Culturas democráticas y participación

La tesis de que la democracia es el mejor sistema político es uno de esos lugares comunes que mejor no mirarlo de cerca. Si lo hacemos, lo primero que descubrimos es que cada cual entiende por democracia lo que quiere, que la palabra común cubre ideas muy diferentes. Una vez reconocida la circunstancia, la tentación más inmediata, para salvar de algún modo el tópico, es la de comparar las diversas ideas y, por así decir, darle la vuelta: aquilatarlas, quedarse con la mejor y otorgar a esa idea el apreciado rótulo de democracia. Pero la operación, amén de tramposa, se revela de poco provecho porque el acuerdo acerca del criterio de comparación (¿la mejor para qué?) no es mucho mayor que el que existe acerca de la idea de democracia. Las diversas ideas de democracia apelan a principios bien diferentes: el bienestar, la libertad, la autorrealización, la estabilidad.

En esas condiciones, con distintas ideas y distintos criterios, no cabe ni la comparación. Para comparar, se necesita un baremo común, un criterio “externo”, al modo como podemos comparar el peso o el precio de objetos por demás bien diferentes y reconocer que uno es más ligero o más caro que otro. Si varían la idea y el baremo, la comparación resulta imposible y solo queda valorar cada artefacto o institución según los objetivos específicos para los que está diseñado.

En las páginas que siguen se van a perfilar cuatro ideas distintas de democracia cada una de ellas asociada a distintos niveles de participación ciudadana, con distintas “economías de virtud”. Nuestra atención se concentrará en tres de ellas: la liberal elitista, la republicana elitista y la republicana igualitaria (o republicana a secas). La evaluación de cada una se hará a partir de su particular idea de “buen sistema de decisión”.

La determinación de que se entiende por “buen sistema de decisión” no es sencilla y traza demarcación: las tradiciones republicanas se refieren a al sistema que asegura “las decisiones más justas” y las liberales, al sistema que apunta a “las decisiones que tienen en cuenta las demandas (los intereses) de los más”. Se verá que, valoradas cada una según su particular criterio, las dos versiones (liberal y republicana) elitistas no quedan bien paradas, que no parecen estar a la altura del propósito que las justifica.

Frente a esos modelos de democracia, hacia el final, se defenderá, siquiera tentativamente, la democracia republicana igualitaria, relacionada con las ideas de participación y deliberación. También en este caso, el criterio de valoración será la calidad de las decisiones que, de acuerdo con su raíz republicana, se corresponde con las decisiones más justas. La defensa procederá en dos pasos. Primero se mostrará el vínculo conceptual que hay entre deliberación y buena toma de decisiones (más justas). Esta convicción es común a todos los republicanismos, incluido el elitista. El segundo paso intentará mostrar que la (buena) deliberación necesita de la participación. Ello se hará, sobre todo, de un modo negativo, a través de la crítica al republicanismo elitista que nos revelará como la deliberación queda pervertida en ausencia de participación. (Pág. 1)

En el artículo se describen las distintas ideas de democracia y los cuatro tipos ideales que son el republicanismo elitista, el liberalismo elitista, el republicanismo igualitario y el asambleísmo.

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