Las actitudes políticas

Es común escuchar en las conversaciones el uso del termino actitud. Las personas se expresan en función de las actitudes para referirse a estados del comportamiento como de agresividad, tolerancia, entre otros; sin embargo, este término parte del bagaje de las ciencias sociales en general y de la psicología en particular, tiene un significado muy distinto e incluso opuesto a lo expresado por el común de las personas.

Los seres humanos sobre la base de nuestras experiencias previas o inmediatas, en nuestra relación con las personas, animales y objetos del mundo exterior, reaccionamos ante ellos con agrado, rechazo o neutrali­dad, cuando afirmamos que el color rojo me gusta, que esa persona no me es simpática etc., expresamos verbal o por gestos una actitud. Es de­cir, una actitud es una categoría psicológica que puede entenderse como una predisposición de las personas para responder a un estimulo en parti­cular de una manera distintiva, en otras palabras, es una mayor probabili­dad de que una persona reaccione frente a una experiencia o información dada. La actitud por lo tanto no es un comportamiento, es una variable intermedia entre la disposición a un objeto y la probabilidad de un com­portamiento, puede entenderse también como “una asociación entre un objeto dado y una evaluación”, [1] entendida como el afecto, los recuerdos y las emociones que despierta el objeto. “Es la probabilidad de la aparición de un comportamiento dado en un tipo determinado de situación.”  [2]

Allport, define una actitud como “un estado de disposición mental y nerviosa, organizada a través de la experiencia, que ejerce una influencia directa o dinámica sobre la respuesta del individuo a todos los objetos y situaciones con los que está relacionado.” [3] Las actitudes son una manera de organizar nuestras experiencias, la manifestación del afecto, las emo­ciones que nos motivan un objeto y la evaluación que hacemos del mismo; la experiencia no sólo se acumula por el hecho vivido directa­mente, también las transmisiones de experiencias vividas forman nuestro ba­gaje de conocimiento e información, por ello es que aunque directamente no hallamos tenido relación con un objeto ya tenemos una actitud formada sobre él. Por ejemplo, nos hablan de una persona que no conocemos, en términos desfavorables, a pesar de no habernos relacionado directamente, ya tenemos la sensación de que no será de nuestro agrado, que es una mala persona; sin conocerlo ni haber tratado con él ya tenemos una acti­tud formada al respecto.

Los estereotipos, los prejuicios y el rumor, forman parte del arsenal con que nos relacionamos con el entorno, son formas de información, pero es información a veces sin conocimiento directo y muchas veces distorsio­nado de la realidad; —desinformación— la actitud representa un papel vi­tal en el proceso conocido como comunicación, es el encuentro a nivel piel, entre las sensaciones internas del individuo y la esencia de cualquier ob­jeto u organismos exteriores, por tanto, el sentido e interpretación que se le da a la información sólo será dados por el receptor, que es el resultado de su predisposición respecto del sujeto emisor.

Las actitudes políticas son entonces esas predisposiciones que te­nemos las personas en torno a aquellos objetos que consideramos políti­cos, es decir, los relacionados al gobierno, los políticos, la política y el po­der. La actitud como podemos observar, no es un comportamiento, por ello, no se puede observar directamente, para eso se usan técnicas espe­cializadas que tienen por objeto medir las distintas actitudes que un sujeto posee respecto del objeto, actitudes en plural, porque las personas gene­ralmente conjugamos una cantidad de actitudes en sentido positivo o ne­gativo, intenso o poco intenso sobre las cosas o personas, y ese conjunto de actitudes se articulan para que en una situación dada podamos mani­festar una opinión.

La opinión es el conjunto de actitudes sobre un objeto o persona expresada verbalmente, “es una respuesta verbal implícita que una per­sona da como contestación a una situación particularmente estimulante en la que de alguna manera surge una pregunta en general”. [4] Mientras que el comportamiento involucra otra serie de elementos complementarios como la personalidad, el carácter, etc., y que configuran una manifesta­ción expresamente directa sobre la persona u objeto; en este último caso, la opinión no nos da la base para estimar o predecir un comportamiento, sino solamente la probabilidad de que suceda en un sentido determinado en posible concordancia con las actitudes manifiestas o con las opiniones vertidas.

Manheim define la opinión como: “el producto de las actitudes de un individuo que, ante ciertas condiciones de su ambiente social, ordena sus actitudes en jerarquías. Cuando el individuo escribe o habla, expresa su jerarquía de actitudes: expresa una opinión. Cuando la situación externa se modifica, también se producen variaciones en la jerarquía de actitudes y surgen nuevas ordenaciones que conducen a nuevas opiniones. Una opi­nión es, por tanto, la expresión de una actitud en palabras”. [5]

Las actitudes tienen las funciones de ordenarnos nuestros múltiples estímulos externos a que somos sometidos, son como una guía o mapa para la interacción social, nos proporciona una imagen de nosotros mis­mos, es una estructura para adquirir conocimiento, nos permite afrontar problemas personales que escapan a nuestro control y finalmente, nos protegen contra agresiones no deseadas y en defensa de nuestra imagen.

