Temas de discusión pública e información política II

Hemos constatado de manera general que sobre temas de larga discusión existen mayores grupos de ciudadanos informados a diferencia de grupos mayoritarios desinformados sobre temas de actualidad.  Hemos aventurado algunas explicaciones en el contexto de diferenciar la durabili­dad en el tiempo de los temas, la preeminencia de ellos para la gente e incluso la manera de cómo en las encuestas de opinión pública se pueden presentar sobre un mismo tema diferentes tipos de preguntas, —sin indu­cir resultados— y encontrar respuestas distintas.

Es pues pertinente introducir en la discusión el rol que les compete a los medios de comunicación en este proceso. Sartori[1] argumenta que el hombre ha dejado de ser un animal simbólico para pasar a ser un animal vidente en el sentido que lo visual predomina y por añadidura la televisión. El argumento no es nuevo en dicho autor, rasgo del mismo se notan en sus “Elementos de Teoría Política” en el capítulo sobre el vídeo—poder y su obra “Ingeniería Constitucional”. En éstos se presentan una serie de argumentos en cuanto al papel principalmente de la televisión en la política. La televisión no es la única media, pero que duda cabe es quizás en la actualidad la más importante.

Su principal objeción radica en el hecho que la televisión y la multi­media reduce la capacidad de abstracción de los individuos y por ende se­ría la causante de la pérdida de esta capacidad, que de hecho ha marcado la diferencia entre los animales y los seres humanos. Su argumento se­cundario es que la información política presentada en la televisión es muy pequeña y limitada en calidad, en donde lo importante es la imagen y no la descripción de los hechos. Y que sobre todo que desinforma y subin­forma, dando una serie de ejemplos contundentes por impresionantes y porque reflejan el estado en que se encuentra ese medio.

Mi cuestionamiento no está en la situación de los medios, sino prin­cipalmente en saber si esta situación no es la misma que se manifestaba en los momentos históricos en que la televisión no existía y si era el perió­dico, el cine o la radio instrumentos que cumplían la misma función, aun­que ciertamente con menos eficacia. La situación podría afirmarse no ha cambiado sino el cambio se manifiesta en la magnitud de la desinforma­ción.

Como sabemos la propaganda nazi no necesitó de la televisión para ser eficaz, pues en el lenguaje de la política la realidad la crean los políti­cos y lo que sucede con certeza es que los medios la amplifican en el sen­tido de llegar a más personas, pero la simplifican al reducir al mínimo la cantidad de información y la ventaja relativa es que se pueden conocer —si uno está interesado en la cuestión— por lo menos dos opiniones discor­dantes.

El temor del autor es que la televisión le robaría al ser humano su sentido crítico o por lo menos lo reduciría en tal magnitud que le impediría distinguir entre lo bueno y lo malo. Entonces el poder de los medios y en especial de la televisión estaría expresado en la manera de presentar y controlar los contenidos informativos de tipo político y simultáneamente estaría en la posibilidad de acabar con la capacidad de abstracción de los seres humanos, reduciendo la humanidad a un hombre que sólo ve.

La causa de la desinformación y del desinterés por la política no puede ser achacada a los medios de comunicación, de hecho, otros facto­res intervienen en esta situación, por lo que la situación sería más com­pleja en tanto se introduce en las sociedades que la política es cualquier cosa ética y moralmente negativa y no lo que la política significa en la vida de las personas y de las implicancias de desentenderse de ella. Los casos en nuestro país son por más elocuentes, pues muchos “independientes” o “ilustrados” afirman que la política es o da nauseas, que tiene un compo­nente negativo y repugnante y sin embargo omiten deliberadamente que están haciendo política y que buscan ser elegidos.

La lógica del argumento es: usted no haga política porque es sucia, yo me ensuciaré por usted. Y de esta forma se excluye a mucha gente que cree en ese argumento.

Si es así la cuestión, porqué no notamos el poder de éste medio y encontramos que los ciudadanos están más y mejor informados de los asuntos políticos. ¿Por qué están tan desinformados? ¿Si la televisión prin­cipalmente masifica la política porqué no ha contribuido a masificar la par­ticipación política?  Son interrogantes que exigen respuestas e intentare­mos responderlas sobre la base de los siguientes argumentos.

