¿Cuánta democracia acepta la desigualdad?

Pero incluso una mirada superficial de América Latina demuestra que esas convicciones y las recetas políticas que las acompañan son discutibles

«El fin de la guerra fría, el triunfo del mercado y la ola de democratización que ha recorrido casi todas las regiones del globo han provocado el renacimiento de una de las falacias centrales de los años sesenta: la hipótesis de que «todo lo bueno llega a la vez».

En la actualidad, tanto en los círculos políticos como en los académicos se expresa reiteradamente la convicción de que la liberalización económica y la política se refuerzan y complementan mutuamente. Los mercados abiertos, con su promesa de altos niveles de crecimiento económico, alentarán y alimentarán la democracia política.

La democracia política, con su insistencia en el imperio de la ley y en los derechos individuales, brindará el marco de referencia idóneo para el mercado. Este tipo de convicciones van acompañadas de recetas políticas, procedentes sobre todo de los Estados Unidos y de las agencias multinacionales, que proclaman que hay que seguir un modelo general: la difusión de los mercados y de la propiedad privada preparará el terreno a la democracia, y las nuevas democracias, si es que quieren florecer, darán más valor a la eficiencia que a la distribución.

Cuando es necesario tomar decisiones y determinar su orden, se considera en general deseable que las reformas económicas sean las principales y que tengan preferencia sobre las políticas, aunque sólo sea porque se considera que el capitalismo es una precondición para la democracia.

Las razones se remontan a una correlación innegable que Seymour Martin Lipset fue el primero en indicar: es probable que niveles superiores de riqueza estén asociados a una mayor igualdad, a más comunicación social, industrialización, etcétera, factores que a su vez exigen los sistemas políticos complejos y descentralizados característicos de la democracia.

Pero incluso una mirada superficial de América Latina demuestra que esas convicciones y las recetas políticas que las acompañan son discutibles. Aunque puede que sea cierta la correlación entre desarrollo económico y democracia política en el caso de otras regiones y otros periodos, en la América Latina contemporánea es igualmente plausible sostener que la tendencia actual al liberalismo económico no conducirá a la formación de democracias estables y si las nuevas democracias quieren sobrevivir, se verán cada vez más obligadas a ampliar su base social y a fortalecer sus Estados, aun a costa del alcance y del ritmo de las reformas económicas.

Esta predicción parte de dos fenómenos relacionados característicos de la región: los enormes obstáculos generados por los niveles excepcionalmente altos de desigualdad y el problema de la estatalidad democrática. Estos fenómenos, tal vez más que ningún otro, diferencian a América Latina de Asia». (Pág 1).

Tipo de documento: Artículo | Editorial: Diario El País

4.9/5 - (7 votos)