El príncipe

  1. Aunque no he querido desviarme de los ejemplos italianos y recientes, tampoco quiero dejar de lado a Hierón de Siracusa, uno de los que ya he nombrado anteriormente. Este, como dije, nombrado por los siracusanos jefe de sus ejércitos, conoció enseguida que la milicia mercenaria no era útil, porque sus jefes eran lo que fueron en adelante los capitanes de Italia; y, al ver que no podía conservarlos ni retirarlos, los hizo descuartizar a todos: hizo después la guerra con sus propias armas, y no con las ajenas. Quiero traer a la memoria todavía un hecho del Antiguo Testamento que guarda relación con mi materia. Ofreciendo David a Saúl ir a pelear con Goliat, provocador filisteo, Saúl, para darle alientos, lo armó con sus propias armas: David, después de habérselas puesto, las rehusó, diciendo que con ellas no podía valerse bien por sí mismo, y que prefería acometer al enemigo con su honda y su cuchillo. En fin, las armaduras de los demás, o se te caen de los hombros, o te pesan, o te aprietan demasiado.
  2. Carlos VII, padre del rey Luis XI, habiendo liberado a Francia de los ingleses con su fortuna y valor, conoció la necesidad de armarse con armas propias, y ordenó que en su reino hubiera infantería y caballería. Después, el rey Luis, su hijo, acabó con la infantería y comenzó a tomar suizos a sueldo: este error, seguido por los demás, es, como lo vemos ahora, la causa de los peligros de aquel reino. Porque, habiendo dado reputación a los suizos, desalentó a su propio ejército; porque al suprimir por completo la infantería hizo dependiente de las armas ajenas su propia caballería; y porque ésta, acostumbrada a militar con los suizos, no cree que pueda vencer sin ellos. De ahí resulta que los franceses no bastan para pelear contra los suizos, y sin los suizos no intentan nada contra otros. Los ejércitos de Francia eran, pues, mixtos, en parte mercenarios y en parte propios: Estos ejércitos, todos juntos, son mucho mejores que los simplemente auxiliares o simplemente mercenarios, y muy inferiores a los propios. Y baste dicho ejemplo: porque el reino de Francia sería invencible si la institución militar de Carlos se hubiera acrecentado o al menos conservado. Pero la poca prudencia de los hombres les lleva a aceptar una cosa que, por tener apariencias de bien, hace que no se acuerden del veneno que oculta, como dije antes acerca de las fiebres tísicas.
  3. Por lo tanto, aquel que en su principado no descubre los males cuando nacen, no es verdaderamente sabio: y esto es dado a muy pocos. Si consideráramos la primera causa de la ruina del Imperio romano encontraríamos que reside en el momento en que comenzaron a tomar godos a sueldo, porque desde entonces empezaron a enervarse las fuerzas del Imperio romano; y todo el valor que se le hacía perder se convertía en provecho de ellos. Concluyo, pues, que sin tener armas propias ningún principado está seguro, antes depende enteramente de la suerte, al no tener el valor que sería necesario para defenderle en la adversidad. Y fue siempre opinión y máxima de los hombres sabios, quod nihil sit tam infirmum aut instabile, quam fama potentiae non sua vi nixa. Las armas propias son las que están compuestas o por súbditos, o por ciudadanos, o por criados tuyos: todas las demás son mercenarias o auxiliares. El modo para formarse armas propias será fácil de hallar si se examinan las instituciones de los cuatro que he citado antes, y si se considera cómo Filippo, padre de Alejandro Magno, y cómo muchas Repúblicas y príncipes se armaron y se constituyeron: y a estas constituciones me remito plenamente.