Todas las actitudes surgen de una u otra de las siguientes formas y tiene su origen en estas fuentes: ”1. en las experiencias del niño durante sus primeros cinco o seis años de vida con respecto a las relaciones con sus padres. 2. En la asociación entre individuos o el encuentro de grupos formales o informales en un momento posterior de la vida. 3. En experien­cias únicas y aisladas o experiencias similares a lo largo de la vida.” [6] La primera es llamada influencia sociocultural mediatizada, porque se realiza al nivel de grupo primario (familia); la segunda y la tercera es denomi­nada influencia sociocultural directa, porque se realiza en el ámbito del grupo secundario (colegio, amistades, trabajo, etc.) formando y dando expresión a la personalidad periférica. Estos elementos se encadenan con el proceso de socialización política que describiremos más abajo. Las acti­tudes están compuestas según la mayoría de estudiosos por tres compo­nentes: el componente afectivo, el componente cognitivo y finalmente el componente conativo.

Componente afectivo

El componente afectivo proviene de la evaluación que hacemos so­bre el objeto en función del afecto o simpatía que nos produce. La política, por ejemplo, puede parecernos positiva y para otros considerado negati­vamente, esas manifestaciones sobre el objeto, en términos dicotómicos de bueno—malo, positivo—negativo, es el componente que nos permitirá evaluar la naturaleza de la probable respuesta hacia un estimulo; la ma­nifestación de una actitud en sentido negativo o positivo, se conoce como Dirección. Es decir, en qué sentido está dirigido el afecto del sujeto. “Cuando decimos que una opinión tiene dirección, queremos indicar que incluye una cierta cualidad emocional o afectiva de aprobación o rechazo de algo. Tiene una cualidad pro—anti… Explícita o implícitamente, esta cualidad pro—anti se halla casi siempre presente”. [7]

La posibilidad de una respuesta neutra se reduce casi al mínimo en tanto siempre manifestamos una predisposición a un objeto, por cuanto nuestra experiencia nos dice en qué sentido y cómo evaluarlo, la neutrali­dad podría manifestarse en dos casos, que desconozcamos el objeto —aunque inmediatamente nos formamos una imagen mental de él— o que el objeto no sea parte de nuestra atención —a pesar de ello siempre tene­mos predisposiciones—. Surgen casos en que las  personas no solamente manifiestan la dirección de las actitudes en términos dicotómicos, también tenemos las opciones “puede ser” o “depende de”, la calificación de las actitudes y de las opiniones, se manifiesta cuando las personas exigen tomar en cuenta otros factores y no aislar enteramente sus actitudes u opiniones, regularmente son personas que no ven las cosas en función dicotómica, sino que consideran que entre dos extremos hay una variedad de puntos intermedios, que muy bien pueden manifestar sus actitudes. Sears y Lane añaden: “¿Qué haremos con «puede ser» o «depende»? Esto se da cuando la persona que responde desea una mayor concreción en las preguntas, de manera que pueda calificar su compromiso, evitando dar una respuesta que sea simplemente «sí» o «no». Esta es la finalidad de una «respuesta cualificada» …  Las personas que han gozado de una edu­cación tienen mayor tendencia a calificar sus respuestas que las que no; un sentimiento intenso tiende a evitar la cualificación.” [8]

Ahora bien, no es suficiente conocer el afecto que se tiene por tal o cual objeto, también es importante saber que tan intensa es esa actitud positiva o negativa; las personas establecen un orden o jerarquizan sus actitudes, unas las consideran más importantes y se sienten más seguros de éstas que de otras, ésta jerarquía e importancia se le conoce como in­tensidad.  La importancia de la intensidad en una actitud radica en que si es muy fuerte, forma parte inherente de la visión psico—social que el in­dividuo se forma del mundo, por lo que será muy difícil intentar cambiarla o combatirla; si en cambio, la intensidad es baja es muy posible que dicha actitud no ponga en riesgo el armazón mental del individuo y que pueda ser desechado sin generar un daño. En el aspecto político la intensidad de la adhesión a una ideología varía entre los ciudadanos; entre quienes ten­gan una actitud positiva respecto del liberalismo, podrán manifestarla en intensidades diversas, unos se informarán e enriquecerán sus conoci­mientos del tema hasta llegar a convertirse en ideólogos —muy intenso—, mientras que otros, solamente se consideraran simpatizantes y les bastará conocer las ideas básicas de esta doctrina.

Componente cognoscitivo

El componente cognoscitivo de las actitudes, es aquel aspecto del conocimiento que se manifiesta hacia el objeto. Este conocimiento está basado en las creencias que toda persona posee y son aquellas observa­ciones de hechos o realidad que se dan por supuestos y que no son discu­tibles en el andamiaje mental de las personas. “Las creencias no son ne­cesariamente lo mismo que la realidad, sino que más bien representa la forma en la que un individuo particular mira la realidad”. [9] En tal sentido todas las personas poseen dos tipos de creencias: las creencias en algo y las creencias acerca de algo.

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