Retomando el argumento, sostengo que el poder de los medios de comunicación no radica principalmente en ellos mismos, sino en el interés que los ciudadanos presten a éstos y en los niveles de credibilidad e imparcialidad que demuestren en el ejercicio del periodismo en sus diferentes variantes. [2]

Mientras que el poder y la posibilidad de mantenerse informado no están en las mayorías ciudadanas, como entidad abstracta, sino en los grupos de interés que cumplen su papel en el sistema político al mante­nerse alerta de los cambios que ocurren en la interacción de la sociedad civil y la sociedad política, es decir, al interés que determinada cuestión pública despierta en la ciudadanía.

Minorías —no selectas ni de estirpe— sino de especialización e in­tereses específicos son las que dispersas en la sociedad —en todos los es­tratos sociales— mantienen un bagaje informativo que les permite derra­mar o chorrear esa información en los ciudadanos, los medios de comuni­cación, el gobierno y las élites, tal como fue descrito de manera simplifi­cada en el modelo de la cascada. [3]

Justamente, por eso, creo se descuida demasiado el papel de los grupos de interés, es decir, minorías organizadas en torno a intereses co­munes en el proceso político e informativo de la sociedad y se resalta con mucho énfasis, el papel de los medios y de la televisión en particular.

Sí, los medios tienen influencia, que es una forma de ejercer y ma­nifestar poder,  pero el límite al que están sometidos son las múltiples in­teracción de medios, grupos de interés, partidos políticos, gobierno, líde­res de opinión y ciudadanía en general, por eso resulta claro que los me­dios y la televisión en particular podrá introducir ideas, valores y concep­tos que primero están inmersos dentro de la cultura de la sociedad en que se desenvuelven, siendo casi imposible introducir nuevas ideas que no tengan algún referente social previo.

Su poder puede radicar también en procurarnos un foco de atención hacia problemas que ellos plantean, pero no existe evidencia que nos de­muestre que los medios nos digan cómo pensar. Las pruebas en contrario sí existen, como las elecciones generales de 1990 o las municipales de 1993. En ambos casos los principales medios apostaron por un candidato y perdieron la elección, pues como es evidente no sólo los medios juegan su papel en el proceso político, sino —y aquí lo descuidado— las personas no vivimos aisladas viendo televisión, a pesar de que éste medio limita seriamente las interacciones cara a cara, indudablemente estas existen y podemos intercambiar apreciaciones de diversa índole, incluso de cuestio­nes políticas.

La era de la información y la globalización nos acerca y uniforma en cuanto a modas, valores y costumbres, pero a pesar de ello no nos hace iguales y se mantienen las diferencias que se manifiestan en todos los grupos sociales, tanto en cuestiones de fe, valores, ideales y modos de vida. Y que duda cabe, que cambian la manera de hacer y entender la po­lítica, pero perduran simultáneamente valores, ideales y procedimientos para la solución de las controversias políticas, distintivas de cada sociedad y que hemos desarrollado en los procesos de socialización y cultura polí­tica.

Entonces, reintroduciendo los hallazgos de la investigación, los me­dios en general son vías adecuadas para introducir temas públicos y rela­cionarlos con las agendas del gobierno y los ciudadanos.  Generan aten­ción principalmente a ciertos grupos organizados en función a intereses comunes y en principal medida a los líderes de opinión, quienes se encar­gan de difundir la información procesada a los grupos de referencia a que pertenecen.

De allí que temas como la interpretación auténtica o el pro­grama de privatizaciones obtengan altos porcentajes de conocimiento. En cambio, el caso de los Ceticos—Loreto, al ser recién introducido en el pro­ceso de descrito, alcanza niveles de conocimiento muy bajos, y se los in­troduce en los medios de comunicación, en los espacios noticiosos y políti­cos porque lo que se hace es comunicar justamente a esos grupos reduci­dos de personas interesadas en la temática, e incluso está en capacidad de presentar opiniones matizadas y no dicotómicas.

Votar