Democracia y representación

Adam Przeworski, discute un tema recurrente y complejo en la ciencia política, como es el vínculo entre democracia y representación. Y la cuestión vital, planteado así el tema es saber, hasta qué punto, la representación política es un componente intrínseco de la democracia y cómo se expresa empíricamente en los sistemas políticos.

A mi juicio, deberíamos abordar primero, a la filosofía de la representación, para encontrar el hilo de la madeja, pues comprenderíamos, que ésta surgió como respuesta a múltiples situaciones sociales y políticas que la condicionaron. Como referencia para los revolucionarios franceses, la filosofía y la ideología de la representación política surgió como respuesta a la representación estamental, sustentada por la Monarquía absoluta, y por tanto, podemos observar que formaba parte del principio de legitimidad, de la explicación, por medio de la cual, unos gobernaban y otros tenían que obedecer. La filosofía de la representación en los liberales burgueses franceses, introduce variables nuevas en el concepto:

  • Quien representa
  • Quienes deben ser representados
  • Cómo deben ser representados

En términos filosóficos e ideológicos, la cuestión es relativamente fácil. El “pueblo” debe ser representado por los representantes del pueblo, y por tal razón, del mismo estamento, esto responde a la primera cuestión. La segunda cuestión tiene que ver con el número, por vez primera se introduce una visión totalizadora del concepto “pueblo” como sinónimo de “todos”, paro fundirlo con el concepto de nación, y ésta era la que no estaba representada en los Estados Generales. Y la manera de cómo deben ser representados, quedó sin respuesta. Pues lo que se quería, en esa situación era ser parte de los Estados Generales. No se creó el mecanismo por el cual funcionara la representación, sino se ideó la manera por la cual, los representantes (del Tercer Estado) eran la voz de la nación. De aquí en adelante, y luego del triunfo de la revolución, los representes lo eran de la nación y no del pueblo.

La clave para entender la cuestión es el tiempo; antes de la revolución el pueblo (todos) deben estar en el gobierno; después de la revolución, los representantes de la nación (todos) hablan en nombre del pueblo [1], y el pueblo es sustento del nuevo orden, por lo cual se funda la soberanía de la nación en contraposición de la soberanía absoluta. Por lo tanto, sólo los representantes (los nuevos) tienen la voz y la capacidad de gobernar, volviéndose en mandatarios. La contradicción es que, por un lado, propugnaban la representación por estamentos, luego el voto por cabeza y sólo después de ganar la revolución la representación de la soberanía de la nación.

Toda esta breve descripción es relativamente distinta a la visión anglosajona. Pues el paso de la Monarquía absoluta a la Monarquía constitucional, no implicó el desconocimiento de la figura del monarca en la configuración misma del sistema político inglés, sino más bien el intento lento y paulatino de introducir en el gobierno a la burguesía emergente. Por lo que, la representación política no estaba involucrada con el tema del número, sino más bien con la manera de reducir el papel estatal en los asuntos del individuo y otorgarle a éste un margen más amplio de acción para el comercio, a través de derechos que fueron ganados desde el siglo XVI y, por otro lado, en la visión anglosajona no se asume el concepto y la noción de soberanía, por lo que no la integran a su visión de nación.

Resumiendo, la representación política involucraba antiguamente a la nación en la concepción anglosajona y a la soberanía de la nación en la concepción francesa, todavía no se chocaban con el cambio que significó relacionar ésta con el gobierno a través del parlamento.

En ese nuevo contexto, — representación moderna— los representantes ya no forman parte de los ciudadanos sino parte del Estado. Y, por tanto, ya no deberían representar interese grupales sino nacionales en el Parlamento. “Así entendida, la representación no se debe a un grupo en particular, sino que se debe a la nación; para esta idea clásica, liberal, la representación emana de individuos “libres e iguales”: en el proceso electoral, en el proceso de selección del representante, el mercader es igual que el artesano y el noble es igual al campesino. Las elecciones son un instrumento unificador frente a una sociedad dividida, no refuerzan las divisiones, sino que las atenúan y las compensan”. [2]

Ahora, ¿Cómo se vincula la representación con las elecciones y la estructura de gobierno? Esta es la cuestión que el autor intenta responder a lo largo del ensayo. Para lo cual introduce dos cuestiones, a) elecciones y representación, y b) estructura de gobierno y representación.

En este acápite plantea el concepto de representación como mandato y como rendición de cuenta, ambas vinculadas con las elecciones y el posible significado que tienen en los electores al decidir por quien votan. Si bien reconoce que “ambas interpretaciones son problemáticas” insiste en analizarlas para describir y explicar posibles cursos de acción respecto del actuar los electores y políticos en situaciones probables de intercambio de decisiones y acciones con el propósito calculado —racional— de conseguir resultados en beneficio mutuo, aunque a veces —la mayor de las veces— contradictorios.

Y es que el autor, quiere adentrarse en la cuestión sobre la base de esos presupuestos filosóficos que sustentan la representación política y cotejados con las acciones probables de los electores y políticos, que, por tales, son empíricamente observables y posibles de evaluarlos. La cuestión estriba en precisamente, en entender la filosofía de la representación política como un “debe ser’ y tener presente que como construcción acumulativa de diferentes vertientes ideológicas no es un esquema sólido y terminado; pero, sobre todo, que tal como se ha concebido, a sido rebasado por la realidad.

Sólo de manera exploratoria, debemos preguntarnos y responder, en la teoría de la representación están presentes cuestiones como el poder, su titularidad y su ejercicio; asimismo, la legitimidad o el consentimiento de decidir y hacer cosas en nombre de y a favor del objeto de legitimidad que es el “pueblo” entendido como categoría legitimadora.

Y entre estas cuestiones qué vínculo existe entre los titulares del poder y los que ejercen realmente el poder. Sobre esta última cuestión, debe recordarse, que las teorías filosóficas del poder, partían del supuesto jerárquico súbdito—mandante y por tanto se asumía que sólo algunos seres humanos poseían el poder y otros no. En tanto, que si se cambia de supuesto jerárquico a ciudadano—mandatario se presume que ambos tienen poder, aunque en diferente magnitud.

Por lo que, en las concepciones filosóficas se ocultaban varias cosas al adentrarse en la cuestión sobre esa lógica y se ponían de manifiestos cuestiones tales como la representación de la nación, el interés general o el bien común. Mientras que, la ciencia política moderna, sin dejar de lado toda esa acumulación de conocimiento, entró a investigar qué rasgos empíricos definen y evidencian aquello llamado representación, y se topó con una serie de elementos contradictorios con el principio normativo—prescriptivo, pero que ponían de manifiesto cómo es que se hace la política y se ejerce el gobierno, en contraparte a cómo debería hacerse la política y ejercerse el poder.

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