantes, quiero discurrir sobre las otras brevemente y de un modo general; así pues, que el príncipe intente, como he dicho más arriba, evitar aquellas cosas que le hagan odioso y despreciable; y cada vez que lo evite habrá cumplido con su obligación y no hallará peligro alguno en cualquier otra censura. Le hace odioso, sobre todo, como dije, el ser rapaz y usurpador de las propiedades y las mujeres de sus súbditos: de ello debe abstenerse; siempre que no se quita a la generalidad de los hombres su propiedad ni su honor, viven contentos, y sólo se ha de combatir con la ambición de pocos, la cual se frena de muchas maneras y con facilidad. Cae en el menosprecio cuando pasa por variable, ligero, afeminado, pusilánime, irresoluto: un príncipe debe protegerse de todo esto como de un escollo, e ingeniarse para que en sus acciones se advierta grandeza, valor, gravedad, fortaleza; en torno a las tramas de sus súbditos, debe procurar que su sentencia sea irrevocable; y manténgase en tal opinión, que nadie tenga el pensamiento de engañarle, ni de entramparle.
  2. El príncipe que da de sí esta opinión es muy estimado; difícilmente se conspira contra el que es reputado, y difícilmente se le ataca, pues se comprende que sea excelente y respetado por los suyos. Un príncipe debe tener dos temores: uno en el interior por cuenta de sus súbditos, y otro en el exterior por cuenta de potencias vecinas. Contra este último se defenderá con buenas armas y con buenos amigos; y siempre, si tiene buenas armas, tendrá buenos amigos; siempre estarán aseguradas las cosas interiores, cuando estén aseguradas las exteriores, a no ser que las haya perturbado una conjura; y, aunque los del exterior intentaran algo, si el príncipe ha gobernado y vivido como he dicho, con tal que no le abandonen los suyos, siempre sostendrá todo ataque, como dije que hizo el espartano Nabis.
  3. Sin embargo, acerca de los súbditos, aun cuando los del exterior no maquinen nada, se ha de temer que no conspiren secretamente; el príncipe se asegura contra ello evitando ser odiado y despreciado, y teniendo al pueblo satisfecho de él, lo cual es necesario conseguir, como se dijo más arriba por extenso. Uno de los más poderosos remedios que tiene un príncipe contra las conjuras consiste en no ser odiado por el pueblo; porque el que conspira cree siempre que con la muerte del príncipe satisfará al pueblo; pero, cuando crea ofenderlo, no se atreverá a tomar semejante partido, porque las dificultades que se presentan a los conjurados son infinitas. La experiencia enseña que ha habido muchas conjuras, y que pocas han llegado a buen fin; pues quien conjura no puede ser uno solo, ni puede tomar compañía, sino la de aquellos que cree están descontentos; y en cuanto a un descontento le has descubierto tu intención, le das materia para contentarse, ya que manifiestamente puede esperar toda clase de ventajas: de tal modo que, viendo por una parte segura la ganancia, y por otra viéndola dudosa y llena de peligros, convendría que fuera un gran amigo, o que fuera un enemigo totalmente irreconciliable del príncipe, para que te observara fidelidad.
  4. Para reducir la cuestión a breves términos, digo que por parte del conspirador no hay más que miedo, celos y sospecha de una pena que lo atemoriza; pero por parte del príncipe hay la majestad de su soberanía, las leyes, la defensa de los amigos y del Estado, que le protegen: de manera que, añadiendo a todas estas cosas la benevolencia popular, es imposible que nadie sea bastante temerario para conspira. Porque si un conspirador siente por lo común temor antes de la ejecución del mal, en este caso debe temer también después (teniendo por enemigo al pueblo), aunque triunfara, no pudiendo esperar refugio alguno.
  5. Sobre esta materia podríamos dar infinitos ejemplos; pero quiero contentarme con uno solo, cuya memoria nos transmitieron nuestros padres. Siendo asesinado por los Canneschi, que se conjuraron contra él, Aníbal Bentivoglio, abuelo del actual Aníbal, que era príncipe de Bolonia, y no quedando de él más que su hijo Juan, que estaba aún en mantillas, inmediatamente después de tal asesinato, se levantó el pueblo y mató a todos los Canneschi. Esto fue resultado de la benevolencia popular que la casa Bentivoglio gozaba en aquellos tiempos: esta benevolencia fue tan grande, que, no quedando en Bolonia nadie de aquella casa que pudiera, muerto Aníbal, regir el Estado, y teniendo indicios de que en Florencia existía un descendiente de los Bentivoglio que hasta entonces era considerado hijo de un artesano, los boloñeses acudieron en su busca a Florencia y le dieron el gobierno de la ciudad, la cual gobernó hasta que Juan hubo llegado a una edad conveniente para gobernar.
  6. Por tanto, concluyo que un príncipe debe inquietarse poco de las conspiraciones cuando el pueblo le tenga buena voluntad; pero, cuando le sea contrario y le tenga odio, debe temerlo todo y a todos. Los Estados bien ordenados y los príncipes sabios han cuidado siempre muy diligentemente de no descontentar a los grandes y de satisfacer al pueblo y tenerlo contento; ésta es una de las cosas más importantes que ha de tener en cuenta un príncipe.
  7. Entre los reinos bien ordenados y gobernados en nuestros tiempos está el de Francia. Se halla en él una infinidad de buenos estatutos, de los que dependen la libertad y la seguridad del rey; el primero de ellos es el Parlamento y su autoridad; el fundador del actual orden de este reino, conociendo la ambición de los grandes y su insolencia, y juzgando que era necesario ponerles un freno que les contuviera, y por otra parte sabiendo que el odio del pueblo contra los grandes estaba fundado en el miedo, y deseando apaciguarlos, no quiso que este cuidado quedara a cargo particular del rey, para quitarle el enfrentamiento que pudiera tener con los grandes favoreciendo al pueblo, y con el pueblo favoreciendo a los grandes; por ello estableció un tercer juez, que fuera quien, sin participación del rey, reprimiera a los grandes y favoreciera a los pequeños. Esta disposición no podía ser mejor ni más prudente, ni un mejor medio de seguridad para el rey y su reino. De aquí se puede sacar una notable conclusión: que los príncipes deben dejar a otros la disposición de las cosas odiosas, y reservarse para sí mismos las de gracia. Concluyo de nuevo que un príncipe debe estimar a los grandes, pero no hacerse odiar por el pueblo.
  8. Parecerá quizá a muchos, considerando la vida y muerte de diversos emperadores romanos, que hay ejemplos contrarios a esta opinión, encontrando que alguno vivió siempre notablemente y mostró gran valor de espíritu, y, sin embargo, perdió el Imperio o fue asesinado por los suyos, que conspiraron contra él. Por tanto, queriendo responder a estas objeciones, examinaré las cualidades de algunos emperadores, mostrando las razones de su ruina, no diferentes de la que aduje anteriormente; y haré tomar en consideración aquellas cosas que son notables para quien lee las acciones de aquellos tiempos. Me bastará tomar a todos los emperadores que se sucedieron en el Imperio desde Marco el filósofo hasta Maximino, los cuales fueron Marco Aurelio, su hijo Cómodo, Pertinax, Juliano, Septimio Severo, su hijo Antonino Caracalla, Macrino, Heliogábalo, Alejandro y Maximino.
  9. Primeramente hay que notar que, mientras en los otros principados sólo se tiene que luchar con la ambición de los grandes y la insolencia del pueblo, los emperadores romanos tenían una tercera dificultad, la de tener que soportar la crueldad y avaricia de los soldados. Esto era muy difícil, que fue causa de la ruina de muchos, al ser difícil satisfacer a los soldados y al pueblo; los pueblos aman la tranquilidad, y por esto aman a los príncipes moderados, mientras que los soldados aman al príncipe que tenga espíritu militar y que sea insolente, cruel y rapaz. Querían que él ejercitara estas cosas en los pueblos para poder tener paga doble y desahogar su avaricia y crueldad.
  10. Estas cosas hicieron que aquellos emperadores, que por naturaleza o por arte no tenían una gran reputación, de suerte que con ella refrenaran a unos y otros, siempre quedaban vencidos; y la mayoría de ellos, máxime los que llegaban a la soberanía como príncipes nuevos, conociendo la dificultad de conciliar ambas cosas, se inclinaban a satisfacer a los soldados, sin temer mucho el ofender al pueblo. Esta decisión era necesaria: porque, no pudiendo los príncipes evitar ser odiados por alguien, se deben esforzar primeramente en no ser odiados por la mayoría; y cuando no puedan conseguir esto, deben ingeniarse de la manera que sea para evitar el odio de la mayoría que es más poderosa. En consecuencia, los emperadores que por ser príncipes nuevos tenían necesidad de extraordinarios favores, se apegaban a los soldados antes que al pueblo; sin embargo, esto le resultaba beneficioso o no según que el príncipe supiera mantener su reputación entre los soldados.
  11. De las razones mencionadas procede que Marco, Pertinax y Alejandro, siendo todos de moderada conducta, amantes de la justicia, enemigos de la crueldad, humanos y benignos, tuvieron todos, excepto Marco, un triste final. Sólo Marco vivió y murió muy venerado, porque sucedió al emperador por derecho hereditario, y no tenía que agradecerlo ni a los soldados, ni al pueblo; además, estando dotado de muchas virtudes que le hacían respetable, tuvo siempre, mientras vivió, a los unos en orden y al otro dentro de unos límites, y nunca fue odiado ni despreciado. Pero Pertinax, creado emperador contra la voluntad de los soldados, los cuales, estando habituados a vivir licenciosamente bajo Cómodo, no pudieron soportar la vida honesta a la que Pertinax quería reducirles, engendró en ellos odio contra su persona, y a este odio añadió el menosprecio por ser viejo, acabando arruinado al principio de su administración.
  12. Aquí debe hacerse notar que el odio se adquiere mediante las buenas acciones, tanto como mediante las malas; por esto, como dije más arriba, si un príncipe quiere conservar el Estado, a menudo se ve obligado a no ser bueno; cuando la mayoría, ya sea pueblo, soldados o grandes, de la que piensas tener necesidad para mantenerte, está corrompida, te conviene seguir su humor para satisfacerla, y entonces las buenas acciones serán tu perdición. Pero volvamos a Alejandro: fue tanta su bondad, que entre las demás alabanzas que se le dedican está la de que, en los catorce años que conservó el Imperio, nunca hizo morir a nadie sin juicio: sin embargo, siendo considerado afeminado y hombre que se dejaba gobernar por su madre, y habiendo caído por ello en desprecio, el ejército conspiró contra él y le asesinó.
  13. Poniendo ahora en oposición las cualidades de Cómodo, de Severo, Antonino Caracalla y Maximino, los encontraréis muy crueles y rapaces: ellos, para satisfacer a los soldados, no perdonaron ninguna clase de injuria que se pudiera cometer contra el pueblo; y todos, excepto Severo, tuvieron un triste fin. Severo tenía tanto valor, que, conservando con él la inclinación de los soldados, aunque gravara al pueblo, pudo siempre reinar felizmente; pues sus cualidades le hacían tan admirable en el concepto de los soldados y del pueblo, que éste permanecía en cierto modo atónito y asombrado, y aquellos respetuosos y satisfechos. Y como las acciones de Septimio Severo fueron grandes y notables en un príncipe nuevo, quiero mostrar brevemente cuan bien supo hacer de zorra y de león, a los cuales es necesario que imite un príncipe, como dije más arriba.
  14. Habiendo conocido Severo la cobardía del emperador Juliano, persuadió a su ejército, que estaba bajo su mando en Esclavonia, de que haría bien en marchar a Roma para vengar la muerte de Pertinax, el cual había sido asesinado por la guardia pretoriana; con este pretexto, sin mostrar que aspiraba al Imperio, arrastró al ejército contra Roma, y estuvo en Italia antes de que se supiera su partida. Habiendo llegado a Roma, el Senado, atemorizado, le eligió emperador, y fue muerto Juliano. Después de este principio, le quedaban a Severo dos dificultades, si quería enseñorearse de todo el Estado: la una en Asia, donde Pescennio Niger, jefe de los ejércitos asiáticos, se había hecho proclamar emperador, y la otra en poniente, donde estaba Albino, que aspiraba también al Imperio. Y, como juzgaba peligroso declararse enemigo de los dos, decidió atacar a Niger y engañar a Albino. A éste le escribió que, habiendo sido elegido emperador por el Senado, quería repartir con él esta dignidad: le envió el título de César, y por decisión del Senado se asoció a él como colega; Albino aceptó estas cosas como verdaderas. Pero, después que Severo hubo vencido y muerto a Niger, y apaciguadas las cosas en oriente, volvió a Roma, y se quejó en el Senado de que Albino, poco reconocido a los beneficios recibidos de él, había intentado matarlo a traición, y por esto se veía obligado a ir a castigar su ingratitud. Después fue a su encuentro a Francia, y le quitó el Estado y la vida.
  15. Quien examine, pues, atentamente sus acciones, hallará que era un ferocísimo león1 y una zorra muy astuta, y verá que era temido y reverenciado por todos sin ser odiado por sus ejércitos, y no se maravillará de que él, príncipe nuevo, hubiera podido conservar tan vasto Imperio; porque su grandísima reputación le preservó siempre de aquel odio que los pueblos, a causa de sus rapiñas, habían podido concebir. Pero su hijo Antonino fue también un hombre que tenía excelentísimas cualidades que le hacían admirable en el concepto de los pueblos y grato a los soldados;; era un guerrero que soportaba hasta el final todas las fatigas, y despreciaba todo alimento delicado y cualquier otra clase de molicie: Esto le hacía ser amado por todos los ejércitos. Sin embargo, su ferocidad y crueldad fue tanta y tan inaudita, por haber hecho perecer, después de infinitos asesinatos particulares, a gran parte del pueblo de Roma y a todo el de Alejandría, que se hizo sumamente odioso a todo el mundo; comenzó a ser temido incluso por los que tenía alrededor, de modo que fue asesinado por un centurión, en medio de su ejército.
  16. Por ello es de notar que semejantes muertes, las cuales son consecuencia de la decisión de un ánimo obstinado, son imposibles de evitar por los príncipes, porque cualquiera que no tema morir puede ofenderlos; pero el príncipe debe temerles menos, porque son rarísimos. Sólo debe guardarse de no cometer una grave injuria contra ninguno de aquellos de los cuales se sirve y que tiene en tomo suyo al servicio de su principado: así hizo Antonino, que había mandado matar ignominiosamente a un hermano de un centurión, y éste diariamente lo amenazaba; sin embargo, le dejaba la custodia de su persona: su actitud era temeraria y propicia para ser asesinado, como así ocurrió.
  17. Pero vengamos a Cómodo, al que le era tan fácil conservar el Imperio, puesto que lo tenía por derecho hereditario, al ser hijo de Marco; sólo le bastaba seguir las huellas de su padre, y habría satisfecho a los soldados y al pueblo; pero, siendo de carácter cruel y brutal, para poder ejercer su rapacidad sobre los pueblos, se dedicó a favorecer a los ejércitos y hacerlos licenciosos; por otra parte, no conservando su dignidad, descendiendo a menudo a los teatros para luchar con los gladiadores, y haciendo otras cosas muy viles y poco dignas de la majestad imperial, se convirtió en despreciable a los ojos de los soldados. Y siendo odiado por una parte y despreciado por la otra, se conspiró contra él y fue asesinado.
  18. Quedan por exponer las cualidades de Maximino. Este fue un hombre muy belicoso, y estando los ejércitos disgustados de la molicie de Alejandro, del cual ya he hablado, muerto él, lo eligieron para el Imperio. No lo poseyó mucho tiempo, porque le hacían odioso y despreciable dos cosas: la una era su bajo origen, por haber guardado los rebaños en Tracia (lo cual era conocido por todos y le granjeaba un profundo desprecio por parte de cualquiera); la otra, porque, habiendo diferido el marchar a Roma y entrar en posesión del trono imperial al comienzo de su soberanía, dio de sí mismo la opinión de muy cruel, ya que mediante sus prefectos, en Roma y en otros lugares del Imperio, ejerció muchas crueldades. Así pues, lleno todo el mundo de desdén por la bajeza de su origen, y de odio por el temor de su ferocidad, se rebeló primeramente África, después el Senado con todo el pueblo de Roma: y toda Italia conspiró contra él. A ellos se unió su propio ejército; éste, que estaba acampado en Aquilea y encontraba dificultades en su conquista, fatigado por su crueldad, y temiéndole menos al verle con tantos enemigos, le mató.
  19. No quiero hablar de Heliogábalo, de Macrino ni de Juliano, los cuales, por ser despreciables en todo, perecieron muy pronto; pero vuelvo a la conclusión de este discurso. Digo que los príncipes de nuestros tiempos experimentan menos, en su gobierno, esta dificultad de satisfacer a los soldados por medios extraordinarios; a pesar de que se deba tener con ellos cierta consideración, sin embargo todo se resuelve pronto, porque ninguno de estos príncipes tiene ejércitos que se hayan amalgamado al mismo tiempo con las autoridades y las administraciones de las provincias, como sucedía con los ejércitos del Imperio romano. Pero, si entonces era necesario satisfacer más a los soldados que al pueblo, era porque los soldados podían más que el pueblo; ahora es más necesario para todos los príncipes, excepto para el Turco y el Sultán, satisfacer a los pueblos más que a los soldados, porque los pueblos pueden más que aquellos.
  20. Entre ellos exceptúo al Turco, porque siempre tiene alrededor de sí doce mil infantes y quince mil caballos, de los que depende la seguridad y la fortaleza de su reino; y es necesario que, por encima de cualquier otra consideración, el soberano los mantenga como amigos. Lo mismo sucede con el reino del Sultán, que, estando por entero en manos de los soldados, conviene que también él, sin consideración hacia el pueblo, conserve su amistad. Tenéis que notar que el Estado del Sultán es diferente de todos los demás principados; porque es semejante al pontificado cristiano, que no puede llamarse principado hereditario, ni principado nuevo; no son herederos ni se vuelven soberanos los hijos del príncipe anterior, sino aquel que es elegido para este cargo por los que tienen autoridad para ello. Y siendo este orden muy antiguo, no se le puede llamar principado nuevo, porque en él no hay ninguna de las dificultades que existen en los nuevos; y aunque el príncipe es nuevo, las constituciones de tal Estado son antiguas y ordenadas para recibirlo como si fuera su señor hereditario.
  21. Pero volvamos a nuestro tema. Cualquiera que reflexione sobre lo que dejo expuesto, verá que el odio o el menosprecio fueron la causa de la ruina de los emperadores mencionados, y conocerá también de dónde procede que, habiendo obrado de un modo una parte de ellos, y de un modo contrario la otra, sólo uno de ellos, siguiendo esta o aquella vía, tuvo un dichoso fin, y los demás lo tuvieron desastroso. Para Pertinax y Alejandro, por ser príncipes nuevos, les fue inútil y perjudicial querer imitar a Marco, que reinaba por derecho hereditario; y de igual suerte para Caracalla, Cómodo y Maximino les fue muy pernicioso imitar a Severo, por no tener tanto valor que bastara para seguir sus huellas. Por tanto, un príncipe nuevo, en un principado nuevo, no puede imitar las acciones de Marco, ni tampoco le es necesario seguir las de Severo; pero debe tomar de Severo aquellos procederes que son necesarios para fundar su Estado, y de Marco los que son convenientes y gloriosos para conservar un Estado que ya se halle fundado y asegurado.