XIV DE LAS OBLIGACIONES DEL PRÍNCIPE EN LO QUE CONCIERNE AL ARTE DE LA GUERRA

1.UN príncipe, pues, no debe tener otro objeto ni otro pensamiento, ni cultivar otro arte más que la guerra, el orden y la disciplina de los ejércitos, porque éste es el único arte que se espera ver ejercido por el que manda. Y es de tanto valor, que no solamente mantiene a los que han nacido príncipes, sino que muchas veces, a los hombres de condición privada, les hace ascender a aquel grado; y por el contrario se ve que, cuando los príncipes han pensado más en las delicias de la vida que en las armas, perdieron su Estado. Y la primera causa que te lo hace perder es descuidar este arte; y la razón que te hace conquistarlo es profesar este arte.

  1. Francisco Sforza, por ser hombre de armas, de particular se convirtió en duque de Milán; y sus hijos, por huir las incomodidades de las armas, de duques se convirtieron en particulares. Entre las demás razones del mal que te acaecerá si no ejerces por ti mismo el oficio de las armas está el menosprecio; ésta es una de las infamias de las que el príncipe debe preservarse, como más adelante se dirá. Entre el que es guerrero y el que no lo es, no hay ninguna proporción; y no es razonable que quien está armado obedezca gustosamente al que está desarmado, y que el desarmado se encuentre seguro entre servidores armado. Pues, habiendo en el uno desdén y en el otro sospecha, no es posible que realicen juntos buenas operaciones. Por otra parte, un príncipe que no entiende nada de guerra, además de las otras calamidades, como he dicho, no puede ser apreciado por sus soldados, ni fiarse de ellos.
  2. Debe, por tanto, no alejar nunca el pensamiento del ejercicio de la guerra, y en la paz se debe ejercitar más que en la guerra; esto puede hacerlo de dos maneras: una con acciones, y la otra con pensamientos. En cuanto a las acciones, además de tener bien ordenadas y ejercitadas sus tropas, debe ir a menudo de caza, mediante la cual, por una parte, acostumbra el cuerpo a la fatiga, y por otra observa la naturaleza de los lugares y conoce cómo surgen los montes, cómo desembocan los valles, cómo yacen las llanuras, y asimismo comprende la naturaleza de los ríos y de los lagos, en todo lo cual debe poner la mayor atención. Estos conocimientos son útiles de dos modos. En primer lugar, aprende a conocer el propio país, y puede entender mejor su defensa; y, además, mediante el conocimiento y la visita frecuente de aquellos lugares, comprende con facilidad cómo debe ser cualquier otro lugar en el que tenga que combinar operaciones militares: porque las colinas, los valles, las llanuras, los ríos y los lagos que hay, por ejemplo, en Toscana, tienen con los de las otras provincias cierta similitud: hasta tal punto, que mediante el conocimiento de una provincia se puede fácilmente llegar al conocimiento de las otras. El príncipe que carece de esta pericia, no posee el primero de los talentos necesarios a un capitán; porque ella enseña a encontrar al enemigo, a tomar alojamiento, a conducir ejércitos, a dirigir batallas, a talar un territorio con acierto.
  3. Filipómenes, príncipe de los aqueos, entre las numerosas alabanzas que le dieron los escritores, está la de que, en tiempo de paz, no pensaba nunca si no en los modos de hacer la guerra; y, cuando estaba en el campo con sus amigos, a menudo se detenía y razonaba con ellos: «Si los enemigos estuvieran en aquella colina, y nosotros nos encontráramos aquí con nuestro ejército, ¿quién de nosotros tendría ventaja? ¿Cómo se podría ir, observando las reglas de la táctica, a su encuentro? Si quisiéramos retroceder, ¿cómo tendríamos que hacerlo? Si ellos retrocedieran, ¿cómo haríamos para seguirlos?» Y les proponía, andando, todos los casos en que se puede encontrar un ejército; escuchaba su opinión, decía la suya, y la corroboraba con razones: de modo que, gracias a estas continuas reflexiones, al guiar sus ejércitos nunca podía sobrevenir accidente alguno cuyo remedio no tuviera.
  4. Pero, en cuanto al ejercicio de la mente, debe el príncipe leer las historias, y en ellas considerar las acciones de los hombres insignes, ver cómo se gobernaron en las guerras, examinar las causas de sus victorias y sus pérdidas, para poder evitar éstas e imitar aquéllas; y sobre todo debe, como hicieron ellos, escoger entre los antiguos héroes cuya gloria fue más celebrada un modelo cuyas proezas y acciones estén siempre presentes en su ánimo: como se dice que Alejandro Magno imitaba a Aquiles, César a Alejandro, Escipión a Ciro. Cualquiera que lea la vida de Ciro escrita por Jenofonte, reconocerá después en la vida de Escipión cuánta gloria le resultó de aquella imitación, y hasta qué punto en la castidad, la afabilidad, la humanidad y la liberalidad se conformó Escipión con aquellas cosas que de Ciro escribe Jenofonte. Estas son las reglas que debe observar un príncipe sabio, y lejos de permanecer ocioso en tiempo de paz, fórmese con talento un abundante caudal de recursos, para poder valerse de ellos en las adversidades, a fin de que, cuando la fortuna se le vuelva contraria, le encuentre dispuesto a resistirse a ella.

