Los niños – Luis Alberto Sánchez

Yo creo en los niños como creo en Dios. Son dos religiones diversas al parecer, y sin embargo una sola. Los niños representan las sonrisas angelicales de un Dios bonachón y asequible como el de los cuentos de Rilke. Esta, podríamos afirmar, es una sentencia precisa: dime como son tus niños y te diré como eres.

Los espartanos sólo amaban a los niños perfectos. El que nacía débil o defectuoso, tenía un seguro de muerte desde su alumbramiento. No eran menos crueles los romanos con sus infantes. Criar a un niño era crear un adulto, y estos debían ser hábiles para la guerra y promisorios para la paz. La roca Tarpeya y el monte Taigeto son dos ejemplos de la eutanasia y la eugenesia al mismo tiempo. Thanatos es la diosa de la muerte y eutanasia implica morir sin dolor.

Pero Cristo, ese estupendo aventurero de Galilea, trajo la inesperada noción de que el niño, por ser criatura de Dios, cualquiera fuese su habitad, su origen, su apariencia, era un trocito palpitante de la divinidad. Y Cristo dijo: “Dejad que los niños vengan a mi”. Y Cristo fue Rey indiscutible desde la cuna de Belén. Y Cristo Niño convenció y venció a los Doctores de la Ley en el Templo de Sidón y Cristo aparece cada 25 de diciembre, Niño Dios, a colmar de juguetes y esperanzas, los zapatitos de quienes, niños también, creen en él.

Los niños empezaron a ser sagrados después de las Cruzadas. Es cierto que el mundo industrial despedazó la fe en los niños y las creencias de estos: es cierto. Pero los niños, esos niños terribles de Dickens y de Cocteau, esos niños angelicales de D’ Amicis y de Perrault. Los niños empezaron a atrapar el interés de los adultos cuando nos dedicamos a pensar que el mundo es una renovación constante y que el niño de hoy es el adulto de mañana, y que el adulto de mañana es el anciano de pasado mañana y que el anciano de pasado mañana es el inmortal de todo tiempo. Con los niños empezó la cadena de generaciones que no concluye nunca.

El mundo antiguo practicó la efebolatría; el siglo XIX, el más severo de todos, prefirió la gerontocracia. Efebo significa joven, Gerontos, significa viejo. Pero el mismo siglo XIX, no pudo evitar que un grupo de jóvenes ardientes elevase a un joven de Córcega, pequeño, racionalista, regordete y sensual, para que gobernara a los emperadores del mundo con su estrategia y su táctica de Maquiavelo: todo París resulta vivo testimonio de esa proeza juvenil. Ya para entonces Rousseau en su Emilio había asentado las bases de la liberación infantil, de donde provienen la Pedagogía de Pestalozzi y los juegos didácticos de la señora Montessori.

En los niños reside el porvenir de un país. Nadie lo duda. Pero ser niño es llevar la luz dentro del alma y proyectarla sobre los demás. Un país que rinde culto a su niñez tiene asegurado el porvenir. Por eso una campaña de ayuda y reivindicación de la niñez asegura las posibilidades prácticas de una nación. Entre nosotros, por ejemplo, nadie duda y olvida el ejemplo inolvidable de una matrona ejemplar, la señora Juana Alarco de Dammert, quien fue evidentemente un ángel protector de la desvalida niñez peruana. Han pasado los años y ejemplo como el de aquella mujer estupenda no ha sufrido ningún eclipse.

Hasta hace 60 años, consagrarse a la niñez era un acto de piedad; hoy constituye un deber social.

Yo fui niño, como todos alguna vez; como un niño disfruté de las esperanzas y halagos de una infancia correspondientes a un mundo que tenía fe en Jesús y creía en los halagos de un futuro jamás previsible. Yo fui un niño, pero la niñez se me cortó repentinamente cuando cumplía los trece años, es decir, al comenzar la adolescencia. Yo fui un niño también y jugué como juegan los niños con triciclos, con aros, trompos, soldados de plomo, con carabinas de aire comprimido, con muñecos, con ilusiones, con imaginerías, con promesas, con violencia, con fe, casi sin esperanza.

La esperanza no es una proyección hacia el mañana. Al contrario, es un recorte del presente. Esperar implica una supresión del acontecer. Si algo dura y nos prolonga es la fe. Yo fui un niño con fe. Tenía fe en Dios, en mis padres, en mis maestros, en mis libros, en mis santos, en mis puños, en mi capacidad de crear. Y aunque no he creado nada sigo teniendo fe. Lo que indicaría que puedo seguir siendo niño.

Lo grave está en que no se me ha agotado la veta de la esperanza ni la de amar que es siempre una esperanza viva y ahora que me acerco a un inalcanzable centenario sigo amasando la fe con manos todavía firmes y siento que de ellas brota, como una estrella inalcanzable, todavía la esperanza y que esta vez, lejos de limitar el presente, lo confunde de tal modo con el futuro que he perdido la noción de dónde estoy y de dónde vengo. Desde luego como en el verso de Darío: sé con toda certeza donde voy, sin pizca de melancolía por los versos del atribulado poeta de Nicaragua:

Y la carne que tienta con sus frescos racimos
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramas:
y no saber a donde vamos ni de donde venimos.

Sánchez, Luis Alberto, Examen de conciencia, Págs. 112-114. Mosca Azul Editores, Lima, 1988.

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