XX SI LAS FORTALEZAS Y OTRAS MUCHAS COSAS QUE LOS PRÍNCIPES HACEN CON FRECUENCIA SON ÚTILES O NO

  1. ALGUNOS príncipes, para tener con seguridad el Estado, desarmaron a sus súbditos; algunos otros mantuvieron divididas las tierras ocupadas; unos alimentaron enemistades contra sí mismos; otros se dedicaron a ganarse a aquellos que les eran sospechosos al principio de su reinado; algunos edificaron fortalezas; otros las arrasaron y destruyeron. Y, aunque sobre todas estas cosas no se puede dar una regla fija, si no se contempla en particular alguno de los Estados en que hubiera de tomarse una determinación semejante, sin embargo, hablaré de ello del modo extenso que la materia misma permita.
  2. No sucedió nunca, pues, que un príncipe nuevo desarmara a sus súbditos; incluso, cuando los encontró desarmados, siempre los armó; ya que, armándolos, estas armas se convierten en las tuyas propias, se vuelven fíeles los que te eran sospechosos, y los que eran fieles se mantienen y de súbditos se convierten en partidarios tuyos. Y como no se puede armar a todos los súbditos, aquellos a quienes armas reciben un favor de ti, y con los otros se puede obrar con más seguridad: la diferencia de proceder que ven con respecto a ellos hace a los primeros deudores tuyos, y los otros te disculpan, juzgando que es necesario que tengan más méritos aquellos que soportan más peligros y más obligaciones. Pero, cuando los desarmas, empiezas a ofenderlos, y muestras que no tienes confianza en ellos, o por cobardía, o por poca fidelidad: y una y otra de estas opiniones engendran odio contra ti. Como no puedes permanecer desarmado, conviene que te dirijas a la tropa mercenaria, la cual tiene los inconvenientes que más arriba he dicho; y, aun cuando fuera buena, no puede serlo hasta tal punto, que te defienda de los enemigos poderosos y de los súbditos sospechosos.
  3. Por esto, como he dicho, un príncipe nuevo, en un principado nuevo, siempre se formó una tropa suya; de esta clase de ejemplos están llenas las historias. Pero cuando un príncipe adquiere un Estado nuevo que, como miembro, se añade al antiguo, entonces es necesario desarmar a aquel Estado, excepto a los que, al conquistarlo, fueron partidarios tuyos; e incluso a ellos, con el tiempo y en las ocasiones propicias, es necesario hacerlos suaves y afeminados; hay que ordenar las cosas de modo que todas las armas de tu Estado se hallen sólo en manos de tus soldados propios, que viven en tu antiguo Estado cerca de ti.
  4. Nuestros mayores y los que eran considerados sabios solían decir que era necesario conservar Pistoya con facciones y Pisa con fortalezas; por esto en algunos lugares alimentaban las diferencias entre sus súbditos, para poseerlos más fácilmente. Esto, en tiempos en que Italia estaba en cierto modo equilibrada, podía convenir; pero no creo ya que se pueda dar hoy por precepto, pues no creo que las divisiones hagan ningún bien; antes es necesario, cuando el enemigo se acerca, que las ciudades divididas se pierdan en seguida; porque la parte más débil se unirá siempre a las fuerzas exteriores, y la otra no podrá regir.
  5. Los venecianos, movidos, según creo, por las razones mencionadas, alimentaban a las sectas de los güelfos y gibelinos en las ciudades de su dominación; y, aunque no les dejaran nunca llegar a derramar sangre, alimentaban, sin embargo, entre ellas las rencillas, a fin de que, ocupados los ciudadanos en sus diferencias, no se unieran contra ellos. Esto, como se vio, no redundó en beneficio suyo; pues, habiendo sido derrotados en Vaila, de pronto una parte de estas facciones tomó aliento y les quitó el Estado. Por tanto, semejantes medios muestran la debilidad del príncipe: porque en un principado vigoroso nunca se permitirán tales divisiones; sólo son provechosas en tiempos de paz, ya que mediante aquéllas se puede manejar más fácilmente a los súbditos; pero, si sobreviene la guerra, semejante solución muestra sus fallos.
  6. Sin duda, los príncipes se convierten en grandes cuando superan las dificultades y la oposición con que se encuentran: no obstante la fortuna, especialmente cuando quiere engrandecer a un príncipe nuevo, que tiene mayor necesidad de adquirir reputación que un príncipe hereditario, le hace nacer enemigos y le induce a iniciar empresas contra ellos, a fin de que tenga ocasión de triunfar, y, con la escala que le traen sus enemigos, de subir más arriba. Pero muchos juzgan que un príncipe sabio debe, cuando tenga ocasión, alimentar con astucia cualquier enemistad, a fin de que, reprimiéndola, aumente su propia grandeza.
  7. Los príncipes, y sobre todo los que son nuevos, encontraron más fidelidad y más provecho en aquellos hombres que al principio de su reinado eran considerados sospechosos, que en los que al principio eran sus confidentes. Pandolfo Petrucci, príncipe de Siena, regía su Estado más con aquellos que le fueron sospechosos que con los otros. Pero de todo ello no se puede hablar extensamente, porque los casos nunca son los mismos. Sólo diré que, a aquellos hombres que al comienzo de un principado eran enemigos, y que son tales que para mantenerse necesitan apoyos, el príncipe siempre podrá ganárselos con muchísima facilidad: y se ven obligados a servirle con fidelidad, mayormente cuando saben que les es muy necesario borrar con sus acciones la siniestra opinión que se tenía de ellos. Y así el príncipe sacará siempre más utilidad de estas gentes que de aquellas que, sirviéndole con demasiada tranquilidad, descuidan los intereses del príncipe.
  8. Puesto que lo exige la materia, no quiero dejar de recordar a los príncipes que adquirieron de nuevo un Estado mediante los favores intrínsecos de éste, que consideren bien qué razón movió a los que le ayudaron a favorecerle; y, si no es por afecto natural hacia ellos, sino sólo porque no estaban contentos del Estado, con gran fatiga y dificultad podrá conservarlos por amigos, porque será imposible que logre contentarlos. Y analizando bien, con los ejemplos sacados de los hechos antiguos y modernos, la causa de ello, se verá que es mucho más fácil ganarse la amistad de los hombres que se contentaban con el anterior gobierno, aunque eran sus enemigos, que de los que, no estando contentos, se convirtieron en amigos suyos y le ayudaron a apoderarse del Estado.
  9. Los príncipes, para poder conservar con más seguridad su Estado, tenían la costumbre de edificar fortalezas que sirvieran de rienda y freno a cualquiera que concibiese designios contra ellos, y de poseer un refugio seguro contra un repentino ataque. Alabo esta medida, ya que es usada desde antiguo: sin embargo, en nuestros tiempos, se vio a Nicolás Vitelli demoler dos fortalezas en la ciudad de Castello para conservarlas. Guido Ubaldo, duque de Urbino, de regreso a su Estado, del que le había expulsado César Borgia, arruinó hasta los cimientos todas fortalezas de esta provincia; juzgó que sin ella le resultaría más difícil volver a perder el Estado. Los Bentivoglio, tras regresar a Bolonia utilizaron parecidas medidas. Así pues, las fortalezas son útiles o no según los tiempos: y si te benefician bajo un aspecto, te perjudican bajo otro. Puede reducirse esta cuestión de la manera que sigue:
  10. El príncipe que tiene más miedo de su pueblo que de los extranjeros debe construir fortalezas; pero él que tiene más miedo de los extranjeros que de su pueblo debe dejarlas de lado. El castillo de Milán, que edificó allí Francisco Sforza, atrajo y atraerá más guerras a la familia de los Sforza que cualquier otro desorden en aquel Estado. Sin embargo, la mejor fortaleza que existe es no ser odiado por el pueblo: porque, aunque tengas fortalezas, si el pueblo te odia, no te salvarán: nunca faltan a los pueblos, en cuanto han tomado las armas, extranjeros que les socorran. En nuestros tiempos, no vemos que las fortalezas hayan sido de provecho a ningún príncipe, si no es a la condesa de Forli, después de la muerte de su esposo, el conde Gerónimo; gracias a la fortaleza pudo evitar el ataque del pueblo y esperar el socorro de Milán, para recuperar el Estado. Las circunstancias hacían que los extranjeros no pudieran socorrer al pueblo; pero después, de poco le sirvieron a ella las fortalezas, cuando César Borgia la atacó, y el pueblo, enemigo suyo, se unió al extranjero. Por tanto, entonces y antes, habría sido más seguro para la condesa no ser odiada por el pueblo, que tener las fortalezas. Consideradas, todas estas cosas, alabaré a quien construya fortalezas y a quien no las construya, y censuraré al que, fiándose de las fortalezas, tenga en poco el ser odiado por el pueblo.