XV DE LAS COSAS POR LAS QUE LOS HOMBRES, Y ESPECIALMENTE LOS PRÍNCIPES, SON ALABADOS O CENSURADOS

  1. QUEDA ahora por ver cuáles deben ser las formas de comportarse un príncipe con los súbditos y con los amigos. Y, como sé que muchos han escrito sobre este tema, no temo, al escribir también yo sobre ello, ser tenido por presuntuoso, ya que partiré, especialmente al tratar esta materia, de lo dicho por ellos. Pero, siendo mi intención escribir una cosa útil para quien la comprende, me ha parecido más conveniente seguir la verdad real de la materia que los desvaríos de la imaginación en lo concerniente a ella. Muchos han imaginado Repúblicas y principados que nunca vieron ni existieron en realidad. Hay tanta distancia de cómo se vive a cómo se debería vivir, que el que deja el estudio de lo que se hace para estudiar lo que se debería hacer aprende más bien lo que debe obrar su ruina que lo que debe preservarle de ella: porque un hombre que en todas las cosas quiera hacer profesión de bueno, entre tantos que no lo son, no puede llegar más que al desastre. Por ello es necesario que un príncipe que quiere mantenerse aprenda a poder no ser bueno, y a servirse de ello o no servirse según las circunstancias.
  2. Dejando, pues, a un lado las cosas imaginarias acerca de un príncipe, y hablando de las que son verdaderas, digo que todos los hombres, cuando se habla de ellos, y en particular los príncipes por estar colocados a mayor altura, se distinguen con algunas de aquellas cualidades que les acarrean censuras o alabanzas. Y así, el uno es tenido por liberal, el otro por miserable (usando un término toscano, porque en nuestra lengua avaro es también el que desea enriquecerse mediante rapiñas, y llamamos miserable al que se abstiene demasiado de usar lo que posee); uno es considerado dadivoso y otro rapaz; uno cruel y otro compasivo; uno desleal y otro fiel; uno afeminado y pusilánime, y otro feroz y valeroso; uno humano, otro soberbio; uno lascivo, otro casto; uno sincero, otro astuto; uno duro, otro flexible; uno grave, otro ligero; uno religioso, otro incrédulo, etc.
  3. Y yo sé que todos confesarán que sería cosa muy loable que en un príncipe se encontraran todas las cualidades mencionadas, las que son tenidas por buenas: pero, como no se puede tenerlas todas, ni observarlas a la perfección, porque la condición humana no lo consiente, es necesario que el príncipe sea tan prudente, que sepa evitar la infamia de los vicios que le harían perder el Estado, y preservarse, si le es posible, de los que no se lo harían perder; pero, si no puede, estará obligado a menos reserva abandonándose a ellos. Sin embargo, no tema incurrir en la infamia de aquellos vicios sin los cuales difícilmente puede salvar el Estado; porque, si se pesa bien todo, se encontrará que algunas cosas que parecen virtudes, si las observa, serán su ruina, y que otras que parecen vicios, siguiéndolas, le proporcionarán su seguridad y su bienestar.

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