XXI COMO DEBE CONDUCIRSE UN PRÍNCIPE PARA SER ESTIMADO

  1. NINGUNA cosa le granjea mayor estimación a un príncipe que las grandes empresas y las acciones raras. Tenemos en nuestros tiempos a Fernando de Aragón, actual rey de España. A éste se le puede llamar casi príncipe nuevo, porque de rey débil que era se convirtió, guiado por la astucia y la fortuna más que por el saber y la prudencia, en el primer rey de la Cristiandad: si consideramos sus acciones, las encontraremos todas sumamente grandes y algunas extraordinarias. Al principio de su reinado, atacó Granada; y esta empresa fue el fundamento de su Estado. La comenzó sin pelear y sin miedo de hallar estorbo en ello: tuvo ocupados en esta guerra los ánimos de los nobles de Castilla, los cuales, pensando en ella, no pensaban en innovaciones; por este medio, él adquiría reputación y dominio sobre ellos, sin que lo advirtieran. Con el dinero de la Iglesia y del pueblo pudo mantener ejércitos y formarse, mediante esta larga guerra, sus tropas, que le atrajeron mucha gloria. Además, alegando siempre el pretexto de la religión para poder llevar a efecto mayores hazañas, recurrió a una devota crueldad, expulsando y despojando a los moros de su reino: no puede ser este ejemplo más miserable ni más extraño. Bajo esta misma capa de religión atacó África, acometió la empresa de Ita­lia, últimamente ha atacado Francia: y así siempre ha hecho y concertado cosas grandes, las cuales siempre han tenido sorprendidos y admi­rados los ánimos de sus súbditos, y ocupados en el resultado de las mismas. Estas acciones han nacido de tal modo una de otra, que, entre una y otra, nunca ha dado a los hombres espa­cio para poder urdir algo tranquilamente contra él.
  2. Ayuda también a un príncipe dar de sí ejemplos raros en el gobierno interior de su Es­tado, semejantes a los que se cuentan de Ber­nabé de Milán; cuando sucede que alguien hizo una acción extraordinaria, en bien o en mal, en el orden civil, es necesario hallar, para pre­miarla o castigarla, un modo que dé mucho que hablar. Y sobre todo un príncipe debe inge­niárselas para que cada una de sus operaciones le proporcione fama de hombre superior y de gran­dísimo ingenio.
  3. Es también estimado un príncipe cuando es verdaderamente amigo o enemigo, es decir, cuando sin ninguna preocupación se declara a fa­vor del uno contra el otro. Esta resolución es siempre más útil que la de permanecer neu­tral; porque, cuando dos poderosos vecinos tuyos se declaran entre sí la guerra, o son tales que, al vencer uno de ellos, tengas que temer al vencedor o no. En cualquiera de estos dos casos, te será siempre más útil declararte y hacer una guerra abierta; en el primer caso, si no te declaras, serás siempre presa del que venza, con placer y satisfacción del que ha sido ven­cido, y no tendrás nada ni nadie que te defienda ni que te dé asilo. Pues quien vence no quiere amigos sospechosos y que no le ayuden en la adversidad; y quien pierde no te acoge, por no haber tú querido correr su suerte con las armas en la mano.
  4. Antíoco pasó a Grecia, llamado por los etolios para echar de allí a los romanos. Mandó An­tíoco oradores a los aqueos, que eran amigos de los romanos, para inducirlos a permanecer neu­trales; y por otra parte los romanos les persuadie­ron de que cogieran las armas en favor suyo. Esto fue materia de deliberación en el consejo de los aqueos, donde el enviado de Antíoco les per­suadía de que permanecieran neutrales; a esto, el legado romano presente refutó: Quod autem isti dicunt non interponendi vos bello, nihil magis alienum rebus vestris est; sine gratia, sine dignitate, praemium victoris eritís.
  5. Siempre sucederá que aquel que no es amigo tuyo te pedirá la neutralidad, y el que es amigo te pedirá que te declares en favor suyo con las armas. Los príncipes irresolutos, para vitar los peligros inmediatos, siguen la mayoría de las veces la vía de la neutralidad, y la mayoría de las veces caminan hacia su ruina. Pero cuando el príncipe se declara valientemente en favor de una de las partes, si aquel al que te unes vence, aun­que sea poderoso y tú quedes a su discreción, se sentirá obligado hacia ti, y os unirá el aprecio: los hombres no son nunca tan deshonestos, que te opriman demostrándote tanta ingratitud. Además, las victorias no son nunca tan decisivas como para que el vencedor no tenga cierta consideración, y máxime a la justicia. Pero, si aquel con quien te unes pierde, serás acogido por él; mientras pueda te ayudará, y se convertirá en el compañero de una fortuna que puede mejorar. En el segundo caso, cuando los que combaten entre sí son tales que no tengas nada que temer del que vence, hay tanta más prudencia en unirte a uno de ellos; porque lograrás la ruina de uno con la ayuda de quien lo debería salvar, si fuera prudente; venciendo, quedará en tus manos; y es imposible, con tu ayuda, que no venza.
  6. Aquí hay que notar que un príncipe, para atacar a otros, debe cuidar de no asociarse nunca con uno más poderoso que él, a no ser que la necesidad le obligue a ello, como dije más arriba; porque, si triunfa, quedas en sus manos: y los príncipes deben evitar, cuanto les sea posible, permanecer a disposición de otros. Los venecianos se aliaron con Francia contra el duque de Milán, y habrían podido evitar la realización de esta alianza, de la cual resultó su propia ruina. Pero cuando no se puede evitar (como sucedió a los florentinos, cuando el Papa y España acudieron con sus ejércitos a atacar la Lombardía), entonces, por las razones mencionadas, debe el príncipe unirse con los otros. Que ningún Estado crea poder nunca tomar una resolución segura, antes piense que ha de tomarla más que dudosa; porque es con­forme al ordinario curso de las cosas que no trate uno de evitar nunca un inconveniente sin caer en otro; la prudencia consiste en saber conocer la calidad de los inconvenientes y tomar por bueno el menos malo.
  7. Debe también un príncipe mostrarse amante de los talentos, siendo generoso con los hombres destacados y honrando a los que sobresalen en cualquier arte. En consecuencia, debe animar a sus ciudadanos a ejercer pacíficamente su pro­fesión, sea en el comercio, sea en la agricultura, sea en cualquier otro oficio de los hombres, y ha­cer que éste no tema engrandecer sus posesiones por temor de que le sean quitadas, y aquél no tema abrir un comercio por miedo a los im­puestos; debe preparar premios para quien quiera hacer estas cosas y para cualquiera que piense, del modo que sea, ampliar su ciudad o su Estado. Debe, además, en las épocas conve­nientes del año, tener ocupados a los pueblos con fiestas y espectáculos. Y, como toda ciudad está dividida en gremios o en tribus, debe te­ner miramientos con estos grupos, reunirse con ellos alguna vez, dar ejemplo de humanidad y de munificencia, conservando, no obstante, siempre inalterable la majestad de su clase, ya que estos actos de popularidad no se hacen nunca sin que se humille de algún modo su dignidad.

XXII DE LOS SECRETARIOS QUE LOS PRÍNCIPES TIENEN A SU LADO

  1. No es de poca importancia para un príncipe la elección de los ministros, los cuales son buenos o no según la prudencia del príncipe. La primera conjetura que se hace sobre el talento de un príncipe es ver los hombres que tiene alrededor; cuando son suficientes y fieles, siempre se le puede considerar inteligente, porque ha sabido conocerlos bastante bien y mantenerlos fieles; pero, cuando sean de otro modo, siempre se puede formar sobre él un juicio poco favorable: pues el primer error que comete, lo comete en esta elección. No habría nadie que conociera a Antonio de Venafro, ministro de Pandolfo Petrucci, príncipe de Siena, que no juzgara que Pandolfo era un hombre prudentísimo, por haber tomado a aquél por ministro.
  2. Hay tres especies de cerebros: unos entienden por sí mismos, los segundos disciernes lo que otros entienden, y los terceros no entienden ni por sí mismos ni por otros; los primeros son excelentísimos, los segundos excelentes, los terceros inútiles; convenía, por tanto, necesariamente, que si Pandolfo no era de la primera especie, fuera de la segunda: porque, toda vez que un príncipe posee suficiente juicio para conocer el bien o el mal que otro hace y dice, aunque no tenga ingenio inventivo, conoce las buenas y malas obras del ministro, y exalta unas, y corrige las otras; y como el ministro no puede esperar engañarlo, se portará bien.
  3. Pero ¿cómo puede un príncipe conocer al ministro? He aquí un medio que no falla nunca. Cuando ves al ministro pensar más en sí mismo que en ti, y que en todas sus acciones busca su provecho, piensa que ese individuo que así se comporta nunca será buen ministro, y nunca podrás fiarte de él: porque el que tiene tu Estado en su mano, no debe pensar nunca en sí mismo, sino siempre en el príncipe, ni recordarle nunca nada que no se refiera a los intereses de su Estado. Y por otro lado, el príncipe, para conservar a un buen ministro, debe pensar en él, honrándolo, enriqueciéndolo, atrayéndoselo por el reconocimiento y participándole honores y cargos, a fin de que vea que no puede estar sin él, y que los numerosos honores no le hagan desear más honores, las abundantes riquezas no le hagan desear más riquezas, y los importantes cargos le hagan temer los cambios. Así pues, cuando los ministros, y los príncipes con respecto a los ministros, se comportan de este modo, puede confiar el uno del otro, y cuando sucede lo contrario, acabarán siempre mal uno u otro.

XXIII DE QUE MODO SE DEBE HUIR DE LOS ADULADORES

  1. No quiero dejar de lado un punto importante y un error del que los príncipes se preservan difícilmente, si no son muy prudentes, o si no saben elegir. Y éstos son los aduladores, de los cuales están llenas las cortes; los hom­bres se complacen tanto en sus propias cosas, y de tal modo se engañan en ello, que con dificul­tad se defienden de esta peste; y si quieren de­fenderse de ella, se corre el peligro de caer en el menosprecio. No hay otro modo de guardarse de la adulación que hacer comprender a los hombres que no te ofenden cuando te dicen la ver­dad; pero cuando todos pueden decirte la ver­dad, te falta el respeto.
  2. Por tanto, un príncipe prudente debe poseer un tercer medio, eligiendo en su Estado hombres sabios, y sólo a ellos debe dar libre arbitrio para que le digan la verdad, y sobre aquellas cosas que él pregunta, y no sobre otras; pero debe preguntarles sobre todas las cosas, escuchar sus opiniones y después deliberar por sí mismo y actuar a su manera; y con estos consejos, y con cada uno de ellos, portarse de manera que cada uno conozca que, cuanto más libremente se le hable, tanto más se le agradará: fuera de ellos, no debe escuchar a nadie, hacer enseguida lo que ha resuelto, y ser obstinado en sus determinaciones. Quien haga lo contrario, o se dejará llevar por lo aduladores, o variará frecuente­mente a causa de la diversidad de pareceres; de aquí resulta que harán muy poco aprecio de él.
  3. Acerca de este punto quiero presentar un ejemplo moderno. El sacerdote Luca, servidor de Maximiliano, actual emperador, hablando de Su Majestad, dijo que éste no tomaba consejo de nadie, y, sin embargo, no hacía nunca ninguna cosa a su gusto: esto proviene de que sigue un camino opuesto al que he indicado. El empera­dor es un hombre misterioso que no comunica sus designios a nadie ni solicita el parecer de na­die; pero como al ponerlos en práctica se empie­zan a conocer y descubrir, aquellos que tiene al­rededor comienzan a contradecirlos; y desiste fácilmente de ellos. De esto dimana que las cosas que él hace un día, las destruya al siguien­te; que no se prevé nunca lo que quiere o proyecta hacer, y que no se puede contar con sus determi­naciones.
  4. Un príncipe, por tanto, debe aconsejarse siempre, pero cuando él quiera, y no cuando quieran los otros; incluso debe quitar a cual­quiera las ganas de aconsejarle sobre cualquier cosa, si él no se lo pide; pero debe pedir con­sejo con mucha frecuencia, además de ser acerca de las cosas preguntadas un paciente oyente de la verdad; incluso desazonarse cuando advierte que alguien no se la dice por algún motivo de res­peto. Muchos estiman que un príncipe que se hace querer por su prudencia no la debe a sí mis­mo, sino a los buenos consejos de los que le ro­dean, y sin duda se equivocan. Hay una re­gla general que no falla nunca: que un príncipe que no es prudente de sí mismo no puede ser bien aconsejado, a menos que, por casualidad, se remitiera a uno solo que le gobernara en todo y que fuera un hombre muy prudente. En este caso, podría conducirse bien, pero esto duraría poco, porque aquel gobernador en breve tiempo le quitaría el Estado; pero, aconsejándose con más de uno, un príncipe que no sea prudente, no recibirá nunca consejos que concuerden, ni sa­brá conciliarlos por sí mismo; cada uno de los consejeros pensará en sus propios intereses, y él no sabrá corregirlos ni conocerlos. Y no se puede encontrar otros ministros distintos; porque los hombres siempre son malos, si no son buenos por necesidad. Concluyamos, pues, que los buenos consejos, vengan de quien vengan, con­viene que nazcan de la prudencia del príncipe, y no la prudencia del príncipe de los buenos con­sejos.

XXIV POR QUE RAZÓN LOS PRÍNCIPES DE ITALIA PERDIERON SUS ESTADOS

  1. Las cosas mencionadas, observadas prudentemente, hacen parecer a un príncipe nuevo, antiguo, y lo aseguran y afirman más rápi­damente en el Estado, que si hubiera sido anti­guo. Porque un príncipe nuevo es mucho más observado en sus acciones que otro hereditario; y, cuando las juzgamos grandes, atraen mucho más a los hombres y se los apegan mucho más que la propia antigüedad de la sangre. Los hombres son atraídos mucho más por las cosas presentes que por las pasadas, y cuando en las presentes hallan el bien, se alegran y no buscan nada más; incluso defienden en todo al nuevo príncipe, mientras en las demás cosas no se falte a sí mismo. Así tendrá una doble gloria: la de haber dado origen a una nueva soberanía, y la de haberla adornado y corroborado con buenas leyes, buenas armas, buenos amigos y buenos ejemplos; así como tendrá una doble afrenta el que, habiendo nacido príncipe, haya perdido su Estado por su poca prudencia.
  2. Y, si se considera aquellos señores que en Italia han perdido su Estado en nuestros días, como el rey de Nápoles, el duque de Milán y otros, se encontrará en ellos, primero, un de­fecto común en cuanto a los ejércitos, por causas que anteriormente hemos explicado por extenso; después se verá que alguno de ellos tuvo al pueblo como enemigo, o que el que tenía al pueblo por amigo no supo asegurarse de los grandes: sin estas faltas, no se pierden los Estados que pre­sentan bastantes recursos para que puedan tener un ejército en campaña. Filipo de Macedonia, no el padre de Alejandro, sino el que fue vencido por Tito Quinto, poseía un Estado pequeño con respecto a la grandeza del de los romanos y los griegos que le atacaron: sin embargo, como era belicoso y sabía contener al pueblo y asegurarse de los grandes, sostuvo por muchos años la guerra contra ellos; y, si al final perdió la sobera­nía de alguna ciudad, le quedó ,sin embargo, el reino.
  3. Por tanto, aquellos príncipes nuestros que durante muchos años permanecieron en su princi­pado, que no acusen, por haberlo después perdido, a la fortuna, sino a su cobardía: porque, no habiendo pensado nunca en tiempos de paz que podían cambiar las cosas (es defecto común a todos los hombres no preocuparse de la tempes­tad cuando hay bonanza), cuando después vi­nieron los tiempos adversos, pensaron en huir y no en defenderse; y esperaron que los pue­blos, fatigados con la insolencia del vencedor, les reclamaran. Este partido es bueno cuando faltan los otros; pero es cosa malísima el haber abandonado los otros remedios por éste; porque no se debería caer nunca, por creer que encontrarás quien te reciba. Esto no sucede, o si sucede no hallarás seguridad en ello, porque esta defensa es vil y no depende de ti. Y solamente son buenas, ciertas y durables las defensas que dependen de ti mismo y de tu propio valor.

XXV CUANTO DOMINIO TIENE LA FORTUNA EN LAS COSAS HUMANAS, Y DE QUE MODO PODEMOS RESISTIRLA

  1. No me es desconocido que muchos tenían y tienen la opinión de que las cosas del mundo son gobernadas de tal modo por la for­tuna y por Dios, que los hombres con su pruden­cia no pueden corregirlas, e incluso que no tienen ningún remedio; por esto podrían juzgar que no vale la pena fatigarse mucho en tales oca­siones, sino que hay que dejarse gobernar por la suerte. Esta opinión está más acreditada en nues­tro tiempo a causa de las grandes mudanzas de las cosas que se vieron y se ven todos los días, fuera de toda conjetura humana. Pensando yo alguna vez en ello, me incliné en cierto modo ha­cia esta opinión.
  2. Sin embargo, como nuestro libre albedrío no está anonadado, juzgo que puede ser verdad que la fortuna sea el arbitro de la mitad de nues­tras acciones, pero que también ellas nos dejan gobernar la otra mitad, aproximadamente, a no­sotros. La comparo con uno de esos ríos fa­tales que, cuando se embravecen, inundan las llanuras, derriban los árboles y los edificios, qui­tan terreno de un paraje y lo llevan a otro: todos huyen en cuanto le ven, todos ceden a su ímpetu sin poder resistirle. Y, a pesar de que estén he­chos de esta manera, no por ello sucede menos que los hombres, cuando están serenos los tem­porales, pueden tomar precauciones con diques y esclusas, de modo que, cuando crece de nuevo, o correrá por un canal, o su ímpetu no será tan licencioso ni perjudicial.
  3. Sucede lo mismo con respecto a la fortu­na, la cual demuestra su dominio cuando no encuentra una virtud que se le resista, porque entonces vuelve su ímpetu hacia donde sabe que no hay diques ni otras defensas capaces de man­tenerlo. Si consideráis Italia, que es la sede de estos cambios y la que les da impulso, veréis que es una campiña sin diques y sin ninguna defensa: que si hubiera estado defendida con la conve­niente virtud, como Alemania, España y Fran­cia, la inundación de tropas extranjeras que sufrió no habría ocasionado las grandes mudanzas que experimenta, o no habría venido. Y es­pero que baste haber dicho esto en cuanto a la necesidad de oponerse a la fortuna en general.
  4. Pero, restringiéndome más a lo particular, digo que se ve cómo un príncipe es alabado hoy, y destituido mañana, sin que se le haya visto mudar de naturaleza ni de cualidades; creo que esto nace en primer lugar de las causas que he explicado antes extensamente, es decir, de que el príncipe que se apoya por entero en la fortuna, cae según que ella varía. Creo también que es feliz aquel que armoniza su modo de proceder con la calidad de las circunstancias, y de la mis­ma manera que es infeliz aquel cuyo proceder está en discordia con los tiempos.
  5. Se ve, en efecto, que los hombres, en las cosas que los conducen al fin que cada uno se propone, proceden diversamente: el uno con circunspección, el otro con ímpetu, el uno con vio­lencia, el otro con arte, el uno con paciencia, el otro con todo lo contrario; y cada uno, por estos diversos medios, puede conseguirlo. Se ve también que de dos hombres moderados, el uno consigue su fin y el otro no, y del mismo modo que otros dos aciertan igualmente por dos ca­minos distintos, siendo el uno moderado y el otro impetuoso: lo cual no dimana de otra cosa sino de la calidad de los tiempos, que concuerdan o no con su proceder. De aquí nace lo que he dicho, que dos hombres, obrando diversamente, logran el mismo efecto, y otros dos, obrando del mismo modo, el uno alcanza su fin y el otro no.
  6. De esto depende también la variación de su felicidad; porque, si uno se conduce con modera­ción y paciencia, los tiempos y las cosas giran de modo que su gobierno sea bueno, y él prospera; pero, si los tiempos y las cosas varían, sobreviene su ruina, porque no muda de modo de proceder. No se encuentra hombre tan prudente que sepa acomodarse a esto; sea porque no se pueda des­viar de aquello a que la naturaleza lo inclina, sea también porque, al haber prosperado siempre caminando por una senda, no puede persuadirse de que hará bien en desviarse de ella. El hom­bre moderado, cuando ha llegado el tiempo de actuar con ímpetu, no sabe hacerlo; de ello re­sulta su ruina; si se mudara de naturaleza con los tiempos y con las cosas, no se mudaría la for­tuna.
  7. El Papa Julio II procedió en todas sus cosas impetuosamente; y encontró los tiempos y las cosas tan conformes con su manera de proceder, que siempre alcanzó un feliz fin. Considerad la primera empresa que hizo contra Bolonia, vi­viendo aún Juan Bentivoglio. Los venecianos no la aprobaban; el rey de España tampoco; en Francia se deliberaba acerca de tal empresa; y él, sin embargo, con su ferocidad y su ímpetu, acu­dió personalmente a aquella expedición. Este acto dejó suspensos e inmóviles a España y a los venecianos, a éstos por miedo, y a aquélla por el deseo que tenía de recuperar todo el reino de Nápoles; por otra parte, atrajo a su bando al rey de Francia, porque, viendo a este rey en movi­miento, y deseando hacerlo su aliado para aba­tir a los venecianos, juzgó que no podría ne­garle sus tropas sin injuriarlo de forma manifiesta.
  8. Así pues, consiguió Julio, con su impetuoso paso, lo que otro Pontífice, con toda la prudencia humana, nunca habría conseguido; si, para partir de Roma, hubiera esperado hasta tener firmes sus determinaciones y todas las cosas orde­nadas, como habría hecho cualquier otro Pontí­fice, jamás habría triunfado, porque el rey de Francia habría alegado mil excusas, y los otros le habrían infundido mil temores. Quiero dejar de lado sus otras acciones, ya que fueron todas similares, y todas le salieron bien; la brevedad de su vida no le dejó experimentar lo contrario; ya que, si hubieran llegado tiempos en que hu­biera convenido proceder con circunspección, le habría llegado su ruina, pues nunca se habría desviado de aquella conducta, a la que su propia naturaleza le inclinaba.
  9. Concluyo, pues, que, si la fortuna varía, y los hombres permanecen obstinados en su modo natural de obrar, son felices mientras aquélla y éste concuerdan, e infelices si no concuerdan. Creo que es mejor ser impetuoso que circuns­pecto, porque la fortuna es mujer: y es necesa­rio, cuando queremos tenerla sumisa, zurrarla y zaherirla. Se ve, en efecto, que se deja vencer más por éstos que por los que proceden fría­mente. Por otra parte siempre, como mujer, es amiga de los jóvenes, porque son menos cir­cunspectos, más iracundos y le mandan con más audacia.

XXVI EXHORTACIÓN PARA APODERARSE DE ITALIA Y LIBERARLA DE LAS MANOS DE LOS BÁRBAROS

  1. considerando, pues, todas las cosas mencionadas anteriormente, y pensando para mis adentros si ahora, en Italia, es el mo­mento indicado para que un príncipe nuevo sea ensalzado, y si existen las circunstancias que den ocasión, a uno prudente y valeroso, de introducir una nueva forma que le honrara a él e hiciera la felicidad de los italianos, me parece que con­curren tantas cosas en beneficio de un príncipe nuevo, que no sé si habrá nunca un momento más adecuado para esto. Y si, como dije, era necesario, para ver el valor de Moisés, que el pueblo de Israel fuera esclavo en Egipto, y para conocer la grandeza del ánimo de Ciro, que los persas fueran oprimidos por los medos, y para apreciar la excelencia de Teseo, que los ate­nienses fueran dispersos; así al presente, para co­nocer el valor de un alma italiana, era necesario que Italia se hallara reducida a los términos en que está ahora, y que fuera más esclava que los hebreos, más sierva que los persas, más dispersa que los atenienses, de suerte que sin jefe, sin or­den, vencida, despojada, despedazada y asolada hubiera soportado toda clase de ruinas.
  2. Y aunque hasta aquí se haya advertido en alguien cualquier indicio de inspiración que induzca a juzgar que fue destinado por Dios para la rendición de Italia, se vio, sin embargo, des­pués, que en sus más grandes acciones era repro­bado por la fortuna, de modo que, permane­ciendo Italia como sin vida, espera a aquel que pueda curarle sus heridas y ponga fin a los sa­queos de la Lombardía, a los pillajes de Reame y de Toscana, y la cure de aquellas llagas que han sangrado durante tanto tiempo. La vemos ro­gando a Dios que le envíe alguien que la redima de las crueldades e insolencias de los bárbaros. La vemos incluso muy pronta y dispuesta a seguir una bandera, con tal que haya uno que la des­pliegue.
  3. Pero actualmente no vemos en quién podría ella esperar más que en vuestra ilustre casa, que con su fortuna y valor, favorecida por Dios y por la Iglesia, a la que ella dio su príncipe, pueda emprender esta redención. Esto no os será muy dificultoso, si tenéis presentes las acciones y la vida de los que he mencionado. Y aunque esta clase de hombres hayan sido raros y maravi­llosos, no por ello fueron menos hombres, y ninguno de ellos tuvo mejor ocasión que la pre­sente: porque sus empresas no fueron más justas que ésta ni más fáciles, ni Dios les fue más propi­cio que a vos. Aquí hay una gran justicia: «iustum enim est bellum quibus necessarium, et pia arma ubi nulla nisi in armis spes est.» Aquí son grandísimas las disposiciones de los pueblos; y, cuando hay grandes disposiciones, no puede haber grandes dificultades, con tal que éstas abracen algunas de las instituciones de las que he propuesto por modelos. Además de esto, se ven aquí sucesos extraordinarios y sin ejemplo, diri­gidos por Dios: el mar se abrió; una nube os mostró el camino; la peña abasteció de agua; aquí ha caído del cielo el maná; todo concurre al acrecentamiento de vuestra grandeza. Lo demás debéis hacerlo vos. Dios no quiere ha­cerlo todo, para no quitamos el libre albedrío y parte de la gloria que nos corresponde.
  4. Y no es maravilla si ninguno de los italianos mencionados ha podido hacer lo que se puede es­perar que haga vuestra ilustre casa, ni si, en tantas revoluciones de Italia y en tantas manio­bras guerreras, pareció siempre que en ella se ha­bía extinguido el valor militar. Esto procedía de que sus antiguas instituciones no eran buenas, y de que no había ninguno que supiera inventar otras nuevas: y ninguna cosa hace tanto honor a un hombre recientemente elevado, como las nuevas leyes y las nuevas instituciones halladas por él. Estas cosas, cuando están bien fun­dadas y tienen grandeza en sí mismas, le hacen digno de respeto y admiración: y en Italia no falta nada de lo necesario para introducir en ella formas de toda especie. Aquí hay un gran va­lor en los miembros, aun cuando faltara en los jefes. Ved en los duelos y en los combates de un corto número, cómo los italianos son superiores en fuerza, en destreza y en ingenio. Pero no se manifiestan tales en los ejércitos. Y todo procede de la debilidad de los jefes; porque los que la conocen no quieren obedecer, y cada uno cree conocerla, no existiendo hasta hoy nadie, que haya sabido elevarse por su valor y fortuna, a quien los otros se sometan. De esto nace que, durante tanto tiempo, y en tantas guerras hechas en los últimos veinte años, cuando se tuvo un ejército enteramente italiano, siempre hizo mal papel. De ello es testimonio en primer lugar el Taro; después Alejandría, Capua, Genova, Vaila, Bolonia y Mestri.
  5. Si quiere, pues, Vuestra Ilustre Casa imitar a los insignes varones que libraron sus provincias, es necesario, antes que cualquier otra cosa, como verdadero fundamento de toda empresa, proveerse de ejércitos propios; porque no se puede tener más fieles, ni más verdaderos ni mejores soldados. Y, aunque cada uno de ellos sea bueno, todos juntos serán mejores cuando se vean mandados, honrados y mantenidos por su príncipe. Es necesario, por tanto, proporcionarse tales ejércitos, para poder defenderse de los extranjeros con el valor italiano.
  6. Y, aunque las infanterías suiza y española sean consideradas terribles, sin embargo, tienen ambas un defecto, a causa del cual una tercera clase de tropas podría no solamente oponerse a ellas, sino confiar en superarlas. Los españoles no pueden sostener los embates de la caballería, y los suizos deben tener miedo a la infantería, cuando se encuentran con una que combate con tanta obstinación como ellos. Por esto se vio, y se verá por experiencia, que los españoles no pueden hacer frente a una caballería francesa, y los suizos son aniquilados por una infantería es­pañola. Aunque de esto último no se haya he­cho enteramente la prueba, sin embargo, se vio un ejemplo en la batalla de Rávena, cuando la infantería española se enfrentó con las tropas ale­manas, las cuales observaban el mismo método que los suizos: de ahí que los españoles, con la agilidad de su cuerpo y la ayuda de sus brazales, hubieran penetrado entre las picas de los ale­manes y se hallaran en seguridad para atacarlos, sin que ellos tuvieran medio de defenderse; y si no los hubiera embestido la caballería, los ha­brían destruido a todos. Se puede, pues, cono­cido el defecto de una y otra infantería, estable­cer una nueva que resista a la caballería y no tenga miedo de la infantería; esto lo conseguirá la clase de ejércitos y el cambio en el modo de combatir. Estas son aquellas cosas que, orde­nadas de nuevo, dan reputación y grandeza a un príncipe nuevo.
  7. No se debe, pues, dejar pasar esta ocasión, es decir, la de que Italia, después de tanto tiem­po, vea a su redentor. No puedo expresar con qué amor sería recibido en todas estas provin­cias que sufrieron con la inundación de los ex­tranjeros; ¡con qué sed de venganza, con qué obstinada fidelidad, con qué piedad, con qué lá­grimas! ¿Qué puertas se le cerrarían? ¿Qué pue­blos le negarían la obediencia? ¿Qué envidia se le opondría? ¿Qué italiano le negaría el obse­quio? A todos repugna esta bárbara dominación. Acometa, pues. Vuestra Ilustre Casa este asunto, con el ánimo y con la esperanza con que se acometen las empresas justas; a fin de que, bajo su bandera, nuestra patria sea ennoble­cida, y bajo sus auspicios se verifique aquella predicción de Petrarca:

Italia mía: Virtù contro a furore Prenderà I’arme, e fia el combatter corto: Che l’antico valore Nelli italici cor non è ancor morto.

[1]  Las cláusulas amplias a que se refiere Maquiavelo eran propias de los oradores que intentaban persuadir con su elocuencia, pobre de ideas muchas veces, rica en palabras siempre. Además, este estilo era corriente en la literatura italiana del siglo XV. Tácito, al que alude la nota atribuida a Napoleón, fue un historiador, latino —Cornlio Tácito (55?-120?)— autor de Diálogos de los Oradores, al que tal vez alude Bonaparte en esta ocasión, puesto que él, como historiador, precisamente fue maestro en el arte de la concisión y supo intercalar a lo largo de su obra (Germania, Vida de Agrícola, Los Anales) una serie de sentencias de verdadera profundidad, no huecas y sin sentido. En cuanto a Gibbon, Eduardo (1737-1794), es el historiador inglés de Historia de la decadencia y caída del imperio romano, al que Napoleón debía conocer, sin duda, mucho mejor. (Napoleón) « Como Tácito y Gibbon»

[2] (Nap.) «Así empecé y por ello es preciso empezar. Se aprecia mejor el fondo de los valles cuando éstos se miran desde los montes»

[3] La palabra fortuna está usada aquí tal como la entendió el hombre medieval: suerte, en este caso, adversa. Veremos aparecer la palabra fortuna varias veces a lo largo de los distintos capítulos. El Renacimiento trae y lleva este concepto en todo lo que se refiere a política, historia o acontecimiento personal o colectivo. La fortuna ayuda a la virtú o energía personal; sin la fortuna, la virtù puede fracasar.

[4] Traducimos Stati… tutti e domini en esta forma, porque siguiendo las notas al texto de María Maggi (Cappelli Editore, ob. cit.) a El Príncipe leemos y estamos de acuerdo en que Stato significa «forma de gobierno» y «zona de influencia de una nación»; pero aquí los dos términos tenían el mismo sentido y el segundo estaba tomado con mayor amplitud. M. Maggi cree que Maquiavelo empleaba el término Stato ya en sentido jurídico, ya como pueblo que vivía en aquel territorio.

[5] Observemos que Maquiavelo sólo habla de dos formas de gobierno, república y principado, y no menciona monarquía, cuando este último sistema puede ser también hereditario y electivo; caso de España, la monarquía de los visigodos, por ejemplo.

[6] (Nap.) «Así será el mío si Dios me da vida»

[7] Este personaje, nacido hacia 1401, muerto hacia 1466, fue ensalzado por los historiadores italianos por haber conquistado el ducado de Milán. Volveremos a encontrarlo en el capítulo VII de El Príncipe, en el que Maquiavelo, de nuevo atraído por esta figura, trazará en ella un «elogio militar»

[8] Se refiere, aquí por primera vez, a Fernando el Católico. Encontraremos de nuevo a Fernando de Aragón, casado con Isabel de Castilla, ambos promotores de la unidad nacional, en los capítulos XVI, XVIII y XXI. Algunas) veces el elogio vale para la época de Maquiavelo, no para la nuestra: Como cuando dice que prometía mucho y concedía poco, si bien pretende atenuarlo diciendo que era para el bien común. Maquiavelo no menciona a la reina nunca.

[9] Virtù en el original. Maquiavelo entiende esta palabra en sentido de energía interna y activa del hombre, la cual podía vencer a la suerte (fortuna)

[10] Se refiere a «otra obra», concretamente al primer libro de los Discursos sobre la primera Década de Tito Livio.

[11] (Nap.) «Sólo esto merece la pena por más que digan: sin embargo, es preciso que cante con su mismo tono hasta nueva orden»

[12] (Nap.) «Procuraré suplir el mérito al hacerme el decano de todos los soberanos de Europa»

[13] Se refiere a las situaciones imprevistas que surjan en un Estado. Por ello es preferible seguir el cauce de los antepasados, porque así hay sistema de prevenir tal como ellos lo hicieron.

[14] Es jactanciosa la nota atribuida a Nap.: «Lo veremos. Lo que me favorece es que no se lo he cogido a él, sino a un tercero que no era más que un insufrible cenagal de republicanismo. Lo odioso de la usurpación no debe acusárseme; los forjadores de frases a mi cuenta le han persuadido. No ha destronado más que a la anarquía. Mis derechos al trono de Francia están bastante bien dibujados en la novela de Lemont… En cuanto al trono de Italia, tendré una disertación de Montga. Eso les es necesario a los italianos que hacen de oradores. Era suficiente una novela para los franceses. El pueblo que no lee tendrá las homilías de los obispos y de los curas que mantienen hechos; y más aún, un catecismo aprobado por el Papa que no resistirá a esta magia. Ya que el Papa ha ungido mi frente como emperador no falta nada. A su cuidado permaneceré más seguro que ninguno de los Borbones»

[15] Traducimos in exemplis por «como ejemplo» y hacemos constar con los comentaristas de las ed. críticas italianas que esta expresión es una de las tantas que eran latinismos conservados en forma intacta a efectos de lengua y estilo.

[16] El duque de Ferrara que recibió los ataques de Venecia en 1484 y los del Papa Julio II en 1510-1512.

[17] (Nap.) «¡Cuántas piedras angulares me están dejando!», comenta Napoleón con la vaciedad y falta de seriedad que caracteriza a sus atribuidos comentarios «(…] Volveré a hallar allí mis águilas, mis N.í mis bustos, mis estatuas y, aún quizá, la carroza de mi coronación. Todo esto habla al pueblo incesantemente y le refresca la memoria.» Contrastemos esta nota con el texto escueto de Maquiavelo, el cual muestra un conocimiento perfecto de la naturaleza del pueblo y los efectos de toda innovación sobre él.

[18] Ma nel principato… Ma = pero, marcando continuidad y oposición a lo dicho en el capítulo anterior.

[19] Sigue la jactanciosa exposición de Bonaparte: «Como lo será el mío sobre Piamonte, Toscana, Roma, etc.»

[20] Varias veces concluye amargamente Maquiavelo en esta forma (¡pesimismo!) en otras obras suyas, consecuente a su falta de confianza en la fidelidad del hombre.

[21] (Nap.) «Poco me importa: lo justifica el éxito.»

[22] Más maquiavélico que el propio Maquiavelo, los comentarios de Bonaparte dicen: «¡Bribones! Me enseñan cruelmente esta verdad. Si no consiguiera librarme de su tiranía, acabarían conmigo»

[23] Provincia, provinciale. Están empleados en sentido latino: «región» y «habitantes de una región» Nosotros traducimos a la letra y aclaramos.

[24] (Nap.) «No me lo hubieran quitado los austro-rusos si yo no hubiera permanecido allí, el año 1793»

[25] El pueblo se puso de parte de los franceses, contra los Sforza, en espera de mejorar su situación. Luis XII de Francia, en 1499, con «Giangia como Trivulzio», se lanzó contra Ludovico el Moro. Luis XII tenía pretensiones al ducado de Milán como descendiente de Valentina Visconti. Aunque Ludovico abandonó la plaza y se dirigió a Alemania, a la corte de Maximiliano I, su suegro; sin embargo, Ludovico volvió a entrar al poco tiempo, en Milán, porque el pueblo no podía soportar el mando de los franceses. Después Ludovico el Moro murió en Francia, adonde fue conducido tras la derrota de Novara, al ser abandonado por sus mercenarios. Luis XII volvió entonces a Milán y los franceses gobernaron hasta 1512 (cuestión de la Liga Santa del Papa Julio II). Tras esta última fecha, Maximiliano Sforza recobró el trono de Milán. (Nap.) «Yo no había engañado las esperanzas de los que me hablan abierto sus puertas en 1793»

[26] (Nap.) «A eso me dediqué al recuperar este país el año 1800. Hay que preguntar al príncipe Carlos lo bien que me fue tal medida. No entienden nada de esto y así las cosas van para mí estupendamente»

[27] En el estilo de Maquiavelo se da un sistema de razonamiento desnudo, atento a las fórmulas clásicas de la lógica, concretamente al dilema: «o son o no son». En lengua italiana la prosa en este momento adquiere la rigidez del esquema: «o hablan o no hablan»

[28] (Nap.) «No volverá a suceder»

[29] (Nap.) «Al respecto sé más que Maquiavelo. Estos medios ellos no pueden ni remotamente sospecharlos; les aconsejan otros contrarios: más vale así»

[30]  (Nap.) «Aun cuando estuvieran libres, sabría yo reducirlos»

[31] (Nap.) «No me olvidaré de ello en todos los lugares en donde establezca mi dominación»

[32] Según nota al respecto de la ed. italiana de El Príncipe, efectuada por Maria Maggi, «Borgoña fue agregada a Francia en 1477 por Luis XI, Bretaña por Carlos VIII en 1453 y Normandía por Felipe II en 1204. Pero en la fogosidad de su razonamiento, Maquiavelo no siempre respeta el orden cronológico al citar, ni en los momentos ni en los hechos históricos.» (Nap.) «Bélgica nos ofrece un buen ejemplo»

[33] Recuérdese que Francia estaba lingüísticamente dividida en «langue d’oil» y «langue d’oc». Hasta 1539 con Francisco I (1494-1547), sucesor de su primo Luis XII, no se unificó y adoptó oficialmente una sola lengua. Fue él el que conquistó el Milanesado y se alió varias veces a los estados de Italia contra Carlos V. Por su protección al progreso de la lengua y la literatura fue llamado Padre de las Letras.

[34] (Nap.) «Le ayudarán» Comentario escueto y sibilino, como puede verse.

[35] (Nap.) «Tonterías de Maquiavelo. ¿Podría conocer él, tan bien como yo, todo el dominio de la fuerza? Pronto le daré una lección totalmente distinta en su mismo país, en Toscana, así como en el Piamonte, Parma, Roma, etc.»

[36]  (Nap.) «Voy a conseguir los mismos resultados sin conceder tanto a la debilidad.»

[37] El texto de Maquiavelo dice: «…disconformi di lingua, di costumi e di ordini»; traducimos ordini por eyes, entendiendo que se refiere a distintas «ordenanzas», tanto civiles, como políticas y militares.

[38] (Nap.) «¡Otra tontería! ¡La fuerza!» Nueva demostración de altanería y petulancia, de suficiencia sin recelo, doblemente estúpida por parte de Napoleón.

[39] Maquiavelo dice «fortuna e grande industria». Los comentaristas opinan que es necesario detenernos en la insistencia del autor: no sólo debe fiar en la suerte, sino en su ingenio, contra lo que opina otras veces, que con la fortuna basta. Aquí industria es prácticamente sinónimo de virtú.

[40] Los turcos ocuparon sucesivamente la península de los Balcanes. Primero fue Murad II (1422-1451); después Mahomet II (1451-1481); a continuación Bayaceto II (1481-1512), que murió envenenado por su hijo Sehm (1512-1520), el cual conquistó Egipto y Persia. A la caída de Constantinopla (1453), este conjunto pasa a ser el Imperio Turco en Europa. Constantinopla tomó entonces el nombre de Estambul y se convirtió en centro industrial y cultural a orillas del Bosforo.

[41] (Nap.) «Lo supliré con virreyes, o reyes que no serán más que dependientes míos: no obrarán si no es por orden mía, de lo contrario serán destituidos»

[42] (Nap.) «Es interesante que se enriquezcan (contra lo que opina Maquiavelo) si están atentos a mi servicio»

[43] (Nap.) «Me basta con que me teman»

[44] (Nap.) «Esto es imposible por lo que a m( respecta. El terror que mi nombre inspira suple mi presencia.»

[45] Maquiavelo utiliza la palabra colonias en sentido romano. Se trata de colonias o bases militares, nú lo que hoy entendemos por colonia con carácter, ante todo, económico. Alude también al mantenimiento de las colonias tal como acostumbraban a llevarlo los romanos (recordemos las protestas que nos desposeídos en tierras procuraban presentar)

[46] Maquiavelo: «Gente d’armi e ganti», se refiere (gente d’armi) a caballería e infantería todo a la vez. (Nap.) «Se hace uno y otro.»

[47] (Nap.) «Tiene razón. Me aprovecharé de esta recomendación»

[48] (Nap.) «Asi los quiero»

[49] Por repetir, resumiendo, los conceptos antes expuestos, esta parte falta en algunas versiones españolas. El Concluyo de Maquiavelo no debe interpretarse en plan retórico, puesto que ya advertimos en el estilo que huía de toda retórica. Se trata de un deseo de síntesis antes de pasar a otro punto.

[50] (Nap.) «Lo haré así con el Píamente cuando lo una a Francia. Tendré allí para mis colonias. Dejaré allí para mis colonias aquellos bienes que fueron confiscados por otros antes de que yo llegara y que se llaman bienes nacionales»

[51] (Nap.) «No veo más sistema que utilizar sistemas ligeros de venganza por benignidad: no se vengarán menos de ellos en mi beneficio. ¿Se sabe el a b c del arte de reinar cuando se desconoce que desagradando con poco, es como si se desagradara con mucho?»

[52] Maquiavelo dice «in modo che la non tema la vendetta» y se refiere, en forma tajante, a que, si es preciso hay que matar, pata evitar toda clase de venganza, y eliminar a todos los deudos del que se ha arrojado del gobierno junto con él para que no exista la más remota posibilidad de organizarse y vengar en su día. (Nap.) «No he observado bien esta regla, pero ellos arman a aquellos a quienes ofenden, y estos ofendidos me pertenecen.»

[53] (Nap.) «Los carga uno lo suficiente para que quede algo para él.»

[54] (Nap.) «No los temo cuando los obligo a quedarse en ella; y de ella no saldrán, al menos para eunirse contra mí.»

[55] (Nap.) «Para ello nada mejor que desposeerlos y apoderarse de sus despojos. Módena, Plasencia, Ñapóles, Roma y Florencia proporcionan otros nuevos»

[56] (Nap.) «Sobre este particular, aguardo a Austria en Lombardía.»

[57] Lícitamente, Maquiavelo conoce la historia a su manera: los etolios se unieron a los romanos por ser enemigos de Filipo III de Macedonia y los romanos lo vencieron. La verdadera historia es ésta, pero la crítica italiana reconoce la torcida interpretación que Maquiavelo da del hecho histórico a la vista del texto: Los romanos se aliaron con los etolios —menos poderosos— para reducir a Filipo III en Cinocéfalo (197 a. C.), y después se aliaron con Filipo, para poder derrotar a Antíaco, rey de Siria, que era el forastero potente a que alude Maquiavelo, y que estaba apoyado por los etolios. (Nap.) «Los que pueden llamarse en Lombardía, no son romanos»

[58] (Nap.) «¡Que buen socorro hallaría Austria contra mí entre las débiles potencias de Italia!»

[59] (Nap.) «¡Ganarlos! No me tomaré tal trabajo. Con mi fuerza se verán obligados a unirse a mí, especialmente en mi plan de Confederación del Rhin»

[60] (Nap.) «Es bueno saberlo para mis proyectos sobre Italia y Alemania»

[61] (Nap.) «Maquiavelo se admiraría del arte con que supe ahorrármelos»

[62] (Nap.) «Se encarga de desacreditarlos allí.»

[63] Antíoco es el forastero potente a que alude Maquiavelo. Se refiere a Antíoco III el Grande, rey de Siria (223-187 a. C.) Este declaró la guerra a los romanos a instancias de Aníbal. (Nap.) «¿Por qué no todos los demás?»

[64] (Nap.) «No era esto bastante, los hijos de Rómulo necesitaban mi escuela»

[65] Filipo V es el otro de los grandes y poderosos forasteros que no sólo no fue enemigo de Roma, sino que acabó aliándose con ella. Los romanos le derrotaron en Cinocéfalo en el ano 197 a. C.

[66] (Nap.) «Es lo mejor que pudieron hacer.»

[67] He aquí lo que Maquiavelo cree esencial para un hombre de Estado: la prudencia que, en el fondo, no tiene el mismo valor semántico que hoy damos a la palabra. Se trata más bien de astucia, de un oculto sentido de prevenir a tiempo.

[68] Véase el poco juicio literario de Bonaparte en la nota que sigue. No entiende la metáfora. (Nap.) «Maquiavelo tenía el ánimo enfermo al escribir eso, o había visto a su médico.»

[69] (Nap.) «Importante máxima, de la cual tengo que formarme una de las principales reglas de mi marcial y política conducta.» ¿Puede un jefe de Estado hablar de sí mismo en estos términos?

[70] (Nap.) «Es menester saber dominar sobre uno y otro» Era ésta una máxima de los florentinos y de Soderini, como gran amigo y protector de Maquiavelo. Sin embargo, a Maquiavelo la sentencia le disgusta, porque es contraria a la astucia que él predica.

[71] Se trata de Carlos VIH, que estuvo en Francia entre agosto de 1494 y julio de 1495.

[72] O sea, desde 1499 hasta 1512.

[73] (Nap.) «Prescribiré allí el uso de la lengua francesa, empezando por el Piamonte, que es la provincia más cercana a Francia. Para introducir las costumbres de un pueblo en otro extranjero, nada resulta más eficaz que acreditar allí su lengua»

[74] La actitud de los franceses al tener lugar la expedición de Carlos VIII fue causa de un levantamiento general de los estados italianos.

[75] (Nap.) «Me resultaba mucho más fácil comprar a los genoveses, los cuales, por especulación fiscal, me dieron entrada en Italia.»

[76] (Nap.) «He sabido proporcionarme ya el mismo honor, y no cometeré, verdaderamente, las mismas faltas.»

[77] (Nap.) «Los lombardos, a quienes simulé dar la Valtelina, el Bergamasco, Mantuano, Bresciano, etc., comunicándoles la manía republicana, me hicieron ya el mismo servicio. En cuanto sea dueño de su territorio, no tardaré el poseer el resto de Italia»

[78] Los príncipes italianos que se habían puesto del lado de Luis XII temían las ideas expansionistas de Venecia, de igual modo que temían también las de Alejandro VI, que quería consolidar y extender su poder.

[79] (Nap.) «Ellos no me serán necesarios para lograr esta ventaja»

[80] Se refiere al acuerdo con el Papa en 1499. El rey Luis XII, a fin de ayudar a César Borgia en su empresa, envió tropas al mando del barón de Digione, Antonio de Baissey, y del señor de Alegre, Yves de Tourzel.

[81] (Nap.) «Grave falta»

[82] (Nap.) «Es completamente necesario que yo embote los dos filos de su cuchilla. Luis XII sólo era un imbécil»

[83] (Nap.) «También lo haré yo; sin embargo, el reparto que haga no me quitará la supremacía; y mi querido José no me la disputará»

[84] (Nap.) «Asimismo lo será el que yo ponga allí»

[85] (Nap.) «Viéndome obligado a retirar de allí a mi José, no me hallo sin temores sobre el sucesor que le doy»

[86] (Nap.) «No faltará nada a las mías»

[87] (Nap.) «Se le hace nacer»

[88] (Nap.) «No era una, si él no hubiera cometido las otras.»

[89] (Nap.) «Su error consistió en no haber tomado bien el tiempo de ello.» Maquiavelo alude a la Liga de Cambray (1508), establecida por Maximiliano, Luis XII, Julio II, el duque de Ferrara, el marqués de Mantua, el duque de Saboya y el rey de España. Mediante dicha Liga, Luis XII pretendía quitar a Venecia las tierras que ésta había conquistado en los anos 1499 y 1500; con ello incurrió en un grave error, puesto que para conquistar estos territorios no era preciso unirse con España y los imperiales, y, por otra parte, al renunciar a sus aspiraciones sobre los Países Bajos, equilibraba en perjuicio propio la balanza del poder de Europa

[90] (Nap.) «El raciocinio no deja de ser bastante bueno para aquel tiempo»

[91] (Nap.) «Al primer descontento, declarar la guerra. Cuando esta rapidez de resolución sea conocida, nuestros enemigos se volverán más circunspectos»

[92] (Nap.) «En esto consiste el mayor arte de la política y mi criterio es que no podemos poseerle bastante lejos»

[93] Durante su primera misión en las Cortes de Francia.

[94] (Nap.) «¿Se precisaba más para que Roma anatematizara a Maquiavelo?»

[95] Es decir, la ruina de Francia fue causada por España y la Iglesia.

[96] (Nap.) «Lo cual no haré jamás»

[97] (Nap.) «Los enemigos no aparentan recelarlo»

[98] (Nap.) «Atención a esto: apenas puedo prometerme más que treinta años de reinado, y quiero tener hijos aptos para sucederme.»

[99] (Nap.) «El poder del solo nombre de Alejandro le contenía»

[100] (Nap.) «Carlomagno se comportó más sabiamente que aquel loco de Alejandro, que quiso que sus sucesores celebraran sus exequias con las armas en la mano»

[101] Los ministros de un soberano de tipo oriental carecen de poder propio y se limitan a llevar a cabo las funciones que les encarga el monarca.

[102] . El poder de los barones no deriva únicamente del capricho del soberano, sino que tiene también una fuente autónoma que consiste en la antigüedad de la sangre, la cual se ha convertido, con el tiempo, en una distinción social y política.

[103] (Nap.) «Antigualla feudal que en verdad temo verme obligado a resucitar, en el caso de que mis generales persistan en hacerme la ley de ello»

[104] (Nap.) «¡Famoso! Lo haré todo para conseguirlo»

[105] (Nap.) «Los caprichos de los emperadores son siempre respetables. Tienen sus razones para concebirlos.»

[106] Grados hereditarios y privilegios.

[107] (Nap.) «No tengo en absoluto ese estorbo, aunque sí otros equivalentes.»

[108] (Nap.) «Discurramos medios extraordinarios, ya que es totalmente preciso que el Imperio de Oriente vuelva al de Occidente»

[109] (Nap.) «¡Ojalá en Francia me encontrara yo en semejante situación!»

[110] (Nap.) «Mis fuerzas y mi nombre»

[111] (Nap.) «¡Porque no puedo hacer cambiar al mismo tiempo de lugar a Francia y a Turquía!»

[112] (Nap.) «Lo echo mucho de ver»

[113] (Nap.) «Se había comenzado tan bien en el ano de 1793»

[114] (Nap.) «Todo esto es muy cierto»

[115] (Nap.) «Sin embargo, Darío no era el igual de Alejandro como…»

[116] (Nap.) «He provisto a esto, y aún proveeré más»

[117] (Nap.) «En lo que a mí respecta, cuento con la misma ventaja»

[118] Pirro, rey de Epiro, arrebató en muy poco tiempo a los cartagineses gran parte de Sicilia, pero más tarde, a causa de las insurrecciones y traiciones surgidas en los territorios conquistados, tuvo que abandonar la empresa.

[119] (Nap.) «Esto no vale nada en el siglo en que vivimos»

[120] (Nap.) «Mala máxima, la continuación es lo que hay de mejor»

[121] . «Un Estado de los pocos», dice Maquiavelo, o sea, un régimen oligárquico.

[122] (Nap.) «En Milán, una comisión ejecutiva de tres adictos, como mi triunvirato dictatorial de Genova.»

[123] Los espartanos, tras su victoria en la guerra del Poloponeso y el regreso de los que hablan marchado de su patria, instauraron un gobierno oligárquico, llamado Gobierno de los Treinta Tiranos, con ayuda de Teramene. Este fue asesinado al año siguiente (403 a. C.) por traidor a la tiranía, y surgió entonces la reacción democrática, pues Trasíbulo, agrupando a los descontentos, restauró la libertad de Atenas. Al mismo tiempo Epaminondas logró poner fin en Tebas a la hegemonía espartana, venciendo en campo abierto al ejército de Esparta.

[124] . Capua fue terriblemente castigada durante la segunda guerra púnica, Cartago fue destruida en el año 146 a. C. y Numancia en 149 a. C.

[125] Grecia fue convertida en provincia en 146 a. C., tras la destrucción de Corinto.

[126] (Nap.) «Sin embargo, se puede hacer esto mismo de muchas formas sin destruir los Estados, aunque variando su constitución»

[127] Florencia arrebató Pisa a los Visconti en el ano 1405, y al año siguiente la subyugó. Pero los písanos se aprovecharon de la crisis causada por la expedición de Carlos VIII a Italia, así como del hundimiento del régimen de los Mediéis, para sublevarse. La reconquista de la ciudad costó a los florentinos considerables sumas y quince anos de espera. Maquiavelo fue protagonista de esta hazaña. De ahí su reflexión política sobre la debilidad de Florencia. (Nap.) «Ginebra podría darme alguna inquietud; sin embargo, no tengo nada que temer de los genoveses y los venecianos»

[128] (Nap.) «Sobre todo cuando se dice que se le traen la libertad e igualdad al pueblo»

[129] (Nap.) «Basta atemperar y revolucionar»

[130] (Nap.) «Esto no es preciso cuando uno las ha revolucionado y, habiéndoles dicho que son libres, las tiene firmes bajo su obediencia»

[131] Cuanto sigue es una deducción, o una aplicación particular de la doctrina maquiavélica de la imitación.

[132] (Nap.) «Ciertamente, a veces podré hacerte mentir»

[133] (Nap.) «Pase por esto» De esto modo se acercará también a la perfección.

[134] (Nap.) «Demostraré que, simulando asestar más abajo, se puede llegar allá con mayor facilidad»

[135] (Nap.) «El valor es más necesario que la suerte; él la hará nacer»

[136] Porque, al contar menos con la suene, ha puesto en sus acciones más valor.

[137] (Nap.) «Esto mira a mí»

[138] (Nap.) «No aspiro a tanta elevación: puedo pasarme sin ella»

[139] (Nap.) «Aumentaré esta lista»

[140] 141. Es decir. Dios.

[141] (Nap.) «No preciso más; ella vendrá. Estemos dispuestos a cogerla»

[142] (Nap.) «El valor primero de todo»

[143] (Nap.) «Es la condición y la situación actual de los franceses»

[144] (Nap.) «Mi benéfica loba estuvo en Brienne. ¡Rómulo, te eclipsarán!»

[145] (Nap.) «¡Quita allá!»

[146] (Nap.) «¡Desdichado héroe!»

[147] (Nap.) «Actualmente, ¿bastaría su punta de sabiduría?»

[148] (Nap.) «Esto se consigue con cierta astucia»

[149] (Nap.) «¿No sabe tener uno, pues, a sus órdenes algunos maniquíes legislativos?»

[150] (Nap.) «Sabré inutilizar su actividad»

[151] (Nap.) «El buen hombre ignoraba cómo se proporciona uno entonces acalorados defensores, que hacen arrollar a los otros»

[152] (Nap.) «Esto únicamente sucede a los pueblos algo sabios y que aún conservan alguna libertad»

[153] (Nap.) «Estoy a cubierto contra todo ello»

[154] (Nap.) «¡Bonito descubrimiento! ¿Quién puede ser bastante cobarde para semejante demostración de debilidad?»

[155] (Nap.) «Los oráculos son entonces infalibles»

[156] (Nap.) «Nada hay más natural»

[157] . (Nap.) «Me tienen ellos actualmente, sobre todo después del testimonio del Papa, por un pío restaurador de la religión y un enviado del Cielo»

[158] (Nap.) «Nunca careceré de medios para ello»

[159] Jerónimo Savonarola (1452-1498), fraile dominico que, a causa de haber predicho la venida de los franceses a Italia, adquirió en Florencia fama de profeta, lo cual, junto con la fascinación que ejercía sobre las gentes y su prestigio de gran moralizador y predicador, hizo que tuviera mucha influencia en la formación de las instituciones de la República de Florencia. Sin embargo, habiéndose granjeado la oposición de los franciscanos, de los laicos y de Alejandro VI, fue procesado y quemado en público. Maquiavelo le culpa de haber pretendido hacer política mediante la religión, cosa que redunda en perjuicio de una y otra.

[160] (Nap.) «Esto no me asusta»

[161] . (Nap.) «Para mí no está aún totalmente claro este último punto, y he de conformarme con los tres restantes»

[162] Hieren II, tirano de Siracusa, nacido hacia 306 a. C. y convertido en rey en 263. Tras haber sido aliado de los cartagineses en la primera guerra púnica, reconoció la autoridad de los romanos y se alió con ellos, a fin de conservar la autonomía de los griegos en Sicilia. (Nap.) «Desde los estudios de mi niñez, jamás ha salido 61 de mi pensamiento. Había nacido en un país inmediato al mío, y tal vez pertenezco a la misma familia»

[163] Traducción libre de Justino, XXII, 4. (Nap.) «Evidentemente, con alguna ayuda. Héteme aquí como él»

[164] Justino XXII: «Para reinar, no le faltaba más que un reino.» (Nap.) «Mi madre dijo en numerosas ocasiones lo mismo de mí, y la amo a causa de sus pronósticos»

[165] (Nap.) «Es de buen agüero»

[166] (Nap.) «Como necios que se dejan llevar y son incapaces de hacer nada por sí mismos.»

[167] (Nap.) «Es imposible»

[168] (Nap.) «Todo deben ser obstáculos para las gentes de esta clase»

[169] Darío I, emperador de los persas, dividió en satrapías las ciudades griegas del Asia Menor, la Jonia y las tierras del Helesponto, al frente de cada una de las cuales puso un dignatario (sátrapa) de toda confianza.

[170] (Nap.) «Los aliados no tuvieron otra mira que ésta»

[171] (Nap.) «Hay muchos otros que se hallan en este mismo caso.»

[172] (Nap.) «Como simple particular y lejos de los Estados en que uno es exaltado: es lo mismo.

[173] (Nap.) «En esto los aguardo»

[174] (Nap.) «Por más ilustre suerte que se haya tenido al nacer, cuando uno pasó veintitrés años en la vida privada, como en familia, alejado de un pueblo, cuya índole se ha transformado casi por completo, y después es transportado de pronto a él en alas de la fortuna y por manos extranjeras para reinar allí, es como un Estado nuevo de los que menciona Maquiavelo. Los antiguos prestigios morales de convención se interrumpieron allí muy por extenso para existir de otra forma que de nombre»

[175] (Nap.) «Este oráculo es más que el de Calchas»

[176] (Nap.) «Yo me había formado los míos antes de serlo»

[177] (Nap.) «Mi caso y el de ellos»

[178] (Nap.) «¿A quién me parezco más? ¡Magnifico agüero!»

[179] César Borgia fue primero nombrado cardenal de Valencia; más tarde, tras cambiar el hábito por las armas, obtuvo de Luis XII el condado de Valencia y el título de duque de Valentinois. Después de librarse del duque de Gandia, su hermano, y del duque de Bisceglie, marido de su hermana Lucrecia, se convirtió en dueño de Roma, y posteriormente en señor de toda Italia.

[180] (Nap.) «Con frecuencia bien, y a veces mal»

[181] (Nap.) «Para reinar, claro está. Los otros sólo son sobresalientes insulseces»

[182] (Nap.) «Sobre todo cuando uno los forma a tientas, con timidez…»

[183] (Nap.) «¿Mejor que yo? Lo veo difícil»

[184] (Nap.) «En verdad querría yo que no lo hubieras dicho a nadie más que a mi; pero no saben leerte, lo cual es lo mismo»

[185] (Nap.) «He de quejarme de ella, pero la corregiré»

[186] Rodrigo Borgia fue elegido Papa, con el nombre de Alejandro VI, en 1492, heredando un Estado ulcerado por discordias internas, pues Roma se hallaba dividida entre las facciones de los Colonna y los Ursino, y el gobierno carecía totalmente de autoridad y de fuerza.

[187] Ludovico el Moro protegía a Catalina Sforza, señora de Forii, y a su sobrino Juan Sforza, señor de Pesaro. Además, los venecianos se habrían opuesto a una expansión en la Romana.

[188] (Nap.) «¿Saldré yo mejor de un mayor apuro de esta especie, para dar reinos a mi José, a mi Jerónimo…? Por lo que concierne a Luis, será si queda alguno con el que yo no sepa qué hacer»

[189] Es decir, de los Vitelli, Baglioni, Ursino y Colonna.

[190] Los Ursino y Colonna eran los enemigos naturales de los Papas y se habían aliado con los principales capitanes de la época. Eran asimismo contrarios a los Borgia Oliverotto de Ferino y Pan-dolfo Petrucci de Siena.

[191] (Nap.) «El Alejandro con tiara no me desconocería más que el Alejandro con casco»

[192] (Nap.) «¡Su parte! Es demasiado poco para mí»

[193] (Nap.) «He, sabido dar origen a otras, más dignas de mí, de mi siglo y más a mi conveniencia»

[194] Los italianos querían obtener de los franceses Cremona y la Ghiaradadda. Por otra parte, las pretensiones de los venecianos sobre la Lombardía y la alianza entre aquellos y los franceses crearon una nueva ocasión que el Papa se apresuró a aprovechar.

[195] (Nap.) «La prueba que realicé ya, cediendo el ducado de Urbino para conseguir la firma del Concordato, me convence de que en Roma, como en otros lugares, ahora, como entonces, una mano lava la otra, y esto promete…»

[196] (Nap.) «Los genoveses me abrieron Italia con la loca esperanza de que sus grandiosas rentas sobre Francia serían pagadas sin reducción: Quid non cogit auri sacra fames? Ellos tendrán siempre por lo menos mi benevolencia con preferencia a los demás italianos»

[197] César Borgia comenzó la campaña en noviembre de 1499, al mes siguiente ocupó Imola, y en enero de 1500 Forli y Cesena. De este modo se enseñoreó de aquel Estado y empezó a ser temido. Más tarde, en abril de 1501, fue conquistada Faenza, después de haberlo sido Pesaro y Rímini. Alejandro invistió a su hijo con el ducado de la Romana.

[198]  (Nap.) «Caro he pagado el no haber tenido igual desconfianza, en lo que respecta a mis favorecidos aliados de Alemania»

[199] (Nap.) «¡Porque no le fue posible obrar de esta manera!»

[200] (Nap.) «Mis Colonnas son los realistas; mis Ursinos, los jacobinos, y mis nobles serán los jefes de unos y otros»

[201] (Nap.) «Yo había comenzado ya en parte todo esto incluso antes de llegar al consulado, en que me fue bien con haber completado al punto todas estas operaciones»

[202] (Nap.) «La he encontrado en el Senadoconsulto de la máquina infernal de Nivoso, así como en mi maquinación de Arena y Topino en la ópera»

[203] (Nap.) «Estas dos cosas no se pudieron perfeccionar en la misma época; sin embargo, lo fueron después de aquel tiempo»

[204] En efecto, reunidos en octubre de 1502 Vitellozzo Vitelli, Juan Pablo Baglioni, Pandolfo Petrucci, Pablo y Francisco Ursino, Oliverotto de Fermo y otros, formaron una alianza ofensiva y defensiva, ante el temor de ser aniquilados uno a uno.

[205] (Nap.) «Vi otros semejantes: Pichegru, Mallet… De todos triunfé sin necesidad alguna de los extranjeros»

[206] (Nap.) «Lo hice, sin tener necesidad de nadie»

[207] (Nap.) «Qui nescit dissimulare, nescit regnare. Luis XI no sabía bastante, pues habría debido decir: Qui nescit f altere, nescit regnare»

[208] (Nap.) «Lo que quedaba contra mí de más formidable entre mis Colonnas y Ursinos, no se escapó mejor.»

[209] En diciembre de 1502, Otiverotto de Fermo, Pablo Ursino y Vitellozzo Vitelli fueron atraídos a Sinigaglia, donde se les apresó y mató.

[210] (Nap.) «Estar seguro de haber hecho sumamente bien una cosa y otra»

[211] Pues al saber lo ocurrido en Sinigaglia, Guidobaldo de Montefeltro abandonó inmediatamente Urbino y se refugió en Venecia.

[212] (Nap.) Veinte años, ¿conoció Francia el orden de que disfruta en la actualidad, y que únicamente mi brazo podía restablecer?»

[213] (Nap.) «Ella es mil veces más provechosa para los pueblos que odiosa para algunos forjadores de frases»

[214] (Nap.) «Como los artífices de Repúblicas francesas»

[215] (Nap.) «Igual que en la Francia republicana»

[216] (Nap.) «Exactamente igual que en Francia, antes de que yo reinara en ella»

[217] (Nap.) «¿No es esto lo que yo hice? Se necesitaba firmeza y dureza para reprimir la anarquía»

[218] Este personaje fue nombrado lugarteniente del duque en Romana en 1501; en diciembre del año siguiente fue hecho prisionero, encontrándosele muerto poco después.

[219] (Nap.) «F…, serás mi Orco»

[220] (Nap.) «No te necesitaba yo a ti para esto.»

[221] «De ahí que yo suprima tu Ministerio, y te agregue a la jubilación de mi Senado.»

[222] Antonio del Monte.

[223] . (Nap.) «El crear una Comisión senatorial de la libertad individual, que no obstante sólo hará lo que yo quiera.»

[224] (Nap.) «Nadie está más condenado que él, por la opinión pública, a ser mi macho cabrio emisario.»

[225] (Nap.) «Rabio de no poder desgraciarle sin inutilizarle.»

[226] (Nap.) «Buenos tiempos aquellos en que se podían efectuar estos castigos que él habría encontrado meritorios.»

[227] . Satisfechos por la muerte del cruel tirano, asombrados por la extrema rapidez de la ejecución.

[228] . El de haber consentido un acrecentamiento del poderío del Papa.

[229] (Nap.) «Bien y muy bien obrado.»

[230] Después de la batalla de Ceriñola, que tuvo lugar en abril de 1503, el Papa, viendo que los franceses se hallaban en situación desesperada, inició negociaciones con los españoles en vista de una expedición hispano-pontificia en la Italia del norte y del centro; pero sin resultado, a causa de la repentina muerte de Alejandro VI en agosto de 1503.

[231] (Nap.) «Estos malditos sí me impacientan.»

[232] (Nap.) «Es preciso prever estos contratiempos.»

[233] (Nap.) «Magníficamente bien hallados.»

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